Joaquín Caparrós, director de Fútbol del Sevilla FC
Joaquín Caparrós, director de Fútbol del Sevilla FC

Nunca digas adiós

Caparrós deja el banquillo, pero se queda en casa
Por  10:44 h.

Estábamos en la noche oscura del desierto sevillista cuando se nos apareció, como una revelación bíblica, un resplandor de luz, coraje y esperanza llamado Joaquín Caparrós Camino. Él y el señor Alés nos enseñaron el camino para salir de aquella maldición de tempestades emocionales y mangantes de cuello blanco que estuvieron a punto de mandar a la fosa al club de Nervión. Miraron al frente, hicieron cuentas con telarañas, se insufló esperanza en los aficionados y los que habían derramado tanto corazón hecho lágrima en Oviedo vieron que, arriba en la moqueta o abajo en el césped, había liderazgo y honestidad. Capacidad de mando y vergüenza sevillista. Y desde entonces el club comenzó a subir como el precio el petróleo para alcanzar cotas, años después, que ni el que fumara más cosas raras, pudiera imaginarse jamás. Joaquín Caparrós nos ha dicho desde Tanzania, donde los mosquitos son como puertas y las señoras danzan el baile del perrito en versión King África para deleite de los nuestros, que su ciclo como entrenador al frente de la escuadra blanca y roja ha concluido. Deja el banquillo. Pero se queda en casa.

No podía ser de otra forma. Estoy tan acostumbrado a su liderazgo, a su mando en plaza, a su manera tan personalísima de hacer las cosas que no me hago a la idea de dejar de verlo. Es como si siempre hubiera existido. Como el gol norte. O como la Giralda de nuestra ciudad. Es la personificación de nuestra fe balompédica, la metáfora viva de la casta y el coraje, del compromiso y la militancia, del líder al que se recurría cuando el agua nos llegaba al cuello y él se lanzaba a la ría sin paracaídas. Bien para sacarnos de un pozo de arenas movedizas en la segunda, bien para meternos, sobre la campana, con el equipo medio sonado, en la fase de clasificación de una competición europea. Cuando a la dirigencia se le apagaba la luz o era la luz la que no entraba en el cuarto oscuro de las miserias de la institución, Caparrós no se encomendaba ni a Dios ni al diablo. Lo hacía a sus santos huevos para apretar los dientes, hacer de un equipo de todo a cien la base de una escuadra futura y dejar grabado en el aire inasible del vestuario que el sevillismo no se contrata, se siente y se duele y, el que fuera ajeno a tan alta consideración, no servía para la mili de Nervión.

Se hizo tan necesario que, como los amigos de verdad, estaba allí cuando más los necesitaba. Bien pudo inspirar a Roberto Carlos, el cantante brasilero no el fabuloso calvo que jugó en la capital, aquella estrofa de una bonita canción sobre la amistad: es tu corazón una casa de puertas abiertas/ tú eres realmente el más cierto en las horas inciertas…En todas las mareas con resaca, en todos los terremotos con desplome, en todos los días grises sin sol ni luz, Caparrós se hizo presente para despejar incertidumbres y miedos. Sin mediar palabras. Sin letras pequeñas en los acuerdos. Su contrato solo exigía una cláusula fundamental: sevillismo. A cambio de eso Caparrós se desangraba, en directo o en diferido, para alcanzar objetivos. Es la hora de decir adiós y se ha ido hasta Tanzania, donde la distancia suavice el golpe, para hacerlo. Quizás para que las lágrimas no traicionaran ese corazón duro que solo el sevillismo es capaz de convertirlo en plastilina. Deja el banquillo para quedarse en la casa. Y convertirse en otro lujo de plata y oro del museo de nuestros recuerdos, para reinventarse en una labor agrícola digna de que la cantara Miguel Hernández.

Será el dueño de la sementera de los futuros héroes de Nervión, el agricultor que siembre en la mejor tierra roja la bendita fruta de la pasión blanca. El general no se retira a su casa a cuidar rosas en el jardín. Sigue en la guerra, haciendo soldados en la cantera, para que todos lo recordemos como el hombre que mejor abrió sus manos en la Palmera o abrazó a todo un estadio bajo la lluvia, cuando el pasado año nos metió en la fase previa de Europa. Su memoria, mi general, es la gloria que vivimos…los que nos hierve la sangre roja.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión