Lopetegui
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Con la mosca tras de la oreja

Que contra el Celta levantamos el pie del acelerador cuando la cuesta se empinaba y más gas le hacia falta al equipo...
Por  9:17 h.

Con la mosca detrás de la oreja encaramos el partido del domingo. Y la mosca es gorda. Parece mentira que sea así, cuando el equipo está a tan solo tres puntos del tercer puesto, del que nos descolgamos la pasada jornada de forma tan deshonrosa como inesperada. Pero nadie hay más leal y fiel a nuestras peores tradiciones que ese Sevilla que se convierte en elixir para los equipos arrastrados y en veneno para sí mismo. No solo con este entrenador. Ya digo que forma parte de nuestras peores tradiciones. Y una tradición no se registra en una sola temporada. Tenemos la maniática obsesión de ser padres redentoristas de almas en pena clasificatorias. Y equipo a la baja que vemos, equipo hacia el que salimos al rescate. Para que ellos ganen puntos y nosotros los perdamos.

Se nos pone cara de misioneros o de oenegé, y escuadra rota y con respiración asistida que vemos al final de la tabla, la abrazamos como los picados se abrazan a los árboles, le hablamos bajito al oído y nos lo comemos a besos. Incluso somos capaces de cantarles para animarlos. Y levantamos el pie del acelerador, como el propio entrenador le dijo, al final del encuentro, a la radio oficial del Sevilla. Que contra el Celta levantamos el pie del acelerador cuando la cuesta se empinaba y más gas le hacia falta al equipo.

Lo que no explicó Don Lope de Tegui fue si él también levantó el pie del acelerador, de forma muy inconsciente, por supuesto… Viene el Español con tres kilos y medio de angustias y ansiedades clasificatorias. Y ya tengo la mosca detrás de la oreja. La mosca que, repito, es gorda. Casi de caballo. La mosca de la tradicional hermandad sevillista con los equipos que se asfixian ahí abajo y salimos al rescate por ellos. Alguien debería decirles a los nuestros que la caridad mejor entendida comienza por ayudarse uno a sí mismo. Y que la forma idónea de hacerlo es ganar y sumar los puntos que nos deben llevar, a su debido tiempo, a los puestos que este año nos hemos fijado como objetivos. He estado por ponerme en contacto con los “Hombres de Negro” para preguntarles dónde se puede comprar uno de esos aparatitos con los que te limpiaban la memoria y te descodificaban los recuerdos. Más que nada para que el equipo retome la senda previa al batacazo de Miranda del Ebro y se acuerde de lo que fue hasta entonces. Estilos y gustos futbolísticos al margen. Porque, yo, padre, soy un pecador absoluto y me acuso de ser un abominable resultadista. Me gusta que mi equipo gane. Por la mañana o por la noche. En el bar o en el Var. En la grama o en el césped artificial. Lo que no me gusta es que vaya a Balaidos y me asfixien con dos paquetes de Celtas cortos. Para perder, ya nos dan opciones tan inexplicables como no devolvernos el IVA.

Sueño con el equipo que nos llevó a estar terceros en la clasificación y sin recelos catastróficos en la gradona. Sin esa jindama que se traduce en murmullo de selva peligrosa que pregona batacazo. Sueño con aquel equipo sólido atrás, presionante arriba y con más ganas que el contrario de quedarse con los puntos. No se puede pasar de tanto a tan poco como necesitamos en un mes. Y ya sea por curva de rendimiento llegado febrero, por cambios estratégicos de pizarra, por complejo a que el juego del equipo sea considerado más conservador que un discurso de Disraeli. De esta sima se sale ganando mañana. Y los próximos partidos que nos tocan. Y a la cima se llega apretando el acelerador. Sintiendo el vértigo de esa velocidad que te da ganar, ganar y ganar. Empecemos mañana y olvidemos lo perdido. Lo contrario es seguir con la mosca tras de la oreja…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión