Un Sánchez de cartón piedra durante el mitin del PSOE en Barcelona
Un Sánchez de cartón piedra durante el mitin del PSOE en Barcelona - EFE
Elecciones Generales

Si me quitaran cuarenta años

El público, muy mayor, parecía los supervivientes de aquel mitin de Felipe González en el Sant Jordi en el 96, y en las primeras filas, las viejas glorias del PSC, con su rostro blanquecino y espectral, compartían entusiasmo con los candidatos del próximo domingo y del mes que viene

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Mi único mitin socialista hasta ayer había sido el de Felipe González en 1996 cuando quise agradecerle que había sido un gran presidente. Fue en el Palau Sant Jordi cuando la vieja política no lo era tanto, ni lo éramos tanto nosotros y los socialistas en cabeza de Felipe ponían a 20.000 personas donde hiciera falta. Yo tenía 20 años y aunque simpatizo aún con aquel entusiasmo mío, al PSOE nunca más he vuelto a votarlo. Ayer Pedro también llenó, pero no era el Sant Jordi sino el Pabellón del Valle de Hebrón, con 4.000 meritorias personas que no dejaron ni una silla libre y colapsaron los pasillos y las escaleras: pero no hubo problema, porque por suerte para los asistentes, lo de la izquierda no es quemar polideportivos sino iglesias.

Sobre todo Sánchez e Iceta -puntualidad británica- fueron recibidos como héroes, un poco como cuando el «speaker» del Camp Nou dice el nombre de Messi. El público, muy mayor, parecían los supervivientes de aquel Sant Jordi del 96, y en las primeras filas, las viejas glorias del PSC, con su rostro blanquecino y espectral, compartían entusiasmo con los candidatos del próximo domingo y del mes que viene. Meritxell Batet, cuyas sofisticadas virtudes -la clase y la finura- serían mucho más apreciadas si se dedicara a cualquier otra cosa que no fuera la política, tenía la luz que menguaba en Raimon Obiols, José Montilla o Josep María Sala. Jaume Collboni, candidato al Ayuntamiento de Barcelona, abrió el fuego contra independentistas y Vox y le repitieron el argumento todos los oradores de la tarde. Pero nada ni nadie pudo compararse con Miquel Iceta, que azuzó a la masa con un discurso gritón y vibrante, exaltando lo propio y demonizando lo ajeno con una mezcla de maniqueísmo, mala leche y humor que tuvo su momento más brillante cuando en plena arenga contra Abascal, gritó: «Porque yo no quiero tener que volver a meterme en el armario», que entusiasmó a los partidarios y desarmó a periodistas y escépticos.

A Batet, mucho más delicada -y mucho menos de rompe y rasga-, el tono mitinero no es el mejor le queda y todo lo que dijo le habría quedado más creíble tomando una copa de champán en el bar de un hotel de Mayfair. Su figura esbelta y menuda, casi puesta en puntas de pie como si creyera que así proyectaba mejor la voz, halló su momento de mayor contundencia cuando animó a los presentes a ir a votar el domingo, «para que el lunes no se nos quede cara de primos».

Y al fin llegó el turno de Sánchez, el santo que ha hecho el milagro del resurgimiento del PSC y del PSOE. Por la mañana, Iceta me decía: «yo siempre le estaré agradecido a Pedro, porque él nos salvó el negocio cuando nos estábamos muriendo». Sánchez, como los que precedieron en el uso de la palabra, no llamó ni una sola vez a Vox por su nombre y se refirió a ellos como «la ultraderecha» -sin entrar en detalles.

Salió el feminismo, la corrupción del PP y la mayor andanada se la llamó Albert Rivera, al que llamó chaquetero ante la sonora pitada del respetable. Pero igualmente en 1996, los que desde Génova gritaban «Pujol, enano, habla en castellano», acabaron gritando «Pujol, guaperas, habla lo que quieras»: lo que cuenta es la aritmética, y del color de la chaqueta -como Albert sabe y Pedro también- nadie se acuerda.

El único que se refirió a lo que habita a la izquierda del PSOE fue Jaume Collboni, que tildó a Colau de pésima alcaldesa y a Jaume Asens de independentista camuflado. Sánchez, con blue jeans y camisa clara, sin corbata pero con americana, no arriesgó en su discurso, tiró de tópicos y de frases que ya habíamos escuchado en los debates. Cataluña salió el final reducida al «no es no» a un hipotético referendo independentista, y a gritos de ánimo a los alcaldes y candidatos de cara a las elecciones municipales de mayo.

A la salida ayudé a una señora ya muy mayor, y con dificultades para moverse, a encontrar un taxi. Tardó en pasar uno libre y aproveché para preguntarle qué le habían parecido las intervenciones, y si no le parecía algo exagerado decir que si gobierna la derecha «volveremos 40 años atrás», como dijeron Iceta, Batet y Timmermans -el candidato socialista a presidir la Comisión Europea-. Mi abuelita, extraordinaria, me respondió: «Hombre, un poco sí que han exagerado, pero te advierto que si me quitaran 40 años, si alguien de verdad me lo prometiera, yo le votaría fuera quien fuera».

En el taxi hacia el Palau Sant Jordi, donde Mark Knopfler estrenaba gira mundial, a propósito de su sobrio, elegante y virtuoso nuevo disco -como suelen ser siempre sus canciones- pensé que Felipe en sus mítines, y en general en su forma de tratarnos, nos prometía menos, nos exigía más, y su modo de ser de izquierdas se basaba más en comprender cómo es el mundo, y saber adaptarse, que en la siempre peligrosa arrogancia de querer cambiar por cambiar lo que no eres capaz de entender cómo funciona. Tal vez por ello Knopfler sigue llenando estadios y los socialistas tienen que conformarse con pabellones de barriada.

Por cierto que, como ya sucediera en el mitin de Pablo Casado en Tarragona, el único periodista del Valle de Hebrón que vestía chaqueta era el director de ABC en Cataluña, mi querido Àlex Gubern: si las izquierdas ganan el domingo nuestros lectores tienen que saber que en ABC estamos de sobra preparados para ser su dique de contención contra la barbarie.