Zidane, ayer en Vallecas - AFP

Real MadridLas claves que explican el enfado de Zidane en Vallecas

La falta de compromiso de la plantilla ha terminado por derrumbar el proteccionismo impuesto por el técnico francés desde su regreso

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En alguien que se había erigido en escudo de unos jugadores sin argumentos para defender una temporada horrorosa, llama aún más la atención la «rajada» con la que ayer cerró su paso por el Municipal de Vallecas. Al término de los 90 minutos en los que su equipo palideció como tantas otras veces esta temporada, Zidane explotó: «No hemos encontrado el gol pero no es solo eso, hoy no hicimos nada desde el minuto uno al final. Nada a todos los niveles, no solo en el del gol (...). A veces no marcas pero sin tener ocasiones ni jugar a nada es imposible. Estoy muy enfadado porque nuestra imagen ha sido mala y soy el responsable, no solo los jugadores. Hay que pedir perdón por lo que hicimos todos hoy», dijo en rueda de prensa.

No ha trascendido si la explosión de Zidane obedece a la actuación concreta de sus jugadores en la noche de ayer, o si más bien se desbordó el agua después de la gota que ayer dispensó el Rayo Vallecano. La única certeza es que el tránsito hacia el final de temporada parece no llegar nunca para una plantilla erosionada hasta el extremo, pendiente de un mercado de verano que se debate entre la revolución y el retoque, ansiosos los jugadores sin plaza asegurada por demostrar y desganados los que presumiblemente cuentan con una taquilla asegurada en el Bernabéu el curso que viene.

La gravedad del asunto se entiende a partir de figuras como Luka Modric, una sombra del futbolista que hace meses levantaba el Balón de Oro tras un Mundial sublime, errático hasta el extremo en el campo del colista. Tampoco un campeón del mundo como Varane fue capaz de dar un grito en ausencia de Ramos. Marcelo, como en un recreo permanente desde que llegó Zidane, sigue a vueltas con lo suyo en el lateral izquierdo, un intento permanente por plasmar sobre el césped su despreocupación por lo que pueda ocurrir en verano. Aunque ningún caso que escame más al madridismo, y con alta probabilidad al entrenador de la nave blanca que el de Bale. Ayer, en el tramo inicial del partido, disfrutó de una ocasión clarísima, un caramelo para alguien con la determinación que se le presupone al galés, de quien no está claro si escama más su nivel ínfimo o su indolencia. El ataque, con Benzema y Vinicius en la enfermería, en un drama al que tampoco Asensio, Isco o Lucas, si acaso los chispazos de Brahim, encuentran remedio.

Poco queda del bálsamo de aceite en el que Zidane sumergió al club cuando se le anunció como sustituto de Solari. El paso de los partidos, que es prácticamente lo mismo que decir las penitencias, ha arrastrado al técnico a un estado de fatiga palpable en intervenciones como la de ayer. La falta de compromiso de un plantel por el que entregó su prestigio y una posible falta de consenso con la directiva a la hora de pactar los refuerzos venideros sitúan al francés en una posición demasiado incómoda incluso para lo que podría haber imaginado cuando asumió el cargo.