Pablo Machín
Pablo Machín

El equipo se puede caer; el entrenador, nunca

Quien tan bien veía el fútbol y las soluciones a los problemas del juego hace muy poquito, como Pablo Machín, no puede ser hoy un tipo ignorante
Por  9:45 h.

Como sería de infame el simulacro de partido que los chicos de Pablo Machín disputaron en Balaídos, que a la afición le dolió más la empanada gallega que la goleada sufrida en la Copa ante el Barcelona. En el Nou Camp jugaba Messi y el técnico experimentaba con champán, mientras en Vigo el rival estaba hundido en la miseria y el entrenador sevillista ni siquiera hacía un ensayo con gaseosa. Las burbujas a punto de explotar eran de las buenas.

No ha sido el césped que vio a Mostovoi y Karpin, hoy convertido en erial futbolístico, el único en levantar testimonio de la decadencia forastera del Sevilla, pero sí el que parece haber abierto los ojos a Machín, siempre parapeteado en algún detalle para justificar los traspiés de sus chicos. Sin caer en la flagelación, el soriano reconoció el desastre propio, lo enfatizó aludiendo a la inoperancia céltica y en vez de paños caliente usó el frío: «hay que dar un paso adelante».

Pues, usted mismo. No se quede quieto como en Vigo. Si hay gente fundida, utilice a los frescos, aunque no le transmitan tanta confianza: andando no se gana a nadie; corriendo, igual sí. O cambie de dibujo en las salidas, con un delantero sólo arriba y potenciando la medular. O incentive el ego del adulto acomodado alineando a Bryan, un imberbe con mucho que aprender, pero ya ducho en levantar paredes (¿lo vio contra el Marbella?) y derribar muros. O haga un cambio en el minuto 45, por simple coraje. Quien tan bien veía el fútbol y las soluciones a los problemas del juego hace muy poquito, no puede ser hoy un tipo pusilánime e ignorante. El equipo se puede caer alguna vez, pero el que no puede hacerlo nunca es el entrenador.

Si se mira la clasificación, no hay lugar al drama. En casa se está fortísimo y fuera el rendimiento es superior a la media, pero es evidente que sea por cansancio, por prepotencia o excesiva confianza en su potencial, o por falta de exigencia desde la banda, el equipo, de visitante, necesita un zamarreo que le haga ver la realidad. Y quién debe darlo es el técnico, sin atender a la cara que le pongan los jugadores. Mejor uno, dos, tres descontentos, que el escudo arrastrado.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla