Cuarto de Maravillas

Cómo disfrutar de las lecturas de verano: un lugar, una butaca, un libro (parte 2)

  • Estilo de vida
  • HACE 3 años, 2 meses

Una estación de tren, un viejo puff y el thriller «La chica del tren» de Paula Hawkins

Yo soy la chica del tren. Últimamente me paso media vida subida en uno. No en un tren cualquiera, no, ya me gustaría que fuera uno de esos trenes que paran en muchas estaciones, en pequeñas poblaciones donde sube y baja gente con cestas para pasar un día de playa, sin equipajes porque van a visitar a un familiar o con ropa adecuada para ese trabajito temporal que ha surgido en una obra en el pueblo de al lado.

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A mí me toca coger el Ave. Madrid-Sevilla, Sevilla-Madrid. Y estoy feliz desde que han instaurado un vagón silencioso. ¡Menos mal que se han dado cuenta de que el silencio es un bien cada vez más preciado en esta loca sociedad! Un vagón donde está prohibido hablar, donde puedes leer, escribir, estudiar, pensar… Evitado por todos esos hombres de negocio que se pasan el trayecto entero hablando por un móvil de última generación, con tono imperativo, dando instrucciones a una invisible secretaria o un pobre subordinado que sueña sin quererlo con un descarrilamiento. Evitado por esas madres controladoras que tienen que saber dónde están sus hijos en cada momento, qué comen y con quién andan. Evitado por la gente que viaja en grupo, con amigos, familia o compañeros de trabajo: siempre hay mucho que poner en común antes de llegar al destino.

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Sólo quedamos los solitarios, los que buscamos, por necesidad o por disfrute, el silencio y la tranquilidad. Que decidimos que durante dos horas y media el único sonido que queremos oír es el traqueteo del tren de alta velocidad (¿se seguirá diciendo traqueteo? ¿no es una onomatopeya que se ha quedadodesfasada, que recuerda los trenes que andan despacio y paran en multitud de poblaciones?).  Normalmente tardamos un poco en acomodarnos: hay que sacar el ordenador, el ipad, el libro o los apuntes. El espacio es reducido y hay que organizarlo bien para estar lo más cómodo posible y tener a mano todo lo necesario. Es como un ritual: el bolso espachurrado entre el cuerpo y la ventanilla, el cargador en los enchufes que hay entre un asiento y otro, el cable recogido por detrás de la mesita sobre la que apoyamos el ordenador. Los auriculares (para los que oyen música mientras escriben) sólo queda llevarlo a modo de collar o en las orejas.

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Hoy voy a leer «La Chica del Tren», de Paula Hawkins, una escritora británica de novelitas románticas con poco éxito (¡Ay, las de imitadoras de las Brontë, Austen, Shelley…) que decide cambiar de registro, encuentra una voz propia y da el pelotazo: seis millones de ejemplares en medio año la convierten en el fenómeno editorial del año (algunos dicen que del siglo). ¿Qué tiene de especial? Voy a ver si lo descubro.

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La vida desde un tren la veo con frecuencia, pero para leer esta novela hoy elijo una estación, un andén, unas vías que se pierden en el horizonte. Un lugar donde sienta el ritmo temporal del paso de trenes, la cadencia de una rutina que se rompe merced a la observación de un pequeño detalle, de una insignificancia que pasa desapercibida casi para cualquiera.

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Mi porteador favorito no está disponible, así que dejo para el siguiente post la butaca orejera amarilla y cojo un viejo puff descolorido que pesa muy poco, un saco relleno de bolitas que se adapta a la postura. Y empiezo a leer.

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Hawkins escribe un thriller psicológico utilizando tres voces (las tres mujeres de la historia, narradoras en primera
persona) y dos tiempos (antes y después de la desaparición de una de ellas).

Empieza en la cabeza de Rachel, una mujer joven y atormentada, que coge todas las mañanas el tren de las 8.04 a Londres y vuelve en el de las 17.56. En las primeras páginas vamos descubriendo su situación: abandonada por su marido (que ha rehecho su vida con Anna), viviendo de prestado en el piso de una amiga y con un problema de alcoholismo que le hace tener lagunas de consciencia. El sitio donde más relajada se encuentra es en el tren. («solo quiero reclinarme en el suave y mullido asiento de velvetón y sentir la calidez de la luz del sol que entra por la ventanilla, el constante balanceo del vagón y el reconfortante ritmo de las ruedas en los raíles»). Desde la ventanilla del tren observa cada día escenas de la vida de una pareja, Megan y Scott, a las que pone nombre, profesión y sentimientos. («Son lo que perdí. Son todo lo que quiero ser»). Ve retazos de una vida en pareja, manos que acarician, pieles que se rozan. Y así, la autora nos va introduciendo en los sentimientos de dolor, los complejos, las culpas y los remordimientos de Rachel.

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A Megan el tren tampoco le deja indiferente. Le sugiere viajes exóticos, escapar de su rutina, aventuras más allá de la valla de su jardín, que por momentos, especialmente en las frecuentes noches de insomnio, se le hace cárcel. La tercera narradora es Anna, aunque su papel es muy secundario: la que roba el marido a Rachel.

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Me gusta de la novela el doble enfoque, personas que van en el tren y personas que ven el tren desde sus casas, pensamientos que se cruzan, todos anhelando lo que no tienen, deseando las vidas de los otros. La autora hace incapié en la especial sensibilidad de las mujeres para narrar lo cotidiano y para fijarse en lo que de extraordinario pueda tener. Hilvana con sencillez los pensamientos, con frecuencia dispersos, casi siempre atormentados, de todas ellas, pero encuentro algo pobres los personajes masculinos.

En conjunto es un libro fácil de leer, entretenido, con un desenlace bien elaborado y en el que agradecemos que se obvie la violencia implícita en el asesinato.

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Las fotos son de Lucila Vidal-Aragón y Cuarto de Maravillas.

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«Cuarto de maravillas» es un blog sobre cultura y estilo de vida. Un sitio donde descubrir curiosidades.

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