Federer felicita a Nadal tras la final de Wimbledon 2008
Federer felicita a Nadal tras la final de Wimbledon 2008 - AFP
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Wimbledon 2008: una final para siempre

Se cumplen diez años del «mejor partido de la historia», en una rivalidad entre Nadal y Federer que mantienen más viva que nunca

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El 6 de julio de 2008 el planeta tenis miraba a la pista central del All England Tennis Club y sentía que presenciaba cómo se construía la historia ante sus ojos. Rafael Nadal y Roger Federer protagonizaron una final que sigue impregnada en las paredes de la Catedral y en la memoria colectiva. No era la primera vez que se disputaban un título de Grand Slam, ni sería la última, pero sí simbolizó un cambio de orden para encumbrar todavía más la mejor y mayor rivalidad del tenis, del deporte quizá. Hoy se cumplen diez años de aquel partido que cumplió con todos los factores para marcar un hito: Londres, la lluvia, el retraso, los parones, el tenis aguerrido del español, la sutileza del suizo, la victoria, la derrota.

Uno tenía 22 años y cuatro títulos de Roland Garros. El otro, a punto de los 27 y doce coronas de Grand Slam. Habían sido muchos los enfrentamientos entre ambos, con la balanza de triunfos ya inclinada hacia el balear salvo en la hierba londinense, donde Federer encadenaba 41 victorias consecutivas, cinco Copas, una superioridad absoluta. Hasta esa final. Hasta ese Nadal con melenas, camiseta sin mangas y pantalones piratas. Hasta esa tarde alargada casi hasta el filo de la noche en la que el español tumbó la estadística, los precedentes, la memoria, e instaló un recuerdo nuevo en su propia construcción como tenista. Un español que ganaba en Wimbledon 42 años después de Manolo Santana tras una final de 4 horas y 48 minutos que estuvo muy cerca de ganar en tres sets con un inicio fulgurante, de perder en cinco por el orgullo del defensor de la corona, incluso de aplazarse al lunes.

Rota la tradición en la pista, el balear también se saltó el protocolo de la entrega de trofeos. Quería Nadal celebrar con su familia antes que nada. Saltó la valla y se arrojó a los brazos de su tío, y recibió la felicitación y el abrazo de Don Felipe y Doña Letizia antes de inmortalizar su mordisco en la Copa. Aquel resultado por 6-4, 6-4, 6-7 (5), 6-7 (8) y 9-7 bien merecía la osadía, pues cambió las amargas lágrimas de un Nadal derrotado en 2007 por las de la emoción de su reflejo en el trofeo. «Es uno de los partidos más emocionantes que he jugado nunca, fue un momento muy especial para mi carrera, porque además venía de hacer dos finales seguidas. Fue un paso adelante muy importante para mí, abrió mi camino hacia otro lado. Ganar, perder, es parte del deporte, pero ese fue un momento clave», admitió el balear con la perspectiva de los años, sin perder ni un ápice de orgullo al recordarlo.

Todo el brillo que fue para uno, fue herida para el otro. Derrotado en su jardín, arrebatada su supremacía, a punto de ceder también el número 1 del mundo después de cuatro años y medio como líder absoluto -Nadal llegó a lo más alto de la ATP el 18 de agosto de 2008-. «La derrota más dura de mi carrera fue aquí [en Wimbledon] contra Nadal. Un desastre. Pero al mismo tiempo, fue muy especial formar parte de aquel momento», aseguraba el suizo sobre aquella cicatriz.

Hoy, como ayer

Se cumplen hoy diez años y la final se ha cubierto de una pátina de añoranza de un tenis que no volverá, acuciado por la preponderancia de la fuerza sobre la estrategia. Los protagonistas tampoco quieren volver, pues crean hoy nuevos recuerdos con colores del presente y en 4k, alargada su rivalidad hasta el infinito, muy lejos ambos de querer vivir ya de la nostalgia. Como si no hubieran pasado una década de triunfos, lesiones, parones, nuevos rivales, ocasos y resurrecciones.

Nadal tiene 32 años y 17 Grand Slams; Federer, a punto de los 37, y 20 «grandes». Hoy, como ayer, disputan el torneo de Wimbledon con el suizo como número 1 -es 2 en el ranking ATP-, y el español a su estela. Desde el 6 de julio de 2008 no han vuelto a cruzarse el último día de torneo en Londres, pero vuelven a liderar el planeta tenis a su antojo. Uno busca el tercer título; el otro, el octavo. Las paredes del All England Tennis Club les reclaman reconstruir la historia.