Cataratas Victoria: un espectáculo natural, un hotel, un restaurante

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  • HACE 8 meses, 27 días

Para describir esta maravilla de la naturaleza, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, nadie mejor que el médico y misionero británico David Livingstone...

Las Cataratas Victoria, llamadas así en homenaje a la reina británica, constituyen un viaje en sí mismas, aunque es frecuente que sean elegidas como destino final después de visitar otras zonas de Zimbabue o Zambia. En mi caso, han sido los tres últimos días de un «road trip» por Namibia y el Delta del Okavango, y las he visto del lado de Zimbabue.

Para describir esta maravilla de la naturaleza, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, nadie mejor que el médico y misionero británico David Livingstone, que en 1855 llegó a las cataratas después de atravesar los ríos Chobe y Zambeze. Había oído hablar de ellas a las tribus de la zona y un día se aventura a visitarlas. Nos lo cuenta en su libro Viajes y experiencias en el sur de África: «Una de las preguntas que me hizo Sebituane (el jefe de la tribu makololo) fue: ‘¿has visto el humo que truena en tu país?’. No se acercaron lo suficiente para examinarlas pero las miraban con asombro en la distancia. Y en referencia al vapor y al ruido dijo: ‘Mosi oa Tunya’ (el humo que suena allí)… Algunos árboles parecen grandes extensiones de robles, otros asumen el carácter de nuestros propios olmos y castaños, pero nadie puede imaginar la belleza de esas imágenes si usa como modelo lo que ha visto en Inglaterra… Las cataratas están delimitadas por sus tres lados por crestas de 300 o 400 pies de altura cubiertas de bosques y una tierra roja que aparece entre los árboles… Me embarqué con hombres que conocían bien los rápidos y que me llevaron por el centro de la corriente y los remolinos, por lugares por los que sobresalían muchas rocas y en una isla situada en medio del rio, en cuyos bordes se arremolinaba el agua».

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Tienen 1.688 metros de ancho (sólo comparables a las de Iguazú) y vierten unos 550 millones de litros por minuto de media. Hay pequeñas islas en el borde, -en los meses de menor caudal, como octubre, se hacen mayores y después de la temporada de lluvias se ocultan bajo el agua- que dividen las cataratas en pequeñas cascadas: del Diablo, Principal, de la Herradura, Arco Iris, catarata del Este. Incluso ahora, en sus niveles más bajos, el vapor de agua te moja cuando te aproximas a los miradores y forma arcoíris que transforman los colores del agua y la vegetación.

Además de pasear por el parque nacional, con su variedad de árboles y helechos permanentemente húmedos, si eres de los que necesita adrenalina en el cuerpo podrás elegir entre un sinfín de actividades: rafting, piragüismo, puenting, kajac, vuelo sobre las cataratas en helicóptero o ultraligero, etc. Nosotros subimos en un helicóptero de cinco plazas que traza un ocho en el aire sobre las cataratas y el río Zambeze. El espectáculo es impresionante y la mejor forma de hacerte una idea de la geografía de la zona: un caudaloso río que se va desparramando entre rocas e islotes hasta precipitarse dividido en grandes cortinas de agua por un cañón de basalto.

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Para que la experiencia sea completa en las Cataratas Victoria, es ineludible alojarse en el Victoria Falls Hotel. Construido en 1904, primero fue un sencillo edificio de madera para albergar a los ingenieros del ferrocarril que uniría Ciudad del cabo con el Cairo. En los pasillos del hotel se pueden ver grabados, pinturas y fotografías de las distintas etapas por las que pasó este singular edificio.

La decoración actual es de un lujoso estilo colonial: las camas con mosquiteras, los ventiladores en el techo y los muebles de caoba barnizada te recuerdan la maestría inglesa en la «beautiful decadence» y el bello envejecimiento que tienen los materiales nobles. Me encanta la sala central tras las preciosas escalinatas con las cortinas de lino bordadas, el piano, los retratos de cuerpo de los reyes ingleses y los cuadros hechos de hojas secas. Recorrería mil veces –y despacio- los pasillos que conducen a las habitaciones, repletos de carteles alusivos a las colonias y a lo que suponían para el imperio británico, en un alarde de orgullo nacional y desprecio por las estúpidas tendencias actuales de lo políticamente correcto. Al igual que las cuernas y cabezas de kudú, orix, springbok y demás animales africanos.

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A la piscina se llega a través de un jardín cuidado en el que puedes encontrarte con algún que otro facochero con sus crías, monos con sus monitos agarrados a la barriga, además de una serie de esculturas en piedra o metal realizadas por artistas locales –y a la venta-. Recubierta con piezas esmaltadas de ocho por ocho de color verde carruaje (antiguas, aunque ahora estén de plena actualidad), parece más un estanque integrado en el jardín. El bordillo está pintado de color rojo inglés, que se repite junto con el verde en las tapicerías de tumbonas y sillas de los pabellones que la rodean en perfecta simetría, y que albergan los baños, un bar moruno y una zona de buffet de ensaladas y barbacoa. Dos pérgolas con buganvillas completan un conjunto de encantadora simplicidad.

Detrás de la zona de baño hay otro pabellón que aloja el buffet del desayuno y cena. Con techo de brezo sobre estructura de troncos de madera y paredes móviles de persianas de madera mil veces repintadas, los camareros acentúan ese delicioso aire colonial vestidos con blusones de lino, pantalones anchos y fajines escarlata. Si con esta descripción no te he convencido para que te alojes en el Victoria Falls Hotel, al menos ve a tomar un té antes de disfrutar del anochecer en las cataratas.

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Otra de las experiencias imprescindibles de Victoria Falls es ir a cenar al Lola’s tapas and Carnivore restaurant, regentado por José Luis Regot y María Sánchez, un ingeniero y una psicóloga españoles que hace diez años, tras un viaje de seis meses por la zona de Angola a Mozambique cuando sus hijos ya habían volado del nido, deciden asentarse en este pueblo buscando otras formas de vivir. Les enamora la larga historia de Zimbabue y, por supuesto, las cataratas. Con la idea de contribuir en algo, crean una fundación –África Crece- para desarrollar un modelo de invernadero sin plásticos (con cobertura vegetal y compostando el suelo para crear sustrato nutritivo) que se pudiera adaptar al terreno arenoso de este lugar. Ya son 22 los invernaderos en distintas aldeas gestionados por los lugareños para su propio consumo. Para mantenerse ellos importan aceite de oliva que exportan en Zambia, Botsuana y Zimbabue.

Se convierten en propietarios del restaurante por accidente, cuando unos amigos australianos tienen que volverse por motivos personales y les proponen el traspaso. Una hermana de José Luis que se acababa de quedar viuda, excelente cocinera, es la pieza fundamental para que se lancen a la aventura. Desde entonces no paran de servir carpaccio de springbok, paella de kudú, carrillada de cocodrilo rebozada, costillas de jirafa, hamburguesas de cebra, etc… en una curiosa fusión de la cocina española y africana. Me cuenta José Luis que buscan un nombre español que se pronuncie siempre igual en cualquiera de los idiomas que se hablan en la zona: inglés, endebele, sona, nambia, etc.

Y mientras degustas una lasaña de bushbuck o unos creps de kudú, pídele a José Luis que te cuente, con su voz de locutor antiguo de radio y su magistral forma de narrar, alguna historia sobre los hombres avestruces que habitan el noreste del país –a los que les cortan el dedo central del pie para poder subir mejor a los árboles mientras cazan- o de los poderosos espíritus ñami ñami de la tribu de los tonga, que destrozaban con su furia la presa que pretendía domesticar las aguas del Zambeze. Si ni las cataratas ni el Vic Falls Hotel han sido suficiente, será entonces cuando te enamores perdidamente de Zimbabue.

Fotos: Cuarto de Maravillas y Agustín Vidal-Aragón

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