Los jugadores del Sevilla FC se conjuran antes del duelo ante el Sigma Olomouc
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Sevilla FC: sin fe no hay paraíso

Somos, pese al drama enloquecido de los protestantes, un ejército de aviones plateados, de barcos cañoneros, de infantería legionaria, de zapadores inagotables
Por  10:45 h.

Alguno de vosotros no os lo merecéis. Alguno de vosotros no sabéis lo que significa ese escudo, el escudo de nuestra entidad. Un mal puñado de vosotros lleváis tronando como tormenta de verano en los bares, en los chiringuitos y en las redes, que son los nuevos bares de la era telemática; tronando digo desde el momento que confundís vuestros temores con vuestros deseos insatisfechos. Tronáis como truenan las turbonadas tropicales, haciendo crujir los cimientos del mundo y formando un ruido que, en diez minutos, se apaga para que se lo coma el sol de la realidad. Más ruidos que nueces. Más arroz que pollo. Más humo que fuego. Muchos de vosotros no sabéis lo que significa ser sevillista, tener que ir a entrenar al parque porque el presupuesto no da para hacer un stage en tierras frías y darle a los jugadores un zumo de naranja tras el entreno hecho en la barriga del estadio, donde Manolito Pérez y su saga familiar tenían su casa. Vosotros, hijos de la gloria y la abundancia, habéis dormido vuestros sueños en cunas de plata, con nanas cantadas por el Arrebato y con la gloria del éxito saludándonos desde los autobuses en la Avenida . Y pese a tanto como os ha dado la vida, a la menor ocasión, lo olvidáis y descreéis.

Y para ser sevillista hay que creer. Creer en el escudo, la camisola y su destino en el mundo futbolístico. Tenéis que grabaros ese credo en el alma antes que alguna bobada en el antebrazo. Creer que salimos del barro para hacernos de plata. Creer que erramos por el desierto para llegar al vergel bíblico de Nervión. Creer que nos hicimos a nosotros mismos, a nuestra imagen y semejanza. Creer que dejamos de beber del grifo para beber en copas. Creer que no hay ni arquitecto ni ingeniero capaz de construir los sueños que hemos sido capaces de edificar. Creer que el cielo está en Nervión y que el tercer anillo es su accesoría más cercana en la tierra.

El domingo tenemos una cita al otro lado de la ciudad. Y vosotros, los que no sabéis bien lo que significa ese escudo, lo que hay detrás de ese bendito emblema, aquellos a los que os cuesta distinguir entre la noche y el día por ignorancia, olvido, frustración, ambición o simplemente, proyección personal de una ira de diván, se os hará el culo Pepsicola si nuestro equipo vence. Eso os hará olvidar tanto como habéis largado, trinchado, navajeado y maltratado durante un verano tan dramático que solo ha hecho falta que el equipo se hiciera su foto institucional en el teatro romano de Mérida y que, en vez de nardos blancos a la patrona de la ciudad, se le hubiera ofrecido un sacrificio bestiario a la diosa Atenea, con discurso escrito por Aristófanes. Todo el estiércol previo lo olvidaréis con la misma ligereza y desmemoria con la que, por un impulso irreprimible, habéis enganchado vuestras peores digestiones a las redes sociales. Entonces veréis que el teatro es una cosa, el drama una puesta de escena innecesaria y el Sevilla FC un equipo que sigue buscando pelea para ganarlas. De ese espíritu en blanco y rojo tenéis que aprender. Porque solo mamando lo que nutre ese escudo se puede ser feliz. Vosotros estáis en explotar bombas falsas. Los sevillistas ya estamos en el bombo número 1 de nuestra competición.

Es tiempo de carne de membrillo. Y vamos a salir de Nervión buscando algo dulce, un pastel deportivo con una guinda roja en lo alto. Y para conseguirlo, a ese club que lo da todo por nosotros, hay que hacerle llegar la confianza absoluta de los que nunca se rinden, de los que quieren más y más, los merecedores de la mejor versión de nosotros mismo. A la batalla se va acompañado de la fe y del deseo innegociable de ganar. Con declaraciones de principios unilaterales: todo nos vale; el resto nos sobra. Somos, pese al drama enloquecido de los protestantes, un ejército de aviones plateados, de barcos cañoneros, de infantería legionaria, de zapadores inagotables. Vamos al otro lado de la ciudad porque allí, desde Reyes, tienen algo que nos pertenece. Y estoy convencido, frente a vosotros, pobres descreídos sin pasado donde echar raíces inamovibles, que el juguete de regalo ya tiene dueño. Ojalá y para siempre aprendáis el credo de Nervión. El camino de nuestro paraíso…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión