Pablo Blanco posa como undécimo Dorsal de Leyenda del Sevilla FC (J. J. Úbeda)
Pablo Blanco posa como undécimo Dorsal de Leyenda del Sevilla FC (J. J. Úbeda)

El señor Lobo

Yo creo que Tarantino se inspiró en Pablo para enjaretar aquel personaje. Por que Pablo le resolvió al Sevilla de su alma muchísimos problemas dentro y fuera del campo
Por  9:43 h.

Con la de berza que repartió y el cariño que le guardan. Eso solo les pasa a los grandes. A la gente como Pablo Blanco, dorsal de leyenda mágica del sevillismo, que le enseñó a Johan Cruyff cómo se vuela sin motor; que aburrió a Kempes hasta llamarlo obrero y Pablo contestarle adiós arquitecto; que a Leivinha, aquel finísimo jugador carioca que llegó al Manzanares con Luiz Pereira, le enseñó cómo tenía los dientes un doberman; a don Julio Cardeñosa le recordó en plena primavera, con el aliento en el cogote, el frío de su Valladolid natal y los despistados que querían pasar el puente de barcas de su línea defensiva notaban sus codos en el costado o cerca de un ojo. Accidentes fortuitos, sostiene Pablo. Era el de entonces un fútbol encastado en el poder y la pelea. Un juego de fajadores hasta el último minuto del combate. Y todos los equipos intentaban tener de medios para atrás un perfil de jugador que impusiera la ley y el orden en las zonas donde las papas quemaban. Recuerdo a Iselín Santos Ovejero, un cacique que rebanaba tibias y soleos. A un Panadero Díaz, a un Benito, a un Goicoechea o a un Migueli que paraban el tren como Superman, pero sin necesidad de la capa. Era un futbol donde la policía que mandaba el Gobernador Civil a los campos que corrían peligro de incendio, se llevaban su ración de suela de tacos si se sentaban muy al borde de grama. Era un fútbol tan rupestre como un encuentro de rugby entre presidiarios sin permiso para el vis a vis. No se aceptaban señoritas…

Uno de los personajes más subyugantes de la producción cinematográfica de Tarantino es el señor Lobo. Lo recordaréis de Pulp Fiction. Era aquel tipo que te dejaba en su tarjeta de presentación su nombre y especialidad: Soy el señor Lobo y resuelvo problemas. Yo creo que Tarantino se inspiró en Pablo para enjaretar aquel personaje. Por que Pablo le resolvió al Sevilla de su alma muchísimos problemas dentro y fuera del campo; en el vestuario y en las concentraciones; en la inclusión de los jugadores que venían de lejos y había que enseñarles las claves de una Sevilla de peligro absoluto en los locales abiertos hasta el amanecer. El señor Lobo era Pablo Blanco. Mordía por su equipo. Y fue el lobo jefe de una manada que cuando había que fajarse pegaba como Foreman. Sus duelos con Biosca eran dignos de veladas de boxeo en el Madison Square Garden. Para derramar lisuras le entregaba el balón a Bertoni, a Antonio Álvarez, a Montero. De ellos era el tarro de las esencias de la escuela sevillista de Nervión.

Bertoni, al que la Fiore le prepara su ascensión al salón de la fama, nos recordaba ayer aquel futbol de estopa en el que Miguel Muñoz tenía pizarra pero no tiza. Y mentaba a Gentile, un cazador de cabezas italiano que en el Mundial de España jibarizó a unos pocos como si fueran misioneros. A su lado, bromeaba el bahiano, Pablo era San Pablo y Paco Gallego San Francisco de Paula. La joda del argentino se hizo canto, corazón y vida cuando se fundió en un abrazo de gol con un Pablo Blanco que jamás perdió su sitio en el club que ayer lo englorió con el dulce tributo del dorsal de su leyenda. Cincuenta años no son nada, pudo cantarle Bertoni parodiando a Gardel. Pero lo son todos si se les entregó a la causa y a la casa que viste como su apellido: Blanco Blanco. Ayer vivió su día perfecto. Ni los que preparan la ceremonia de entrega de los Óscar se atreven con una ceremonia como la que vivió el Pizjuán alrededor del señor Lobo. Fue tan perfecta, emocionante y sorpresiva que Pablo dijo que solo faltaba Isabel Gemio. La alfombra roja de su trofeo la recorrió como si hubiera interpretado “La bandera de nuestros padres”. Esa bandera que recogimos del suelo para ponerla en lo más alto del cielo de Sevilla. Fue un héroe muchas tardes. Y un lobo siempre dispuesto a pelear por su escudo. Que lo besaba de verdad. Para que le latiera el corazón como a los jóvenes enamorados. Ese amor que no cambió por nada en el mundo para seguir entre nosotros resolviendo problemas. Gracias futbolista. Eternamente agradecido.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión