Bretón: el hombre de la máscara que no pestañea en el banquillo
José Bretón - valerio merino
primera sesión del juicio

Bretón: el hombre de la máscara que no pestañea en el banquillo

El acusado solo varió su actitud impasible en un receso, arengando a su abogado e ironizando en referencia al informe de los huesos de sus hijos

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La prisión parece sentarle bien. José Bretón se exhibió durante la primera sesión del juicio contra él —que ha acabado con el jurado popular declarándolo culpable— impoluto, con la raya del pelo trazada a la izquierda, una camisa clara también rayada, primorosamente planchada y con aspecto descansado y casi burlón. Sus rasgos afilados se han rellenado al ganar algo de peso. Lo que no ha variado un ápice es s u altanería e inexpresividad.

Casi ni pestañeó en la Sala de vistas, miró fijamente a cada una de las partes, según exponían sus argumentos y rehusó cruzar sus ojos con cualquiera de los miembros del Jurado. Ni el duro alegato de la fiscal ni el todavía más contundente de la acusación le causaron mella. Si lo hicieron, ganó la autocontención. Por momentos, sin embargo, parecía regañar a su abogado, José María Sánchez de Puerta, al que regaló un leve asentimiento de cabeza cuando éste habló, en términos poco favorables, sobre la familia de su exmujer Ruth Ortiz.

Durante aquella primera sesión, mantuvo Bretón la espalda recta como un tablero, pegada a la silla, tanto cuando se sentó esposado como cuando le retiraron la sujeción, tras solicitarlo su letrado. Tenía un mes por delante y no era cuestión de excederse con unas cautelas innecesarias toda vez que dos policías iban a ser su sombra durante las siguientes semanas.

El lector de «El caballero de la armadura oxidada», libro que Bretón regaló a Ruth una semana después de que ella le dijera que quería separarse, se asemejaba al hombre de la máscara, a fuerza de impasibilidad.

No le correspondía hablar aquel 17 de junio, ese turno llegó después, pero sí lo hizo con Sánchez de Puerta aprovechando un receso. Quizá pensó que su voz aflautada era inaudible o quizá no le importaba. Tomó una parte del sumario (la que recoge uno de los informes de los huesos de sus hijos), gesticuló sin pausa con las manos y adoctrinó a su abogado. «Dicen que ha cambiado la morfología de los huesos y se quedan tan anchos. Eso es la forma, ¿no? Vamos que les han echado unos polvos mágicos». Pero el Tribunal frenó su déspota incontinencia verbal. Las ironías se quedan fuera de la Sala.