Ben Yedder y Mercado, en el Sevilla-Real Sociedad (J. M. Serrano)
Ben Yedder y Mercado, en el Sevilla-Real Sociedad (J. M. Serrano)

Sayonara baby

Hoy lo único que se rompe son las expectativas
Por  10:51 h.

Verán. El cambio de mentalidad protagonizado por el sevillismo más nuevo viene de la mano, sin dudas, de gozar de unos colores que han convertido a sus fieles en gente acostumbrada a comer jamón del bueno, a lucir mucha plata en sus vitrinas, a ser considerado uno de los clubes más emergentes del territorio fútbol y a la reciente creación de una leyenda que va unida a una afición del 10. Esa misma mentalidad es la que abre una brecha generacional con los sevillistas que aún tienen arena del desierto entre sus sandalias y recuerdan, en los momentos de reflexión, que alguna vez pasaron por Oviedo con tanto dolor y lágrimas como las de la Zarzamora. Ambos grupos, si se puede hablar así, tienen cosmogonías absolutamente distintas que, no obstante, las une el velcro más eficiente que ha dado la industria del pegamento: el escudo, la bandera y la militancia. Dicho de otra forma: mientras que el padre puede contar batallas y sueños perdidos, el hijo solo sabe campeonar y sueña con Europa como si fuera un erasmus de Nervión.

Esa brecha generacional, esos dos mundos antagónicos pero complementarios, se hace muy evidente todos los años por estas mismas fechas. Cuando uno salen y otros vienen. Cuando las plantillas se renuevan y las maletas se hacen o se deshacen. Por lo que leemos y escuchamos, se observa, que el grado de afecto hacia el futbolista ha descendido alarmantemente, aceptándose su destino como un asunto muy profesional. Por muy emblemático que ese jugador haya sido. Por mucho peso que haya tenido dentro y fuera del vestuario. Por muchas veces que se haya besado el escudo ofreciendo un acto tan religioso al retablo multicolor del gol norte. Si se va, que te vaya bonito. Hola y adiós como decía el otro. Sin atisbo alguno entre las nuevas generaciones de dolor, de frustración, de pérdida. Como dijo Terminator: sayonara baby. Y a otra cosa. Que la marcha de un futbolista con la llegada de otro se quita. Un ejemplo nos basta: cuando Jose Mari, Marchena o Nando se marcharon del club, pocos sevillistas no sintieron en sus adentros el síndrome del nido vacío, los niños, por su talento, se marchaban a fronteras más prometedoras, rompiéndose ese vínculo afectivo que el jugador, criado en la cantera, mantenía con la afición. Pero te dejaban un pellizco prolongado en tu alma palangana.

Hoy lo único que se rompe son las expectativas. Si ‘Benyi’ comienza a airear que puede cambiar de camiseta, si el ciclo del Mudo se da por amortizado, si Banega puede coger el avión para Buenos Aires, a lo máximo que llegan las nuevas mentalidades es a dejar en las redes un tuit tan profesional como los intereses de los futbolistas: buena suerte. Se acaba de marchar en busca de los petrodólares qataríes un futbolista de esos que traban cadenas emocionales con la afición. Un tipo que parecía haberse tallado en los potreros de la carretera de Utrera. Y que el primer escudo que portó sobre el pecho fue el que llevaría siempre en su corazón. Un perfil humano de los de antes del cambio de mentalidad.

Pablo Blanco decía de él que tenía cara de defensa. La grada le llamaba Carasusto. Pero era de los que metían el pie para honrar su compromiso con el club. Se ha despedido de nosotros con palabras sinceras. Y con una parte de su alma envuelta en el pañuelo del adiós. Su marcha me ha dolido, digamos que la he sentido. Quizás porque los sentimientos desarrollan complejísimas reacciones químicas de ida y vuelta. Lo que se da con tanta generosidad en el campo, la grada del plan antiguo lo devuelve con un pellizco en el corazón. A Gabi Mercado resultaría deplorable despedirlo con un sayonara baby. Lo suyo es darle un empellón en el pecho, a la altura de donde llevó nuestro escudo, y decirle: viejo, qué bueno que viniste…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión