Jesús Navas y José Antonio Reyes
Jesús Navas y José Antonio Reyes

José Antonio Reyes

Hay momentos que no le pertenecen ni a la verdad ni a la mentira. Solo a la prudencia y al respeto
Por  13:28 h.

TUVO tanto fútbol como literatura. Y fue capaz de hacer de la banda izquierda un romance por donde bailaban las palabras como si a Lorca le gustara el fútbol. Esa condición lo elevaba por encima de la media, quizás demasiado plana para entender, como le ocurriera a Salieri con Mozart, que los grandes pueden ser buenas personas, tipos sencillos y humildes de corazón. Hay talegonas y porteros teñidos de rubio discoteca que, con la corná de su muerte en la boca, fueron tan rupestres y desalmados, que repudiaron su atolondrada pasión automovilística. Sin guardar, siquiera, la tregua que impone la muerte para hacer carne picada. Y sin escuchar lo que dictaminarán los peritos de Tráfico. Los carniceros no trabajan hoy solo en los abastos. Son mucho también de las redes sociales donde de verdad revelan su condición más escondida: la de vertederos de odio sin fin. Quién sabe lo que justifica o se esconde tras tanto resentimiento bajo la máscara carnavalera del amor a la verdad. La verdad, en casos como el que nos ocupa, no te la van a dar no sé cuántos miles de impactos en las redes. Si existe, que existe, se puede contar cuando el que se fue del aire sea ya rastrojo de difuntos.

Un poeta, editor y sevillista, Martín Lucia, salió con los cuernos ardiendo para contarle a los moralistas de los nuevos púlpitos sociales las verdades del barquero. Estos savonarolas de militancia populista o de porterías de las casitas bajas de la ética, la emprendieron con el tributo que los sevillistas, los béticos, los andaluces, los extremeños, los españoles, los portugueses y los ingleses le hicieron al gitano de Utrera. Si Bambino llega a verlo le canta a la talegona y al rubio intelectual del bote aquello de «payaso, soy un triste payaso/oculto mi fracaso con risas y alegrías…»

Martín Lucía dejaba las cosas en su punto… y aparte. Que para eso escribe y lo hace como la madre que lo parió. Salió, cuando el veneno fermentaba en las redes, para aclarar que era un homenaje al futbolista, no a la persona. «Del mismo modo que adoráis un cuadro de Picasso y no su relación con las mujeres. Gilipollas, que sois gilipollas». No se comprende la urgencia y la rapidez para censurar al futbolista sin esperar, siquiera, a que Tráfico se pronunciara. ¿Por qué esas prisas? Había tiempo para hacerlo. Pero no con la capilla ardiente en el Pizjuán y con el aire de la primavera oliendo a cera y las flores rezando coronas de luto. Había tiempo para hacerlo. Y para opinar lo que se quisiera. Pero hay momentos que no le pertenecen ni a la verdad ni a la mentira. Tan solo a la prudencia y al respeto. Esas prendas que apenas se usan. Se nos fue un tipo que, como decía al principio, tenía tanto fútbol como literatura. Pertenecía a esa galería de escogidos que te dejaban embobado con lo que hacían en la cancha o lo que fueron capaces de hacer lejos de ella. Como George Best, como Diego Armando, como Paul Gascoigne, como Garrincha, como Mágico González.

La lista no es interminable. Pero tampoco es corta. A esa lista de elegidos para la gloria pertenecía nuestro calorro de Utrera. Lo que tocaba, ya fuera un balón ya fuera un plato de huevos fritos con papas, lo convertía en arte. Otros saben torear. Bailar. Correr. O convertir el atardecer de un cuadro en un paisaje tan repleto de magnetismo que nos hará buscarlo el resto de nuestros días. Sin que nunca lleguemos a encontrarlo. José Antonio Reyes pertenecía a ese ramillete de hombres tocados por el talento, por la singularidad, por una luna diferente que, cuando nació, lo tocó para encenderle la lucecita de los sueños locos, como cantaba Fito Cabrales. Los sueños locos de un chavalito que había nacido en la tierra mágica de la Bernarda y la Fernanda, donde el que no sale cantando arrebatao sale bailando como un romance de Lorca por los tablaos infinitos del fútbol de los inolvidables. Como dice el León de San Fernando: nuestro mejor homenaje es seguir hacia delante. Y en ese empeño nos consolamos, dentro del barquito que en su mano lleva Consolación, la Virgen de Utrera, para sortear las aguas más inesperadas y tenebrosas da la vida…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión