Pablo Machín, durante el partido Sevilla-Atlético de Madrid (Foto: EFE)
Pablo Machín, durante el partido Sevilla-Atlético de Madrid (Foto: EFE)

Sevilla FC: es un equipo

Machín. El de las maracas que ahora toca cualquier tecla del piano para componerte una sinfonía
Por  9:59 h.

Aún me estallan en los oídos aquellos petardos de principio de temporada donde los profetas de la verdad vacía auguraban que a Machín le venía grande el Sevilla FC. Que era, poco más, poco menos, que un entrenador menor, un técnico para equipos de ambición media y horizontes lejanos, soñadores de un golpe de suerte que lo encajara, por carambola de billar de barrio, en una semifinal o final de algo. Esas profecías están ahí. A tiro de Google. A mano de hemeroteca. A golpe de radioteca. Machín era un dios menor. Un entrenador cortito al que le venían grandes las dimensiones trasatlánticas del Sevilla. Poco después, esos mismos profetas, tras ver que las entrañas de los palomos sacrificados indicaban todo lo contrario, y trocaron la frase por esta otra: el mejor fichaje de la temporada es el entrenador. Sin una pizca de rubor. Pasaron del negro al rojo. Y del blanco al amarillo. Sin que les temblara la voz, el pulso. Tan solo, quizás, las meninges proféticas que tuvieron que buscar otras dianas para seguir fallando en sus pronósticos.

Machín. El de las maracas que ahora toca cualquier tecla del piano para componerte una sinfonía. La suya. La sinfonía de un tipo que sabe lo que hace, que rebosa profesionalidad, que transmite la seriedad castellana que brilla más aún en contraste con la ojaneta de la Barqueta local. Machín. Un entrenador que ojalá nos dure. Que ojalá nos salga como si estuviera parido por la casa. Que Dios quiera nos acompañe mucho tiempo porque en ese tiempo nos dará siempre la verdad de su compromiso y su profesionalidad. Este hombre tan cortito que ahora adquiere dimensiones de gigante sabe hacer equipos. Lo demostró en Gerona y lo está demostrando en Nervión.

Y hacer equipo, para mí, es al menos tan difícil como jugar al fútbol. Una futbolista te puede ganar un partido. Un equipo te puede ganar un campeonato. Y en eso está este técnico, más serio que una fiesta de mormones, montando un aparato donde cada pieza es una función y si se resfría ese mecanismo, se va a la caja de recambios y saca otra que sustituye a la gastada y no se nota en el funcionamiento general de la máquina. Equipo. Hace equipo. Como aquel entrenador de “Un domingo cualquiera”, interpretado por Al Pacino, que ante un partido trascendental le mete pimienta en el culo a los negratas de su equipo de rugby americano comparándole la vida con la competición.

Pulgada a pulgada se sale del infierno de la nada para alcanzar la gloria de todo. Es un discurso emocionante. En el que Al Pacino apela a la casta, al coraje, a la militancia, implicación y sentimientos que exige siempre la victoria. Sin pelear una pulgada no te comes nada. Si no eres capaz de ser solidario con tu compañero no haces nada. Si no sientes el dolor en tu corazón porque ves que no te entregas como los otros que defienden tu mismo escudo, debes considerarte una mierda. Porque no estás siendo ni compañero ni hermano. Y con tan tremendas carencias no puedes ser miembro de un equipo. Ni salir jamás del fango. El arroyo será tu destino. Los focos alumbrarán solo a los que combaten como gladiadores y pelean como cosacos. En un domingo cualquiera, como el que nos espera esta semana en Bilbao, Machín apelará en el vestuario a su tema favorito para hacer lo que sabe: equipo. Un equipo tan cohesionado, comprometido y rabioso con sus ambiciones que, pulgada a pulgada, metro a metro, despliega el carácter de su fortaleza. Y lejos de ser blanditos como los angelitos negros de Machín se comportan como diablos rojos que van buscando lo suyo como cantaban los Rolling. Ganar y pelear. Menos mal que a Machín le venía grande el equipo…

 

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión