Londero, tendido sobre la arcilla de París
Londero, tendido sobre la arcilla de París - AFP

Roland GarrosAsí es Juan Ignacio Londero, rival de Nadal en octavos

«Es como soñar con los ojos abiertos», dice el argentino sobre su enfrentamiento con el tenista balear

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Hace dos años estaba acabado, con la vista puesta en otra vida que no lo llevara de cabeza entre entrenamientos, viajes, partidos y sinsabores. Se dio una última oportunidad con el tenis y hoy se mide con Rafael Nadal en la cuarta ronda de Roland Garros. «Es como soñar con los ojos abiertos», dice el protagonista de esta historia de resurrección, Juan Ignacio Londero, 25 años, 78 del mundo, nacido en Jesús María (Argentina).

Es Londero, sin tilde, pero él prefiere que lo pronuncien Lóndero. Aunque casi le da igual porque todavía le cuesta creerse que haya dejado en la cuneta a Basilashvili, Gasquet y Moutet en su primer Grand Slam. Hace cinco meses todavía no había ganado ningún título. Hace un año no había sumado ninguna victoria ATP. Hace dos años, no era Lóndero ni Londero.

«Estaba fuera de rumbo», lo resume. Después de alcanzar la profesionalidad en 2010, las lesiones y las exigencias del tenis habían acabado con sus fuerzas. Tan mal esa etapa que sufría ataques de pánico y ansiedad, y no parecía que el sufrimiento mereciera la pena. Pero se plantó. Decidió tomar de nuevo las riendas de su vida, una última oportunidad: olvidarse un tanto de las fiestas y convertirse en profesional de verdad. Aunque confiesa que no es ningún obsesionado del tenis. No ve muchos partidos y no le interesa ni siquiera quién va por su lado del cuadro, salvo su siguiente rival. Tuvo malas experiencias porque construía los torneos en torno a quién podría enfrentarse en la final y la decepción si perdía en primera ronda le duraba mucho tiempo. Ha aprendido.

En 2018 consiguió buenos resultados en el circuito anterior a la ATP y se animó. En febrero de este año llegó en Córdoba su primer título 250, aprovechando una invitación. Estaba preparado físicamente aunque no terminara de creérselo. Pero que se le abran las puertas para jugar los Grand Slams de París y Londres lo han hecho comprobar que sí, que no es ficticio, que está viviendo una semana mágica en la cuarta ronda de Roland Garros, que el esfuerzo sí ha merecido la pena.

«Lo que más me costó fue lo de la comida. Eso en sí es un entrenamiento», explica estos días en París, reclamo de periodistas y aficionados. «Ya estoy aprendiendo inglés», sigue sonriendo.

Por eso en su maleta nunca faltan ni la báscula ni la licuadora. Su nutricionista lo obliga a estar en los 73 kilos. No supera los 70. Una deficiencia que trata de compensar con un batido de proteínas cada noche, mucha agua y una promesa: «Si gano a Nadal os invito a comer a todos».