Mario Draghi y Christine Lagarde, las dos caras de una transición que no será tranquila
Mario Draghi y Christine Lagarde, las dos caras de una transición que no será tranquila - AFP

La herencia maldita de Mario Draghi al frente del BCE

Christine Lagarde llegará al BCE con una división máxima en un Consejo que ya airea sus desavenencias fuera de casa

Corresponsal en Berlín Actualizado: Guardar
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La división entre «halcones» y «palomas» no había pasado de ser hasta ahora un topicazo con el que animar un poco las a menudo somnolientas crónicas de política monetaria europea. Siempre se mantuvo un sano equilibrio entre quienes se aferran al estatuto del BCE, que limita sus competencias al control de la inflación («halcones») y quienes desean servirse de la institución como herramienta política sin urnas ni control parlamentario con la que movilizar el PIB («palomas»). Estuvo ya a punto de romperse con la crisis, cuando uno de los padres fundadores del euro reconoció en una comida en Berlín que «dotamos al Consejo de instrumentos para soportar la presencia de ovejas negras; el problema es que las ovejas negras son ahora mayoría». En abril de 2016, el entonces ministro alemán de Finanzas Wolfgang Schäuble mantuvo una tensa conversación con Mario Draghi en la que le reprochó: «Puedes estar muy orgulloso y atribuirte al menos el 50% de los resultados electorales de un nuevo partido antieuropeo en Alemania que se alimenta de tu política monetaria». Se refería a Alternativa para Alemania (AfD), una formación con presencia ya en todos los parlamentos regionales alemanes y principal fuerza de la oposición en el Bundestag, entre cuyos objetivos prioritarios está sacar a Alemania del euro o, en su defecto, restringir la moneda única a un club más reducido en el que la periferia europea no tendría cabida. Pero, a pesar de todas estas tensiones, unos y otros mantenían las formas. Hasta la última reunión del Consejo, el pasado 12 de septiembre, cuando quedó en evidencia la maldición que pesa sobre la herencia de Draghi.

Apenas había terminado la reunión y el italiano comunicaba su nuevo paquete de estímulos, que prolonga «sine die» los tipos cero, estrecha los márgenes de los bancos y lanza un nuevo programa de compra de deuda, el presidente del Bundesbank alemán y cabeza visible de los «halcones», Jens Weidmann, rompía la regla no escrita de jerarquía de comunicación y declaraba en público y al popular diario alemán «Bild Zeitung», el de mayor tirada en Europa, que Draghi había «sobrepasado los límites». Que se trataba de una declaración de guerra lo confirmaba la acción coordinada con el resto de los «halcones». El holandés Klaas Knot denunció medidas «desproporcionadas» y Robert Holzmann, presidente del banco central austriaco, reconoció en una entrevista con «Bloomberg TV» la idea de que el BCE está cometiendo un grave error, «definitivamente ha cruzado mi mente». Fuentes del BCE han filtrado, además, que François Villeroy de Galhau, gobernador del Banco de Francia, no estuvo de acuerdo durante la discusión con las nuevas compras de deuda, una decisión que no fue votada porque Draghi consideró que «la mayoría era evidente».

A esta rebelión interna se suma la de la banca, que se niega a cumplir el papel de correa de transmisión de la política de Draghi y que ha dejado prácticamente desierta la primera subasta de liquidez extraordinaria (TLTRO III). En lugar del estímulo, optan por el drenaje de liquidez y están amortizando anticipadamente casi 32.000 millones de euros del anterior programa.

Culpabilidad repartida

De esta herencia envenenada que recibe Christine Lagarde, sin embargo, no es Draghi el único culpable. «El italiano es consciente de que está forzando la máquina», admiten fuentes de Fránkfurt, «pero decide a la desesperada mientras sigan sin actuar los gobiernos». Se refería a la parálisis de la gran coalición alemana, la falta de gobierno en Italia hasta hace una semana y la eterna funcionalidad del gobierno español. «Hubo unanimidad en que la política fiscal debería convertirse ahora en el principal instrumento», insistió Draghi en su última comparecencia ante los medios.

Lagarde se enfrenta por tanto a una decisión mortal en su primer año: bajar los brazos en el intento por revivir la inflación o ceder a la tentación de continuar ayudando a los gobiernos del bloque con un programa infinito de compras de bonos. En su primer día en el cargo, el 1 de noviembre, el día que se reanuda el programa de compras de deuda, Lagarde deberá alinear la fastuosa promesa de Draghi con las normas que prohíben al banco central financiar los déficits de la naciones de la zona euro.