Monchi hace un gesto durante su rueda de prensa de presentación como nuevo director general deportivo del Sevilla (Foto: Manuel Gómez/ABC)
Monchi hace un gesto durante su rueda de prensa de presentación como nuevo director general deportivo del Sevilla (Foto: Manuel Gómez/ABC)

Un Número Uno yerra él, no por opinión ajena

Monchi se equivoca igual o más que los de su gremio, con la diferencia de que sus aciertos han sido memorables en lo deportivo y muy rentables en lo económico
Por  12:04 h.

Ramón Rodríguez Verdejo dejó que hablara Monchi y éste puso sobre la mesa del sanedrín nervionense el nombre Julen Lopetegui. Lo mismo Ramón hubiera cogido otro en función de cómo le latiera ese día el escudo, pero era el director deportivo quien tenía que hacerlo. El venerado por todos. El ejecutivo consagrado. El que cobra un pastizal por tomar decisiones no en función de los gustos del personal sino de su criterio profesional. Y nombró al de Asteazu porque cree que este es el mejor para tirar del primer proyecto de su segunda etapa. Ni consenso ni leches. «Julen», dijo a portagayola. Como tiene que ser. No se llega a la cumbre dejando que se equivoquen por uno.

Habrá que confiar en él. No sólo en la contratación del técnico, sino en la de los jugadores que llegarán (ayer, el primero, un brasileño de nombre Diego Carlos del que hoy todo el mundo sabrá muchísimo tras visitar Wikipedia y Youtube) y los llamados a irse. Tan importantes van a ser los fichajes que se acometan como la limpia profunda a realizar en una plantilla en almoneda.

He escrito muy a menudo, desmarcándome del babeo que inspira su figura, que Monchi es bueno, muy bueno, porque se equivoca igual o más que los de su gremio, con la diferencia de que sus aciertos no sólo han sido memorables en lo deportivo, sino tan rentables que convirtieron sus errores en anécdotas contables.

Resulta difícil dar con alguien a quien la figura de Lopetegui agrade. La mayoría, por su mala praxis en la concentración de la selección española que se aprestaba a disputar el Mundial, y los menos, de adscripción madridista, que no veían el feo sino al guapo, porque su trabajo con la joven hornada reguetona, nada que ver con la ye-yé de la década de los 60 del siglo pasado, fue lamentable. Su nombre quedó inscrito en la centenaria institución como el del entrenador más efímero de la historia.

Debe pensar Monchi que en el guipuzcoano hay un entrenador de élite sin aprovechar. Una apuesta como otras (Caparrós, Juande, Emery) que salieron bien. Y si no sale esta vez, él es el que se la juega.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla