Sísifo presupuestario

Con el keynesianismo a medias de los políticos, el déficit de la crisis se alimenta con el nuevo déficit de la fase expansiva

Francesc Pujol (Profesor de la Facultad de Económicas de la Universidad de Navarra)
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Uno de los efectos de la Gran Crisis de 2008 fue hacer revivir a John M. Keynes y sus recetas presupuestarias anticíclicas. Parecía que los políticos, y sobre todo los economistas, habían archivado y sepultado el papel del sector público como actor clave para amoldar los rigores del ciclo económico: reducir presión fiscal y aumentar gasto no recurrente durante la crisis, hacer lo contrario en la fase de recuperación y crecimiento.

A su vez, el redescubrimiento de las recetas keynesianas nos ha traído el eco de las advertencias de James Buchanan. Para este premio Nobel de Economía, el problema del keynesianismo no radica en las propuestas económicas, sino en los políticos que se encargan de activarlas. El político aplica las recetas keynesianas en la fase de recesión, pero se olvida de ellas en la fase de recuperación. Con el keynesianismo, el déficit público que permites en recesión lo absorbes en la fase de crecimiento. Con el keynesianismo a medias de los políticos, el déficit de la crisis se alimenta con el nuevo déficit de la fase expansiva.

Y así nace nuestro Sísifo presupuestario. Cada nueva crisis se afronta con la misma dinámica tramposa, y el castigo es que la bola de la deuda que se empuja montaña arriba vuelve con más fuerza, agigantada por el último ciclo económico. La experiencia sisífica desde los años 70 llevó a muchos estados a renunciar a políticas keynesianas activas o al menos a intentar domarlas, acudiendo a restricciones presupuestarias legales e incluso constitucionales, quitando a los políticos la potestad de manejo libre del déficit. Este fue de hecho uno de los ingredientes en el proceso de unificación europeo. Los países de la zona euro restringían su soberanía fiscal, al autoimponerse un déficit anual máximo del 3% del PIB y una deuda pública acumulada del 60%.

España entró en la crisis del 2008 cumpliendo con holgura los dos criterios, y sale de ella con una deuda del 97% del PIB. Es cierto que los tratados prevén la salvedad de las circunstancias económicas adversas severas para superar esos límites. Pero también es cierto que España está ahora con una situación presupuestaria nada favorable para afrontar el próximo ciclo de recesión económica. En los 90 y en los 2000 muchos economistas ridiculizaban los temores y los costes reales de un endeudamiento excesivo. Supongo que Grecia les heló la risa a algunos de ellos. Porque hay riesgos y costes asociados a un endeudamiento excesivo. Y España sufre de un endeudamiento excesivo.

España está ahora con una situación presupuestaria nada favorable para afrontar el próximo ciclo de recesión

Todo esto exige que el Gobierno deba tener en cuenta tanto las necesidades y oportunidades a corto plazo como las obligaciones a largo plazo: orientarse hacia una senda de endeudamiento sostenible.

¿Está por lo tanto bien orientada la propuesta actual de presupuestos para 2019? La simple respuesta con una negativa tiene para mí algo de tramposa, porque creo que es injusto evaluar las decisiones para el proyecto del año que viene sin considerar las decisiones tomadas desde 2015, cuando ya entramos en una senda clara de crecimiento y recuperación. Porque el Gobierno anterior también disfrutó aplicando a Keynes en los malos días, pero se olvidó de seguir aplicándolo en los buenos días.

La presión fiscal en España se sitúa en el 33,5% del PIB. Era de casi el 37% en 2007. La presión fiscal es del 37,5% en Alemania, del 43% en Italia y del 45% en Francia. Sin embargo, algunos piden (y practican) una bajada de la presión fiscal para España y claman contra la planeada subida de impuestos de los presupuestos 2019.

Es evidentemente legítimo pedir reducción de la presión fiscal. Pero si no se quiere caer en la espiral del endeudamiento excesivo esa vía pasa por la aneja reducción drástica del peso del sector público y por lo tanto de las prestaciones que ahora recibimos. Defender otras combinaciones es pura quimera y alimenta el Sísifo presupuestario.

Es por ello razonable proponer subidas de impuestos. Y al hacerlo, dos factores a tomar en cuenta son especialmente relevantes: que limite el daño a la actividad económica creadora de empleo y que reparta la carga de manera equitativa, que para una mayoría social implica o proporcionalidad o progresividad. Algo parecido debería aplicarse para la evaluación de aumento de gasto público.

Francesc Pujol (Profesor de la Facultad de Económicas de la Universidad de Navarra)Francesc Pujol (Profesor de la Facultad de Económicas de la Universidad de Navarra)