Honor para el hijo del carpintero

De familia modesta y centrado en los coches, Vettel supera todos los récords de precocidad con su segundo título

JOSÉ CARLOS J. CARABIAS
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Alemania celebra la irrupción de una nueva pieza en la cadena de producción. Franz Beckenbauer, Lothar Matthaus, Boris Becker, Steffi Graf, Jan Ullrich, Michael Schumacher, Dirk Nowitzki... y Sebastian Vettel. El prodigio del automovilismo enardece a un país que ya vivió en la era de la abundancia con el incombustible Schumi, pero hace sufrir a los periodistas de medio mundo acreditados en la Fórmula 1. Se husmea en su vida y andanzas, se pregunta entre los acorazados colegas germanos, se rastrea el mundo web para mayor gloria de su majestad Google y hay poco que rascar. Sebastian Vettel, el nuevo fenómeno de la F-1, es un campeón mecánico. Centrado en los coches, promocionado por la marcial cantera de Red Bull y sin un gran gancho entre los medios o el mercadeo publicitario. Un doble ganador del título a bordo de una locomotora supersónica, el RB7, que ha fulminado a la competencia.

Desde la anécdota y sin mucha gracia que exportar al exterior, Vettel bautiza a sus monoplazas con nombres y adjetivos de chicas que, se supone, ha conocido. Randy Mandy (Mandy la cachonda), Kate Dirty Sister (hermana sucia de Kate), Luscious Liz (seductora Liz) o Kinky Kylie (pervertida Kylie) son los nombres de sus últimos utilitarios y es lo más excitante que se puede encontrar en la biografía reciente del piloto.

Vettel pertenece a la nueva hornada que domina la Fórmula 1. Las estrellas proletarias. Como Alonso, Hamilton, Massa o tantos otros nombres propios, son pilotos criados en la carencia de medios para un deporte que exige financiación constante y muchos millones encima de las mesas de diálogo. Vettel es hijo de un carpintero de Heppenheim, una localidad de 25.000 situada a cien kilómetros al sur de Frankfurt próxima al circuito de Hockenheim.

Como sus compañeros de cartel en el Mundial, no tuvo oportunidades procedentes de la cuna. Nada que ver con rescoldos del pasado, niños bien provenientes de las clases acomodadas. Gente como David Coulthard, que llegaba a los circuitos en el helicóptero de su padre. Papá Vettel también intentó traspasar el salón de la fama en el nido de tiburones del automovilismo, pero no llegó lejos. A cambio, inculcó el amor por los coches a su retoño. El joven prodigio tuvo su primer kart a los tres años —como Alonso—. El resto de su indumentaria posterior llegó muchas veces a través de eBay, donde el carpintero de Heppenheim se vio obligado a comprar piezas de segunda mano que le faltaban al coche de su hijo.

Como Alonso, Vettel ha nacido y crecido entre válvulas, neumáticos y manchas de aceite. Se subió a un kart a los tres años y no se ha bajado 21 veranos después. Es el deportista reconocible por el estereotipo. Toda la vida entre coches. En su habitación solo había carteles de su ídolo, Michael Schumacher. En las repisas de su habitación solo había revistas del sector de la automoción. En su vida solo flotaba la idea de gobernar la Fórmula 1.

Transitó, eso sí, por todas las pasarelas que requerían la presencia de un piloto con proyección como era él. En 2003 ganó la Fórmula BMW de su país. En 2005 se cruzó con Hamilton en la Fórmula 3 Euroseries —la que acaba de ganar el castellonense Roberto Merhi—. En 2006 consiguió el subcampeonato de esta categoría. Y en 2007 cruzó la frontera: penetró en la Fórmula 1 como probador del extinto equipo BMW.

Para entonces ya había ingresado en el programa de jóvenes pilotos de Red Bull, la escuela de marines que gestiona con mano de hierro Helmut Marko, el primer asesor de Dietricht Mateschiz, propietario de Red Bull. Por allí han pasado 140 aspirantes a pilotos de F-1 desde el comienzo de siglo y solo cuatro han alcanzado su objetivo: Vettel, Jaime Alguersuari, Buemi y Scott Speed. Allí pelea ahora el hijo de Carlos Sainz por ser el quinto en la lista.

En menos de un año, la vida ha mudado la piel de Vettel. Era el tercer hombre en el desafío de Abu Dabi, la carrera que perdió Alonso por un error de estrategia de Ferrari, y se llevó el trofeo. Ahora repite sin que hayan transcurrido doce meses. Vettel ha arrasado a la competencia en 2011 con números apabullantes.

No traspasa las cifras de su ídolo, Michael Schumacher —siete títulos, 91 victorias en grandes premios—, pero se ha situado en el camino de la posteridad. Nadie iguala sus registros a tan corta edad en la historia de la Fórmula 1. Ayer superó en Japón el último récord que aún detentaba Fernando Alonso. El ovetense era, con 25 años, el único piloto que había revalidado título. Vettel atesora desde ayer todos los récords de precocidad: participar en un gran premio, liderar una carrera, salir desde la pole, hacer un doblete —pole y triunfo—, firmar un triplete —pole, victoria y vuelta rápida—, ganar un Mundial y, claro, el de triunfar en una carrera.

En Red Bull ha encontrado su espacio en la vida. Según el vox populide la F-1, nunca desmentido ni confirmado por nadie, Vettel no goza de un contrato de primer espada como Alonso o Hamilton. Su sueldo ronda los seis millones de euros, pero la escudería austriaca lo va a cubrir de oro por sus resultados. Recibirá otros seis millones por conquistar el título, además de los premios que ha amasado durante el año: 500.000 euros por cada victoria, 250.000 euros por cada podio.

Política de retribución por rendimiento que Dietricht Mateschiz se apresta a compensar con gusto, según dice. «Sebastian es único», proclama con orgullo. «Sabíamos que era capaz de llegar a un alto rendimiento, pero que lo mantenga con esa continuidad es sorprendente. Él agradece que llevemos diez años a su lado. No solo porque le hayamos llevado a la Fórmula 1, sino porque le hemos dado un coche ganador».