Cuarto de maravillas

Cómo empezar las vacaciones sin morir en el intento

  • Estilo de vida
  • HACE 3 años, 1 mes
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Si creías que tus días libres comenzarían con tranquilidad y relax estabas totalmente equivocada. Murphy va a hacer de las suyas

Has tenido un día de perros. Tienes que recoger el coche del taller (un golpe absurdo que no diste tú, pero que es imprescindible arreglar para llevarlo a la playa). Previamente le has suplicado al mecánico que lo tenga para el viernes, que perder un día de vacaciones pone de mal humor a toda la familia.

Mientras te avisan, esperas que llegue el técnico del aire acondicionado, porque no hay forma de ponerlo en los dormitorios, y con el calor de este tórrido mes no se puede dormir. Sabes que no es un fallo del aparato, tiene apenas cuatro años, sino que es la domótica que, una vez más, se ha desconfigurado, o no te acuerdas bien de cómo hacerla arrancar (zona 1: salón y cocina, zona 2: dormitorios), o como no te acuerdas, al tocarlo lo has desconfigurado tú. ¡Por Dios! ¡Que vuelvan los botones ON/OFF!

Llega dos horas después de la acordada, pero no osas recriminarle nada, porque sabes que, una vez más, va a pensar que vaya torpe la señora, qué desperdicio de instalación domótica tan cara. (Y tú sabes que tiene razón). Así que superas la vergüenza, con suerte hasta el otoño no tendrás que llamarle otra vez, cuando haya que encender la calefacción y se haya vuelto a desconfigurar.

Por fin puedes terminar de hacer la maleta, primero la de tu marido (a ver si no me olvido del pijama, como siempre), después recoges todo lo que quedaba en el frigorífico; vas a tardar casi un mes en volver y no quieres ni imaginar que pase como el último año, que se fue la luz y estaba todo lleno de gusanos, e intentaste tirarlo (el frigorífico), pero pesaba mucho y te iban a denunciar los de Lipasam.

Primer día de las vacaciones

Empiezas a meter precipitadamente ropa en una maleta, bañadores, camisetas, pantalones cortos, algún que otro vestidito por si salís con amigos… Uy, las alpargatas que has cogido no pegan con ninguno de los vestidos, mejor llevar las otras más neutras… o las dos. Para bajar a la playa unas chanclas, y las zapatillas de deporte que no se te olviden, porque a tu marido le ha dado por ir a correr y pretendes acompañarle. Entonces necesitas calcetines de deporte también, y más camisetas… El neceser lo llenas de todo lo que tienes, porque se puede ir vestida casual pero no mal pintada (o eso dicen algunas revistas femeninas). Tampoco es tanto, porque no te ha dado tiempo de comprar el maquillaje específico para bajar a la playa, el «eye liner» que no se va con el agua de mar ni los spray para el cabello (el de antes, el de durante y el de después del baño de sol), ni el protector solar que a la vez que impide que te quemes, te activa la circulación para acabar con la celulitis y además te deja la piel con purpurina, súper sexi.

Ahora resulta que con tanto zapato, no te caben las cosas en la maleta que has cogido, y tienes que volver a empezar con una más grande. Al menos, está ya todo fuera del armario.

Por fin estás montada en el coche, con la bolsa de la comida y las maletas en el asiento trasero, porque en el maletero va el perro (típica situación que los hombres no toleran, pero nosotras aguantamos, tampoco pasa nada por parecer que venimos de Francia y vamos a cruzar por Algeciras, no tiene que verte nadie conocido), respiras hondo y arrancas.

Primer día de las vacaciones

A la altura del peaje, tu hija, que va de copiloto extrañamente callada, te dice con voz compungida que se ha dejado las llaves por dentro en la casa de la playa el fin de semana anterior. Que la chica no pudo entrar para hacer la limpieza (o sea, que está todo lleno de pelos del perro). Que hay que llamar a un cerrajero. «Lo siento, mamá, fue un golpe de viento». Controlas como puedes el impulso de dar un volantazo (eso sí que iba a ser un golpe de viento), cuentas hasta diez y le dices peligrosamente pausada que vaya llamando al cerrajero y que dé su número de cuenta. Se te ocurre que tal vez el seguro cubra esa incidencia, y le pides a tu hija, con poca fé, que llame y pregunte.

Resulta que, aunque no te lo creas, es tu día de suerte, y el seguro se ocupa de avisar a un técnico, que se pondrá en contacto en un plazo máximo de tres horas. ¡Tres horas! ¡Si en media hora llegamos!

Se va haciendo de noche y empiezas a tener un hambre tremenda, no te dio tiempo de comer antes de ir al taller de coches. Tu hija propone ir a tomar algo mientras nos avisa el cerrajero. ¿Con el coche lleno de maletas? ¿Con el perro? Y lo que es peor… ¿con esta pinta? (para hacer cómoda el viaje te habías puesto esa batita fresquita y las abarcas).

Eliges un bar cerca de casa (para poder llegar corriendo en cuanto te avisen), rezando porque no haya nadie (vamos, nadie conocido) pero claro, últimos días de julio y hasta arriba de gente. Ya es de noche y no te puedes ocultar detrás de las gafas de sol y el sombrero, así que le echas valor y te sientas en una mesa sin dejar de mirar el coche y el perro tumbado bajo tu silla.

Primer día de las vacaciones

Le pides al camarero una copa de vino blanco muy frío (aunque te apetece una maceta entera en vez de una copa, a ver si duermes bien esa noche) y un par de tapas, rogándole que se dé prisa. Engulles y, cuando te traen la cuenta metes la mano en la cesta de la playa, sin acordarte de que has aprovechado a última hora para meter la ropa que había en el tendedero, y sacas la cartera con unas bragas enganchadas. Justo en ese momento, pasa a tu lado el vecino ese tan cañonazo, y con un sobresalto, te agachas a hacerle una carantoña al perro mientras piensas «si yo no lo veo, él no me ve». Y tu conjuro surte efecto, y el vecino pasa de largo.

Aunque no te lo crees, es tu día de suerte: ¡estás empezando las vacaciones!

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