Moyá y Nadal, en un entrenamiento de Roland Garros
Moyá y Nadal, en un entrenamiento de Roland Garros - EFE

Roland GarrosEl diván de Moyá

El entrenador de Nadal ha tenido que hacer de amigo y psicólogo para levantar el ánimo tras un gran bajón

Enviado especial a ParísActualizado:

Ese abrazo entre Rafael Nadal y Carlos Moyá va más allá de la simple relación entre técnico y tenista, íntimos amigos desde hace años y que han sabido mantener esa condición incluso en el ámbito profesional. Nadal y Moyá, mallorquines ambos, entienden el tenis y la vida de la misma manera, y no es casualidad que el todavía jugador se haya regenerado a partir de este vínculo. Desde que el campeón ya de 18 grandes dejó de trabajar día a día con su tío Toni, a finales de 2017, hay cambios evidentes tanto en el juego como en la mentalidad, siendo más necesaria que nunca la figura de Moyá en este curso de bandazos.

En 2015, contrariado, Nadal reconoció en su gira invernal por el cemento norteamericano que sufría ansiedad, lo que él definió como una lesión mental. Respondía el cuerpo, pero no iba la cabeza, y ese es el mayor de los problemas para alguien que tiene una azotea única. El español se ha visto en las mismas esta temporada e incluso se puede decir que ha estado peor, pues dijo abiertamente que había perdido parte de la ilusión antes de la tierra europea. Alarma, Nadal admitía un contratiempo con una sinceridad muy llamativa.

Las lesiones, el origen

El germen del problema está en las lesiones, harto ya Nadal de tener que estar todo el día recuperándose de alguna dolencia. Después de haber hecho una más que correcta presentación de curso, alcanzando la final en Australia (dura paliza recibida ante Novak Djokovic), en Acapulco tuvo un problema en la mano que le impidió preparar en condiciones el Abierto de México, derrotado por Nick Kyrgios en segunda ronda en un partido loco. Y llegó Indian Wells, uno de los Masters 1.000 preferidos para el balear, evento que le gusta mucho por todo lo que le rodea. Fue superando etapas, pero en cuartos de final, ante Karen Khachanov, le mandó un aviso la rodilla derecha. Fue a más y confirmó que la tendinitis le volvía a torturar, obligado a retirarse antes de las semifinales contra Roger Federer. Ya no jugaría Miami, tampoco estaba en la hoja de ruta, y anunció que se pondría a trabajar de inmediato para llegar bien a la tierra, pero su cabeza se nubló.

Tuvo un bajón mental palpable y en su equipo se disparó la preocupación porque nunca le habían visto tan hundido. Nadal, resignado, se preguntaba una y otra vez si merecía la pena otra dosis extra de esfuerzo para regresar como siempre había hecho, menos motivado que de costumbre. Fue un razonamiento lógico, puro hartazgo, pero el balear, por si queda alguna duda, nunca se rinde. Con todo, se plantó en Montecarlo sin haber hecho los deberes y salió trasquilado en las semifinales ante Fognini, primer aviso serio. «Ha sido mi peor partido en tierra en los últimos 14 años», reconoció. Poco después, en Barcelona, la cosa se torció aún más después de un desastroso debut ante Leo Mayer. Ganó, pero lejísimos del Nadal que se conoce, así que llegó al hotel, se sentó con Moyá y juntos empezaron a fabricar el camino para llegar hasta donde hoy está. «Hace seis semanas, era imposible de imaginar», apunta el técnico.

Moyá hizo ahí más de amigo y psicólogo que de entrenador. El tenis siempre está, pero la moral estaba por los suelos. «La manera en la que ha salido de ahí ha sido admirable. Sabíamos que habría un punto de inflexión en algún momento, y nos agarrábamos a su actitud», desvela. Poco a poco, fueron dando pasitos hasta que en Roma, y después de perder en las semifinales del Godó ante Thiem y en las del Mutua Madrid Open ante Stefanos Tsitsipas, llegó el premio y una celebración muy especial.

«Es difícil estar trabajando con alguien que es tu amigo y con el que has vivido tantas cosas», matiza Moyá, que echa la vista atrás y recuerda los primeros peloteos con su pupilo. Fue en Alemania, cuando Nadal tenía 12 años y se hablaban maravillas de él, imprevisible todo lo que vendría después. Van 18 grandes y 12 son en París, cada uno muy especial. Este, sin duda, se empezó a ganar en el diván de Moyá, entrenador, amigo y psicólogo.