Claves para pasar un fin de semana de amigas en Budapest

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  • HACE 2 meses, 23 días
Viaje a Budapest. Foto: Cuarto de Maravillas

Nuestra blogger te cuenta los consejos y datos que debes conocer antes de viajar a Budapest

Budapest, la capital de Hungría, ocupa unos 525 kilómetros cuadrados a orillas del Danubio que son el resultado de la unión de dos ciudades: Buda en la montañosa ribera occidental y Pest en la llana margen oriental. Es, por tanto, una ciudad grande, que creció enorme y rápidamente a fines del siglo XIX: se construyeron centenares de casas, palacios y edificios civiles, el primer ferrocarril metropolitano de Europa continental y se introdujo la iluminación a gas. Todo ello en torno a la celebración del Milenario de Hungría de 1896, que conmemora la llegada de las tribus magiares en el 896 desde los Urales acaudillados por el príncipe Àrpád, constituyendo la primera dinastía húngara.

A pesar de ser una ciudad habitada desde el paleolítico, la convulsa historia húngara, con sus episodios recurrentes de destrucción, ha hecho que se conserven pocos vestigios anteriores al barroco. Es más patente la presencia del Neoclasicismo (primera mitad del siglo XIX) y del Historicismo (segunda mitad del XIX), en edificios de viviendas que ocupan manzanas enteras, bonitos palacios, balnearios y edificios públicos. El estilo Secesión, empezando el nuevo siglo, reivindica motivos tradicionales húngaros, artesanía popular y rasgos orientales, creando edificios con elementos decorativos modernistas, rejas fantásticas y detalles en madera con formas orgánicas.

En los últimos años se han limpiado fachadas y restaurado los múltiples destrozos ocasionados en la Segunda Guerra mundial, labor que aún continúa, con lo que la imagen de la ciudad vuelve a recordar a las mejores capitales europeas (no en vano se le llama la pequeña París centroeuropea). Es una ciudad preciosa para pasearla sin prisas si solo tienes dos o tres días, pero también una ciudad con muchos monumentos y museos visitables si dispones de más tiempo. El otoño es la época perfecta, porque el arbolado de las plazas y avenidas se tiñe de ocre y la colina del monte Buda te deja sin respiración.

Lucila
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Mis amigas y yo llegamos un jueves por la tarde y nos volvimos el domingo por la mañana, aprovechando el vuelo directo de Ryanair desde Sevilla. Os cuento los itinerarios elegidos los dos días completos, pues la tarde de llegada la dedicamos sencillamente a pasear al anochecer por el animado barrio judío (es impresionante la Gran Sinagoga, la segunda mayor del mundo), cruzar el puente de las Cadenas (iluminado de color rojo como si fuera un garito chino -al día siguiente era verde-) y cenar tranquilamente en un restaurante de comida húngara (memorable el foie) que nos recomendó Andor, el encargado de nuestro hotel.

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La mañana del viernes empezamos con un free tour en el que una doble de Leticia Sabater nos explicó algo de la historia húngara y nos ubicó en la zona de Lipótváros, los alrededores del Parlamento, eso sí, como si estuviéramos grabando para Barrio Sésamo. El Parlamento neogótico –a imagen y semejanza del inglés-, la bella plaza de la Libertad con sus palacetes bordeándola, el monumento a los Zapatos (homenaje a los miles de judías asesinados en la IIGM), la catedral de San Esteban y la Gran Sinagoga son los lugares que fuimos visitando, mientras nos introducíamos en la desgraciada historia húngara del siglo XX.

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La tarde la dedicamos a Buda. La iglesia de San Matías (reconstrucción neogótica, excepto una portada del s.XIV protegida tras un nártex), el Bastión de los Pescadores (estructura fantasiosa de1895 desde el que se domina el Danubio y Pest), el Castillo de Buda (su aspecto decimonónico es una reconstrucción posterior a 1945) y bajada de la colina entre árboles vestidos de otoño, disfrutando de las vistas más bonitas de la ciudad.

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Justo antes de anochecer nos embarcamos en un crucero de una hora, del puente Margarita al puente Rakóczi, el más moderno de la ciudad, absolutamente recomendable ver cómo se pone el sol en los bellos edificios a orillas del Danubio y cómo se ilumina la ciudad poco a poco. Con unos auriculares vas escuchando una explicación de los edificios junto a los que se pasa.

Al día siguiente empezamos en el Mercado Central. Aunque lleno de turistas, la planta baja es un muestrario de puestos de productos típicos húngaros: paprika fresco y en polvo, embutidos de todo tipo, hojaldres y bollos dulces y salados, caviar y vinos, etc. La planta de arriba está dedicada a la restauración. En esa misma plaza, empieza la calle Váci, con edificios cada vez más señoriales a medida que nos acercamos a la plaza Vörösmarty. Hay que asomarse a la calle Kigyo, donde se encuentra uno de los edificios más bonitos de inspiración mudéjar, con fachada de ladrillos alternando colores (nos recuerda el estilo regionalista sevillano) y a su lado, flanqueando la entrada al puente Erzsébet (Elisabeth), dos bellos edificios gemelos. Volviendo a Vaci Utca, hay que buscar la fachada de cerámica vidriada de la casa Thonet. Al final de la calle, cruzando la plaza nos encontramos Gerbeaud, una de las más famosas pastelerías de Budapest y, compartiendo manzana, el restaurante Onyx, con dos estrellas Michelín.

Cruzamos el parque de Erzsébet (con el Budapest Eye, la noria gigante) para llegar al inicio de la calle Andrassy, preciosa ese día de otoño tapizada de hojas amarillas y ocres. Palacios, edificios de apartamentos señoriales, el Teatro de la Ópera (todo andamiado en este momento), la Casa del Terror (no teníamos el ánimo para entrar), son algunos de los hitos de esta calle que acaba en la Plaza de los Héroes, donde se estaban celebrando carreras de caballos con cuadrigas y vestidos de época.

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Almorzamos en la plaza de Liszt y por la tarde nos acercamos a los baños Széchenyi, cuyas aguas brotan a 970 m. de profundidad. La vuelta, ya relajadas, bordeando el castillo de Vajdahunyad iluminado a orillas del lago y que reconstruye todos los estilos arquitectónicos de la historia de Hungría, fue un curioso colofón a los monumentos de Budapest.

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Lo mejor del viaje a Budapest:

  • Ser capaz de reagruparnos en el vuelo de ida de Ryanair –sin pagar asiento- para compartir unos bocadillitos de jamón y de carne en salsa de quitar el sentido, amén de los consabidos sobres de bellota con regañá, y ser la envidia de los pasajeros y de los pobres azafatos que repartían comida de plástico.
  • Conseguir que nos den tarjetas de las de toda la vida para entrar en las habitaciones del hotel Kvi (muy bien situado, con habitaciones y baños amplios, súper nuevo y buen precio), poniendo a prueba la paciencia de Andor, después de intentar –sin éxito- bajarnos la aplicación con la que teóricamente se abre la puerta, se encienden las luces y se gradúa la temperatura. Practicando un inglés que consiste en hablar castellano pero gritando.
  • La cena sin prisa en el restaurante Menza charlando de los hijos, actualidad política, que se nos casaba Nadal, etc. quitándonos la palabra las unas a las otras y metiendo la cuchara en el plato de las demás para probarlo todo. Y la comida del sábado en Franz Liszt Square, un guiso de carne con pasta casera contundente y buenísimo.
  • Que se haga de noche en la piscina exterior de agua caliente de los baños Széchenyi rodeadas de compatriotas, la mayoría mujeres -¿será porque no nos da pereza nada?- y secarnos luego como podemos porque con la emoción de meternos en el agua no hemos encontrado dónde alquilar la toalla.
  • Identificar claramente los itinerarios de la próxima visita a Budapest: la ruta de los palacios y la de los balnearios, sin olvidarnos esta vez de las toallas.
Cuarto de maravillas
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