Susana Díaz compareciendo tras las elecciones andaluzas
Susana Díaz compareciendo tras las elecciones andaluzas - ABC

Elecciones en Andalucía 2018Elecciones andaluzas: La ley de la oferta y la demanda

La derecha ha ganado en Andalucía cuando se ha presentado por separado porque así colmaba las expectativas de sus votantes

SEVILLAActualizado:

Al final se cumplió la ley en la que deberían creer los políticos de la derecha andaluza si fueran liberales de verdad: la ley de la oferta y la demanda. Durante los años de la travesía del desierto conservador, todas las energías se pusieron en el fomento de la unidad de la derecha. Siguiendo las tesis de Fraga y de Aznar, que en esto era su hijo político aunque no fuera su yerno, la derecha tendría que estar unida para gobernar en Andalucía. Fueron años de mayorías abrumadoras del PSOE. Más que absolutas, absolutísimas.

En 1994 estuvo a punto de romperse la cadena de triunfos del socialismo, pero la campaña fue crucial, y Chaves ganó por la mínima. El manejo de la información, vulgo propaganda, elevó el leve acuerdo del PP de Arenas y de la Izquierda Unida de Anguita y Rejón a la categoría de pinza. En dos años se recuperó el partido que se creía el dueño de Andalucía, y en 1996, junto al triunfo de Aznar en España, el PSOE recuperaba la hegemonía sin paliativos en la Junta. Capítulo cerrado.

Tuvieron que pasar 16 años para que el PP volviera a estar en la casilla de salida. En 2012, con el PSOE noqueado por el golpe que se dio con Zapatero, y con Rajoy gobernando con mayoría absoluta después de arrasar en las elecciones que se tragaron a Rubalcaba, Arenas ganó… pero no pudo gobernar. La derecha unida, solitaria frente a la izquierda de PSOE e IU, no pudo llegar a los 55 diputados que son necesarios para una investidura como la ley manda. Aquel fracaso sumió a los peperos en una depresión de la que todavía no han salido, aunque ahora estén en ello.

Con un líder moderado como Juanma Moreno, al disputado voto de la derecha andaluza le salieron dos competidores de altura. Verde y naranja, como el símbolo de la UCD que se despeñó aquí por una pregunta inconveniente en un referéndum de infausta memoria para la derecha andaluza. Ciudadanos y Vox competirían con un PP a la baja. Rajoy en Santa Pola y el televisivo Casado recién llegado a Génova. La encuesta que Tezanos le fabrica al partido que le paga bajo el paraguas del CIS -Centro de Investigaciones Socialistas- le sirvió a Susana el resultado en bandeja. A partir de ahí se produciría la desmovilización del electorado diestro. ¿Votar para qué?, que diría Lenin. Y con la derecha dividida en tres partes…

Sin embargo, esa desunión es la que ha servido para que Juanma Moreno pueda ser presidente de la Junta después de haber perdido los escaños que marcan el diferencial de la derrota contra sí mismo. Pero una cosa es la aritmética y otra muy distinta la política. Con la mitad de diputados -más uno, que siempre los hay puntillosos- de Arenas, su sucesor puede gobernar en San Telmo. ¿Paradójico? No. Kafkiano. Y la causa de todo esto es precisamente la división tan temida de la derecha, que estaba ahí, detrás de la puerta, agazapada. Esa ha sido la causa, porque así se ha puesto en práctica la muy liberal ley de la oferta y la demanda.

Cómodos contenedores

Gracias a esta ley, la mitad de los votantes andaluces se han repartido en tres cómodos contenedores sin tener que hacer grandes esfuerzos para votar. Ahí ha estado la clave, en las oportunidades que se le ha brindado al votante que va desde el centro izquierda desengañado con la gestión de los 36 años de socialismo, hasta el partidario de una derecha sin complejos que no se amilana ante los desafíos del independentismo y del populismo de izquierdas que quiere acabar con eso que ellos llaman el Régimen del 78, y que tiene otro nombre: la Constitución.

Asilados en sus casas durante años porque no tenían a quién votar, este electorado ha emergido a la superficie de la democracia con una fuerza que se ha llevado por delante todo lo que parecía sólido, que diría Muñoz Molina. El poder de la Junta y de sus satélites políticos, empresariales y mediáticos se ha derrumbado de pronto. Sin avisar. La fatiga de materiales era evidente, pero faltaba algo que no había visto nadie: una derecha múltiple y plural que satisficiera las expectativas de unos votantes que se quedaban fuera de la horma del PP por diversos motivos, entre los cuales sobresalía el que amplificaba el poder mediático del PSOE andaluz cuando confundía al partido de la gaviota con los herederos del franquismo y del señoritismo andaluz.

Los tres tenores han cantado sus respectivas arias. Juanma Moreno ha elegido un adagio tenue, sutil, a media voz. No ha querido destacar en el gallinero dando una voz más alta que la otra. Juan Marín se ha decantado por un andante que lo alejara de la cercanía a Susana durante este trienio de pacto sin pacto. Se ha juntado con Rivera y se ha arrimado a Arrimadas para aprovechar la ola naranja. Algo parecido ha hecho Francisco Serrano, cuya voz ha acompañado a la del líder de Vox. Santiago Abascal se ha erigido en un líder nacional en Andalucía, algo que no deberían olvidar los que nos subestiman políticamente.

Ahora ha llegado el momento del coro. Ahora ya no pueden cantar cada uno por su lado, porque entonces darían el cante. La derecha ha acudido a las urnas con tres opciones, pero con un solo propósito: el cambio. Hay que abrir las ventanas y los balcones de San Telmo por higiene democrática. Hay que levantar las alfombras y sacudirlas. Hay que vaciar los cajones y hay que poner a cada uno en su sitio, aunque ese lugar sea la calle. Los andaluces han hablado alto y claro. Tres derechas y un solo cambio verdadero. Lo contrario se interpretaría como una traición al propósito que ha animado a los que han elegido entre las tres papeletas la más adecuada a sus intereses, a sus ideas, a su proyecto de Andalucía.

Al final se ha cumplido esa ley de la oferta política y de la demanda electoral que tanto odian los totalitarios que confunden la democracia con el gobierno exclusivo de los suyos. Y ha sucedido cuando casi nadie lo preveía, aunque algunos quieran apuntarse el tanto ahora, a toro pasado, cuando Susana llora como Boabdil la pérdida de esa fortaleza que creía inexpugnable. Torres más altas han caído. Y quien no lo crea, que se lea el arranque de El otoño del patriarca. Los gallinazos, vulgo buitres, están a punto de entrar en San Telmo para renovar con sus alas el aire estancado por el paso del tiempo donde se acumulan los desechos fétidos de la corrupción. Para eso la mitad de los electores les han dado el voto a los tres líderes de la derecha, y no para otra cosa.