María Porto, de espaldas a la galería

Su carrera como asesora y marchante de arte va viento en popa, y sumatrimonio conÁlvarez-Cascos, también

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Vive a su ritmo, a espaldas de los inconvenientes de la sobreexposición pública derivada de su matrimonio con Francisco Álvarez-Cascos. Aquella boda, celebrada en 2006 tras dos años de relación, era la segunda para ella (estaba separada de Virgilio Cano, exconsejero socialista de Gobernación de la Comunidad de Madrid), y la tercera para él, después de sus uniones con Elisa Fernández Escandón y Gema Ruiz. A lo largo de estos años, María Porto (Madrid, 1969) ha tenido que bandear mentiras, medias verdades, maledicencias e incluso leyendas urbanas como la de que fue bautizada como «María de la Hoz» por las ideas comunistas de su padre, el guionista Juan Antonio Porto. No sólo no fue así, aseguran en su entorno, sino que la niña, la mayor de cuatro hermanos (tres chicas y un chico) se llama así por la Virgen de la Hoz de Molina de Aragón, honrada en un abrupto paraje.

María de la Hoz (María a secas en el día a día) creció en un ambiente estimulante y a la vez exigente. Su padre, procedente de una familia acomodada de La Coruña, cambió los libros de Derecho por la Escuela de Cine en Madrid y, a partir de ahí, labró una trayectoria fértil en sus colaboraciones con Pilar Miró y Pedro Olea y con adaptaciones memorables, como la de «La Regenta» para el filme de Gonzalo Suárez.

De niños, los cuatro hermanos frecuentaban con sus padres la Cuesta Moyano y el Museo del Prado, y en los estudios se les puso alto el listón: no se jaleaban los aprobados raspados, y en vacaciones, cuando tuvieron edad para ello, debían trabajar. A la hora de elegir carrera, María optó por el Derecho. Nunca se arrepintió de una formación que, según suele comentar, «amuebla bien la cabeza», pero ya entonces sentía la llamada del mundillo artístico.

Su vínculo con la galería Marlborough comenzó en 1992 cuando ella aún era estudiante, con colaboraciones puntuales. Empezó como recepcionista, desde abajo y «ayudando a colgar los cuadros», según evocan sus allegados, pero prosperó pronto por su inquietud, sus ganas de aprender y su soltura en las relaciones públicas. En 1999 ya era la directora, con sólo 31 años. Un techo profesional en el que se mantuvo durante un lustro y en el que tuvo ocasión de conocer a Álvarez-Cascos. Él, entonces titular de Fomento, había pedido cita en Marlborough porque el artista Pelayo Ortega le indicó que no podía venderle obra para el ministerio sin la mediación de su galerista.

En 2005, Porto dejó la prestigiosa galería de matriz norteamericana y montó su propia empresa, Aqualium, en la que actúa como «dealer», una labor de asesoramiento e intermediación en la compraventa de obras de arte.

Mujer extrovertida, lleva su vida privada sin exhibicionismos, pero también sin complejos. Estos días ha comentado a sus amigos que no ve atisbo de órdago ni «vendetta» en la tormenta política desatada por Francisco Álvarez-Cascos, sino únicamente coherencia. A su marido suele definirlo como un hombre cariñoso, padrazo y con un agudo sentido del humor, en las antípodas de su etiqueta de «dóberman».

A la espera de acontecimientos en el Principado, María Porto continúa instalada en Madrid con los tres niños: su hijo, de catorce años, y los dos de Cascos y Gema Ruiz, de trece y once. Los fines de semana en Asturias son el punto de encuentro familiar, , reservado a los paseos por el campo o a tranquilas veladas de cine clásico en blanco y negro.