Los jugadores del Sevilla FC se ejercitan en el Eden Arena de Praga (EFE)
Los jugadores del Sevilla FC se ejercitan en el Eden Arena de Praga (EFE)

La metamorfosis

Corred, pelead, luchad como si no hubiera otra vez
Por  9:48 h.

Dejad en una esquina, como un zapato viejo, lo que no sois y os habéis empeñado en ser. Abandonad para siempre en lo más profundo del río Moldava ese disfraz de perdedores que no va con vuestra ralea. Tirad lejos, más lejos del horizonte, los miedos y las inhibiciones, las dudas y las incertidumbres, para mostraros valientes y osados. Espantad de vuestro aliento el veneno de los condenados porque, realmente, solo estáis condenados a ganar. Respirad el azahar de los vencedores. Tocad los varales de los encajes de bolillos de vuestro talento. Blindad la vulnerabilidad de estos meses con la flor blanca de los melocotoneros del Alcazar. Y desde sus altas almenas disparad, con puntería y saña, al ojo monstruoso de la incertidumbre.

Corred, pelead, luchad como si no hubiera otra vez, como si fuera esta la última vez que nos brinda el destino para seguir siendo nosotros. Los de siempre. Los que ni se rinden, ni se encogen. Los que antes de salir al campo ya rematan goles en los pasillos del vestuario. Mirad en el espejo de nuestra sala de trofeos lo que somos: plata, triunfos y felicidad. Y esa es la imagen que os tiene que devolver nítidamente, sin retoques ni pixeles, la luna redonda de nuestra identidad. Blanca, loca, feliz. Volved a ser lo que fuimos. Lo que hemos sido hasta hace dos meses.

Y eso se consigue así. Despojándose del bajío. Saliendo de verdad y sin dilaciones. Viendo en el marco contrario la dirección obligatoria. Amando lo vertical sobre lo horizontal. Convirtiendo las bandas en corredores humanitarios de nuestras ambiciones, la defensa en ejemplar contundencia y el centro del campo en una sala de máquinas engrasada, esforzada y valiente. Que arriba nos espera el Miarma para darle la puntilla al toro con el afilado puñal de sus goles. Todo lo que no sea parecerse a lo que fuimos es parecerse a lo que no me acabo de creer que somos. Mejor dicho: que hemos sido. Praga es un escenario literario de primer orden. En ella situó Kafka la metamorfosis de un hombre al que el destino le cambió la vida y se vio abandonado por los suyos al convertirse en una enorme cucaracha. No han ido los sevillistas a la bella ciudad del puente Carlos a soñar con cucarachas. Ni a caminar solos. Sin gargantas rotas defendiendo sus nombres. Han ido con palomas victoriosas. Con bueyes sacrificados a la diosa Nike. Con aviones plateados… Y si hubiera que experimentar una metamorfosis, que sea la que les vengo pregonando desde el primer renglón de este artículo: dejar de ser una panda de polillas de farolas y convertirnos en esas mariposas blancas y rojas que vuelan sobre la plata que florece por mayo en las calles de Sevilla cuando Nervión se lo propone.

Los checos son lo que vimos. Un ejército de percherones rurales, duros como los adoquines de Gerena, disciplinados como una legión romana en el Danubio, correosos como la carne de gaviota y sin temor alguno a meter el pie donde hay trampas para cazar lobos. Además de eso parecen que no se llevan mal con la suerte. Que le sonríe con goles como el que nos marcó aquel despistado con el hombro y que buscó su trayectoria justo en dirección contraria donde fue el balón. Con menos suerte los he visto ganando una millonada un veintidós de diciembre. Contra estos tipos corajudos y engorrosos, pesantes como el arenque e indigestos como un gazpacho pasadito de ajos, habrá que salir hoy enseñando los dientes, con los ojos vueltos de los poseídos, con furia de licántropo en plenilunio, con los pies muy duros, el corazón a mil por horas y las ideas frescas y suntuosas como la seda.

Hoy hay que contarle a Praga cómo somos en primavera. Rojos como las amapolas. Blancos como el azahar. Y duros como nos parió el destino al que dejamos tirado en el desierto porque la arena no nos gusta ni en la playa. Palanganas, hoy hay que ganar por lo civil o por lo otro, como me cuenta mi Mari Carmen. Hay que pasar a pulso y de costero a costero al son de Dulce Victoria de las Cigarreras, como ayer me recordó Francisco Vallejo pensando en Praga. Allí hace frío. Pero hay candelas de mayo calentando el camino del Sevilla hasta su destino…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión