Los jugadores del Sevilla FC celebran el tanto de Roque Mesa ante el Alavés. Foto: LaLiga
Los jugadores del Sevilla FC celebran el tanto de Roque Mesa ante el Alavés. Foto: LaLiga

Sevilla FC: Poco más que añadir

Mañana juega el Sevilla; pero mandará una grada que, demostrado queda, es el jugador que tiene prohibido lesionarse
Por  10:21 h.

Variaciones sobre el mismo tema. En eso estamos. Una final más y ¿una oportunidad menos o es que el destino nos tiene preparado una tarta de cuatro pisos? Con el corazón pensamos. Con la cabeza sentimos. Y así pasan los días, las jornadas, los partidos mientras buscamos lo que no tenemos y tanto deseamos. Queremos la cuarta plaza de LaLiga. Y hemos desperdiciado una jornada como la pasada donde todos los dioses apostaron a blanco y rojo. Y nos cagamos fuera. Cuando más falta hacia atinar para encarar el futuro inmediato con menos ansiedades y más autoconfianza. Pero en Gerona el equipo se abstuvo vergonzantemente.

Y además de los puntos perdimos dos piezas claves en la estructura general del equipo: el sabio Banega, que hace muchísimo mejor un cambio de juego que una cata de Kung-fu, y el comandante Carriço, ese oficial del área que tanto se nota cuando no está. Lo de Gerona, en el contexto particular del que hablamos, fue tan desastroso que aún nos duele el estómago al recordarlo. Así que dejemos el asunto porque ya es puta historia y que ni siquiera la efemérides del gol de Mbia en Valencia fue capaz de azucararla.

Lo de mañana, palanganas, es otra final. Quizás más asequible porque demostrado queda que, este equipo de buenos jugadores pero ayuno de perfiles equilibrantes, cuando juega en casa, de la mano de papá y mamá, es capaz de bordarlo y hacer fantasías con hilo blanco y rojo en el bastidor de Nervión. Pero necesita de la mano de papá y mamá, de una granda incansable de cantar y capaz de reeditar en cada partido toda la colección de discos negros de la Motown. Sin esas gargantas al rojo vivo, cantando y animando a un equipo con evidentes fragilidades físicas y anímicas, es posible que le tuviéramos más miedo al amargor del pepino que quiere regalarnos el Leganés. El Leganés, por cierto, viene a Sevilla sin chanclas ni botes aftersun. Viene a culminar su mejor temporada en primera, por encima de la cuarentena de puntos, una barbaridad para un equipo de pueblo y quizás por esa razón, con todo el valor y el respeto del mundo ara sus logros.

Así que papá y mamá, ya sean biris o lobos solitarios, tienen mañana otra jornada para encender a los niños y motivarlos más allá de lo que desde la caseta vengan ya motivados. No podemos fallar. No podemos dejar de sumar. No podemos permitirnos ponernos la zancadilla con nuestro propio pie. Mañana juega el Sevilla. Pero mandará una grada que, demostrado queda, es el jugador que tiene prohibido lesionarse. Sin su estímulo y capacidad para liderar situaciones difíciles, este equipo se disuelve en sus propias limitaciones. A veces pienso que donde realmente se juegan los partidos es ahí arriba, en la gradona, donde las banderas y las pancartas marcan el camino de los triunfos. Frente al Leganés no estarán ni Banegas ni Carriço. Pero si está la grada al rojo vivo, que lo estará, todo se me hace más llano y sereno, con menos esquinas de sustos para vernos asaltados y desplumados en una casa que mañana solo puede concederse la cortesía con el visitante de intercambio de saludos y banderines como mucho. Lo demás será una final más. Y las finales no se juegan. Se ganan. Aunque papá y mamá tengan que cantar la noche que me dio el tío del tambor. Que la Feria nos bendiga con tres puntos más y el alumbrao nos dure hasta el Wanda…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión