Los jugadores del Sevilla FC celebran el tanto de Roque Mesa ante el Alavés. Foto: LaLiga
Los jugadores del Sevilla FC celebran el tanto de Roque Mesa ante el Alavés. Foto: LaLiga

Somos todo eso

En ese tablero toma conciencia, según el interesado, la plegaria al cielo del Todopoderoso de un Kanouté dando gracias por un gol definitivo. O la melenita de Anton Polster cantando su diana no sé cuanto por los Bee Gee encaramado a la alambrada de Gol norte
Por  9:38 h.

Sin este rosario ni hay santo ni hay plegaria. Ni altar ni cielo. Porque somos todo eso. Somos el eco del tambor que nos anima, la misión de nuestra raíz rojiblanca, la historia de un desierto, la canción de un vergel, la vida que nos quitaron y que logramos conquistar. Somos todo eso. Y si yo tuviera salsa de poeta y tinta para tus colores, te cantaba y escribía con el ay de la vida que se va al tercer anillo y con el agua de la Sed de nuestro barrio con el que se bautizan los que llegan con las mejores cigüeñas. Somos, palanganas, el mazo de los collares de nuestra fe, las medallas de plata de nuestra hermandad, las papeletas de sitios de procesiones tan distintas como las de Oviedo o Turín. Somos la alegría de un solar de Triana. Y las sevillanas de Renatiño vestidos de corto en una caseta de abril. Somos lo que somos. Para que la raíz no muera. Para que entre el clavel rojo y el sudario blanco sigamos siendo mucho más que una logia masónica. Mucho más que una reunión de santeros cubanos. Mucho más que un club. Somos lo que somos. Y ay de quien quiera olvidarlo.

Tenemos un arrebato en la garganta. Y la suerte de los quebrados en la flor de lis de nuestra aristocracia. Los huevos de Júpiter stator y el paso valiente de la grada. Los toros de los rebaños de Gerión que pastaban en las marismas donde se bañaba Astarté no tienen ni la mitad de la nobleza de nuestra estirpe. Le ganamos en plata al mítico Argantonio pese a que dicen que hizo construir sus establos con oro tartésico. Tenemos estandartes, banderas y camisolas que se tiñeron de sangre en mil batallas de honor. Administramos la lógica de nuestra existencia. Y el terrible mandato de no conformarnos jamás con perder.

Hay filosofías que detestamos como detestaba Marco Aurelio la mentira. Y no solemos escondernos en los oasis de los sueños para seguir durmiendo una cita con el destino que siempre se retrasa. Hay en nuestro carácter vinagre, Chanel y Dom Pérignon. Una mezcla explosiva que solo se puede apurar en las barras de los bares malditos, donde la luz es pura sombra y la sombra ilumina el misterio. Hay un tablero de dudas y certidumbres en el eterno destino de este club largo y centenario. Un tablero sobre el que los dados de la fortuna despejan el crucigrama de nuestros arcanos, con flauta rociera y tambores de pellejos roncos acompañando siempre lo que nos revelan en los oídos las lenguas antiguas. En ese tablero toma conciencia, según el interesado, la plegaria al cielo del Todopoderoso de un Kanouté dando gracias por un gol definitivo. O la melenita de Anton Polster cantando su diana no sé cuanto por los Bee Gee encaramado a la alambrada de Gol norte. Los fantasmas de la alegría se nos presentan como les da la gana. No discutamos sus caprichos.

En partidos como los del sábado llegada es la hora de revisar bien quién es el rey. Y si hay otros que aspiran al trono que nos enseñen la corona. Una corona la nuestra hecha con las joyas de los atardeceres de mayo y el laurel de oro invicto de Cesar en la calle Parras. Palanganas, sé que estáis puesto, que habéis hecho una igualá de casta y coraje, que vais a meter riñones para convertir los costeros de Nervión en palos de azúcar. Sé que compartimos todo esto y no desconocemos quién es el rey en Sevilla. Por eso el sábado de pasión no jugamos solo un partido más. Nos jugamos lo que somos. El eco del tambor, la misión de nuestra raíz, la historia de un desierto, la canción de un vergel. Y la mejor semana santa que Pilatos y su palangana jamás pudieran imaginarse. El martillo sonará el sábado a levantá a pulso. Al cielo con nuestro destino. Por encima de los cables de lo cotidiano. Es primavera. El viento del norte ya no castiga el rostro de las acacias con la verdina. Todo es de color, como cantaba Triana. Llega la suave brisa en brazos de una melodía que se deja escuchar por Nervión como solo suena la calle Trajano cuando la niña morena de San Gil, moviendo sus caderas, baila con tanto paladar Coronación de la Macarena. Y ese murmullo canta: La Giralda de nuestra ciudad, verá solo a un equipo ganar

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión