Celebración de los jugadores del Sevilla FC tras la victoria ante el Espanyol. Foto: LaLiga
Celebración de los jugadores del Sevilla FC tras la victoria ante el Espanyol. Foto: LaLiga

Pongamos que hablo de emociones

La garganta pasada de Listerine para gritarle a los cuatro vientos que el Sevilla que hemos creado entre todos existe, vive y sobrevivirá a lo que le pongan por delante
Por  10:06 h.

Tengo como un desgarro grabado en el alma el rostro de Joaquín Caparrós durante la Junta de Accionistas. Y ese rostro lo reflejaba todo. Como una canción triste de Sabina. Como un verso perdedor de Fito. Como ese engollipao que tiene el sevillismo desde una de sus noches más tristes. Ese rostro cubista, desencajado por lo que lloraba el relato de una noche descarnada, no la puedo aligerar de mi corazón. Porque son de las que se quedan en el corazón, no en la cabeza. Son de las que se quedan en el almario de las emociones. No en la calculadora de los cerebros fríos y mercantiles. Pongamos que hablo de emociones. Y para emociones puras de sevillismo, sin venenos contaminantes, sin edulcorantes ni saborizantes sospechosos, siempre tengo la referencia de Caparrós. Que es en carne humana lo más parecido a la trilogía de nuestra fe: escudo, bandera y afición. Recordar aquel rostro aún me descuajaringa los esentidos. Porque él es la emoción que compartimos. Las emociones que no se venden ni se compran. La puerta que no esconde. La ventana que se abre a la luz. La otra noche perdimos mucho. Perdimos la familia. Las formas que una familia jamás puede perder para romperse, fracturarse como solo fractura una guerra civil. Hay maneras que jamás se pueden abandonar. Y a los sevillistas accionarialmente débiles hay que tratarlos como lo que son: familiares que se dejan lo que no tienen por seguir enamorados. Por tener una amante en Nervión que le devuelva tanto como lo que le dan. Y que a cambio de esos besos no le muerdan la garganta.

Y una noche que era para brindar con champán francés fue tan amarga como el vino barato de las cooperativas. Saltó por los aires eso que tanto se ha invocado, la unidad de un grupo, de una afición, de una familia que se olvidó de serlo para convertirse en la mejor metáfora viviente del parlamento ucraniano. Donde lo de menos son los insultos. Donde lo de menos son las faltas de respeto. Donde lo que menos cuenta son los improperios al adversario. Una noche que yo, si pudiera, metía en una botella y la enterraba en donde se depositan los desechos nucleares. Por lo peligroso de sus residuos, por lo dañino de sus efectos. Todo en esta vida puede explicarse. Hasta el hecho de que, estando dentro de la más rabiosa legalidad vigente, anunciar que hay grupos interesados en comprar un club.

Un club como el nuestro que no solo es balance y números ágilmente resueltos. Si no una tupida red de sentimientos que nos llevaron a llorar en Oviedo o de alegría en Turín. Que nos quemó la piel atravesando desiertos y la regeneramos con el bálsamo plateado de los triunfos. Hemos estado en las malas y en las buenas. En los versos y en los ripios. Con la frente alta o marchita. En las primaveras y en los inviernos. En los domingos y en los lunes. Y eso ¿cuánto vale? ¿cómo se pesa y mide tanta lealtad? Se lo digo a quien no lo sepa: con el corazón. Ni más ni menos. Con el rostro desencajado de Caparrós. Con la angustia que te asalta cuando ves que la familia se rompe, que el baile acaba a puñetazos, que las banderas se convierten en banderías. Queremos los barcos y la honra…

Necesito creer que este artículo es una mala pesadilla. Un horrendo sueño con el que me castiga el infortunio. Pero hoy sigo siendo sevillista. El escudo lo llevo clavado al pecho. La garganta pasada de Listerine para gritarle a los cuatro vientos que el Sevilla que hemos creado entre todos existe, vive y sobrevivirá a lo que le pongan por delante. Y que no me venga ningún malnacido a decirme que cuanto peor, mejor. Que una bulla como la que hay formada espantaría a los mercaderes. Que no vendría mal que nos cayéramos de la UEFA, de la segunda plaza y de cualquier objetivo a cumplir. Sus muertos sin gloria para el que solo se atreva a insinuármelo. Hoy, Sevilla, te quiero más que nunca, con las arrugas de mi voz, con la desolación de las noches ingratas, con los cisnes muertos de un lago que hemos llenado de fango. Solo tengo un corazón para los míos. Para el escudo, para Nervión, para mi bandera. No dejéis que esta mierda llegue al vestuario ni a vuestro compromiso con el club. Porque seguimos teniendo entre el cielo y el suelo la canción mas hermosa del mundo…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión