Comprar en Vejer, autenticidad y buen gusto a partes iguales

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  • HACE 11 meses, 6 días

Reconocido como uno de los pueblos más bonitos de España, ha sabido encontrar un punto intermedio entre tradición y modernidad

Vejer siempre es una buena idea. Reconocido como uno de los pueblos más bonitos de España, ha sabido encontrar un punto intermedio entre tradición y modernidad, con un turismo de nivel que convive de maravilla con los habitantes oriundos. Paredes blanquísimas, suelos impolutos, plantas por doquier, restaurantes y tiendas con un diseño depurado, todo muy eco, también se ha convertido en un destino deseable para comprar algún objeto de decoración, algo de arte o de artesanía y moda, además de disfrutar de su gastronomía a camino entre el mar y la sierra. De la mano de la arquitecta de interiores Yela Álvarez Ariza, vejeriega de corazón, seleccionamos cinco must.

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Primero visitamos a Juani, en su cestería de la calle Trafalgar. Con el pelo rubio muy corto, unos ojos de un color que antes de ella no existía (verde-azul-amarillo) y una sonrisa eterna en la boca, nos deja curiosear entre cestos de infinidad de tamaños y formas. “¿Puedo hacer fotos?”- le pido. “Tu haz aquí lo que tu quieras, viniendo con ésta…” y mira con cariño a Yela, que aprovecha para repasar las medidas de una riñonera que le ha encargado para el Rocío. “¡Las cosas tan raras que me encarga!”. Movemos bolsos, cestas, escobas, bandejas, los colocamos como nos gusta a nosotras para las fotos, mientras suena una soleá, luego un martinete, en una radio invisible. Nos cuenta que los palmitos se los coge un hombre en junio, verdes, de los alrededores del pueblo. Se blanquean al sol, todos los días dándole la vuelta, con cuidado que no se mojen. Se venden por millares, mil cojollos, tres mil cojollos. A principios de agosto se los trae. Siempre vienen dos palmas juntas y las abres por el medio para ponerlas iguales. Hay que hacerlos en un ambiente húmedo, para que no se partan. “¿Tienes bajoplatos, Juani?” -le pregunto pensando en mi vajilla portuguesa. “Dame unos días y te los hago”. No me queda más remedio que llevarme un bolsito con tapa, de un tamaño perfecto para meter la Nikon D800 que llevo hoy, y un cesto alto con asa para llevar la comida de Thor de un lado a otro con glamour (la tapa me sirve de plato para que coma).

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Pasamos por la panadería Ceres, donde Rafaela hace un pan de los de verdad, de los que duran una semana y no se ponen lamiosos con la humedad de la costa. Los hace de espelta, de centeno con pipas de calabaza, de trigo. Los dulces son recetas personales, algunas irlandesas aprendidas en una larga estancia allí. Me quedo con las ganas de probar un pastelito de merengue con crema y frutos rojos, pero a lo que no me resisto es a llevarme un pan de centeno.

La siguiente parada es Ecléctica Deco, una tienda en la avenida San Miguel 18, regentada por Moisés y su marido vikingo. Con un patio almenado de un blanco que deslumbra, el interior es sorprendente: jarrones de cerámica, espejos de ojo de buey, recipientes de vidrio de colores, mesitas vintage, mantelerías de algodón con sutiles estampados, maceteros retro de cobre y latón, acuarelas de una artista local, cabezas de cabras, chumberas y cactus de esparto, vajillas maravillosas hechas a mano en Italia… ¡es imposible que no te guste todo! Como llevo quince días pintando cactus, me quedo con alguno de los de cerámica artesana, ¡me vuelven loca!

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Como no todo va a ser para la casa, callejeamos hasta Zahir (zahirstore.com), en la calle Calatrava. Está cerrada, pero esperamos a Chantal tranquilamente sentadas en el banco a las puertas de su tienda. Caftanes muy estilosos para una tarde de polo en Sotogrande, blusas románticas, toallas de hamman, preciosos fulares de seda y algodón, botellas para agua de vidrio recubiertas de silicona de la marca BKR… todo lo que hay destila buen gusto y singularidad. Mi hija se prueba un vestido espectacular hasta los pies de ganchillo calado negro (-te lo regalo si no te lo pones nunca delante de tu padre-) y yo, con tantas curvas como ella pero colocadas de otra manera, me llevo una chaqueta larga de punto a rayas rojas y blancas de Maisïe para cuando sopla norte en Culatra.

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La Oficina es un bar-restaurante en la calle Trafalgar. El exterior sorprende por los cuadros enormes en blanco y negro que flanquean la entrada, unos toros en movimiento con mucha fuerza. Por un precio muy razonable puedes hacerte con uno de ellos y crear una pared de impacto en tu casa. Nosotras aprovechamos la noche para sentarnos en las mesitas de la calle, probar un carpaccio de atún de almadraba y que Cayetana disfrute buscando algún gato al que asustar, mientras observamos el ir y venir de extranjeros rubios, vejeriegos con chanclas y camisetas y señoras con la batita de flores sin mangas, que es verano y el calor aprieta. ¡Lo que da de sí este pueblo!

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