Rafa Nadal
Rafa Nadal - EFE

Roland GarrosJunio, París, Nadal

El español pone el broche a un torneo estupendo y logra su decimoctavo grande al frenar el ímpetu de Thiem

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Es junio y es París, así que la ecuación da siempre como resultado a Rafael Nadal rebozándose por la tierra de la Philippe Chatrier, lo más parecido al edén, impulsado el mallorquín hacia la eternidad por la enésima hazaña en Roland Garros. Esta vez llega el día 9 del mes más especial para el español porque es cuando cumple años (el pasado 3 hizo 33) y porque muerde siempre aquí, campeón por duodécima vez de un grande que bien podría llevar su nombre. A Dominic Thiem, el mismo que lo intentó en 2018, Nadal le reconoce el mérito y le concede, con sinceridad y con todo el respeto del mundo, la etiqueta de heredero, pero le recuerda también que el relevo no es ahora, que a él aún le quedan tardes de lágrimas en la arcilla francesa. Es junio, es París y es Nadal, una mezcla que deriva en gloria.

A las 18 horas y 13 minutos, después de 180 minutos de combate, una bola de Thiem va más allá de la línea y de inmediato se lanza al suelo Nadal, que tiembla, que no es capaz de controlar el llanto, que recuerda que hace poco más de mes y medio estaba devastado anímicamente. De Montecarlo a París, Nadal ha negociado las curvas con madurez y ha sido capaz de levantar una situación complicadísima, pues hubo grietas en la azotea del héroe, y eso sí que es noticia tratándose del tenista con la mente más privilegiada del planeta. Por eso, al de ayer fue un triunfo más especial si cabe, ubicado seguro en un lugar destacado en su palmarés, disparado ya con 18 grandes y a solo dos de Roger Federer. Nunca ha estado tan cerca del suizo, pero esa ya es otra historia, esa batalla ya se retomará. Ahora toca fiesta, la fiesta de París.

Tiene motivos de sobra para excederse después de estas dos semanas impolutas. Del mismo modo que es justo mencionar que habrá sido el torneo menos exigente hasta la final de todos cuantos ha disputado aquí, hay que reconocerle al ganador la capacidad que ha tenido para mantenerse siempre en la misma dirección, dando en cada ronda el pasito al frente que exigía. Yannick Hanfmann, Yannick Maden, David Goffin, Juan Ignacio Londero, Kei Nishikori y Roger Federer asumieron la superioridad de Nadal, y también Thiem acabó de la misma manera que los seis anteriores. Pero es que son 93 triunfos de 95, todo dicho.

Se trataba de mantener la esencia en la final, que tuvo varios pasajes y que en poco se pareció a la del pasado año. En buena manera, porque Thiem ya no era un novato en citas de postín, y pisó la Chatrier con una firmeza intimidatoria, tanto que para él fue el primer break del partido. En esos juegos de tanteo, el austriaco pareció más enchufado, pero esa rotura hizo que despertara lo mejor de Nadal, impresionante para enlazar cuatro juegos de un tenis notable. Lo mejor del balear, ayer y en casi todo el torneo, fue el revés, un golpe que evidencia su capacidad para regenerarse en búsqueda de la perfección. Cruzado, paralelo, cortado, con alturas... Por el costado teóricamente menos bueno hizo mucho daño y desde ahí gobernó una victoria de oro. Genial.

De las dudas a la reacción

Un «¡Qué bueno eres, Rafa!» rompe el silencio de un segundo parcial difícil de entender. Baja algo la calidad del duelo y Nadal se desordena, aunque le da como para mantener el pulso sin contratiempos hasta el duodécimo juego. Thiem tampoco parece hacer nada del otro mundo, pero controla su saque y piensa que es el momento para no fallar, que si se asegura el tie break le queda alguna esperanza de vida, que las piernas pesan mucho, pero todavía andan. Además, ni siquiera tiene que esperar al desempate porque le llega antes una oportunidad bendita e iguala el encuentro para sorpresa de la Chatrier, que en el fondo quiere más. El público francés, por si hay dudas, ya ama a Nadal, se lo ha ganado, pero las 15.500 gargantas de la centrar suplican porque esta final tenga más emoción que la última. Se puede decir que la tuvo.

Después de ese inesperado golpe, Nadal opta por romper el ritmo de su enemigo y se toma su tiempo en los vestuarios, más importante de lo que parece ese receso. Vuelve decidido y pone en orden sus apuntes, mientras que a Thiem parece que alguien le apaga las luces. Son 16 puntos de 17 que caen del lado del número dos del mundo, y entre puño y puño se observa que la cara del centroeuropeo es otra, exhausto y sin recursos para frenar esa sangría, muy extraño porque había logrado lo más difícil (solo 15 hombres le han birlado un set a Nadal en la tierra de Roland Garros) y no le duró nada esa tendencia al alza. Estaba tieso, fundido, sin gasolina para enfrentarse a semejante monstruo, y volvió a perder su saque a la primera en la cuarta manga. Le dio únicamente para dignificar su derrota con una entrega de aplauso, y seguro que algún día, en esta misma pista, levanta la Copa de los Mosqueteros como campeón de los Internacionales de Francia. Ese día será cuando no esté Rafael Nadal, un campeón eterno siempre que llega junio a París.