Monchi, en rueda de prensa (foto: Raúl Doblado)
Monchi, en rueda de prensa (foto: Raúl Doblado)

Los escombros de la demolición alcanzan al Consejo

El trabajo de Monchi debe servir de lección a los dirigentes para que en lo sucesivo a un número uno no se le releve con cualquiera
Por  9:04 h.

Anda afanado Monchi en dar las últimas pinceladas a su cuadro, que le ha salido de la escuela hiperrealista, a diferencia de su antecesor, Joaquín Caparrós, quien se esmeró tanto en el abstracto que nadie ha logrado desentrañar aún lo pintado. Y nadie lo sabrá, porque el de San Fernando lo primero que hizo a su llegada es pasarle el rulo de blanquear al lienzo para reutilizarlo. Si perdura en el tiempo el suyo y es necesario que los restauradores se ocupen de él, en la placa de rayos X previa a los trabajos, junto a las figuras como Diego Carlos, Fernando, Jordán y otros, aparecerán en segundo plano, como si fueran fantasmas, las de Gnagnon, Amadou, Aleix Vidal o Promes.

Ayer, el presidente garantizó que el israelí Dabbur, la oportunidad de mercado invernal del anterior director deportivo, se queda. En lugar de amor, su presencia provocó rechazo a primera vista en Julen Lopetegui, que ahora se verá en la obligación de cortejarlo. Lo que no está claro es si la permanencia del delantero con alas, las que le proporcionaba su anterior club, supondrá el desestimiento de dar una sorpresa goleadora a la afición. Quedan aún días y está Monchi. No den nada por sentado ni de pie.

Con Dabbur con dorsal y la duda de si se queda o no Sergi Gómez, al que uno no ha visto tan mal desempeño para la lapidación de que ha sido objeto, lo cierto es que de la etapa Arias/Caparrós no va a quedar apenas nada. Y eso debe servir de lección a los dirigentes, del presidente al Consejo y de este a la dirección general, para que en lo sucesivo a un número uno se le releve con un número dos, tres o cuatro, pero no con el primero que pase por la puerta de cristales del Sánchez-Pizjuán tatareando el himno del Arrebato o con el escudo tatuado en la pantorrilla.

Ser sevillista debe añadir puntos en la oposición, pero lo principal es que el aspirante se sepa el temario. El fracaso de Caparrós, empujado por su sevillismo y por su encomiable afán de servicio a aceptar un puesto para el que no se sentía preparado, es más de quienes lo nombraron que de él. Y el éxito, el haber traído de vuelta al «pintor» que pinta con amor y los tiene, de primera, líderes.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla