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Franco Vázquez, en el Leganés-Sevilla (EFE)

Un mudo recobró la voz para gritar «caradura»

Si Franco Vázquez ha aprendido la lección, hará honor al apodo que le pusieron en Argentina: lo que tenga que decir, sólo con el balón en los pies
Por  11:10 h.

Franco Vázquez llamó «caradura» a Hernández Hernández y el «caradura» le mostró la tarjeta roja en la nocturnidad del pasillo de vestuarios. La insensatez del mudo convirtió una verdad en una condena y a su equipo en penitente de su exceso verbal. No hay peros que exculpen el autocaño del 22 sevillista: el primer tiempo había terminado, el césped había quedado atrás y el árbitro canario se marchaba a refrescar su body, que no el reglamento, con ese aforamiento que le concede el fútbol. Mejor que el de los políticos, pues a estos los juzga el Supremo y a ellos sólo el Supremo… Hacedor. Y es que son divinos.

Al «Mudo», que en Leganés recobró la voz exclusivamente para despreciar al árbitro tras un primer tiempo tirando a infame, le va la marcha en el césped con la misma intensidad que la mandanga o la genialidad. No es raro verlo protestar por una falta sufrida no pitada o por una hecha sí señalada, ni verlo discutir con los rivales o reprochar al compañero un mal pase o un desmarque equivocado. Parece frío, pero es un volcán por dentro. No más que otros, por cierto, sólo que sin la bula concedida a determinados futbolistas por el gremio arbitral. Fíjense en Raúl García, que le discute a los colegiados hasta el sorteo de campo; o en Busquets, para el que el Barcelona no ha hecho una falta desde su fundación en 1899; o Sergio Ramos, tan aficionado a frotar su nariz con la del colegiado al modo maorí.

Mi favorito en estas cosas del silbato contemporizador es el ínclito Mateu Lahoz. Obsérvenlo en cualquier partido del Real Madrid o del Barcelona. Si pita alguna falta en contra de estos equipos y un jugador le protesta, se apresura a llamarlo por su nombre de pila y a darle explicaciones; si quien lo hace es cualquier futbolista raso rival, ni nombre, ni apellidos, ni aclaraciones, ni gaitas. Con un «oye, no te equivoques conmigo» y un gesto amenazador acaba con la creencia del profesional de que para el valenciano todos son iguales en el campo.

Vázquez estará ausente de las alineaciones un par de partidos. Si ha aprendido la lección de Butarque, hará honor al apodo que le pusieron en Argentina. Lo que tenga que decir, sólo con el balón en los pies.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla