Cuarto de maravillas

El club de las madres (im)perfectas

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  • HACE 1 año, 11 meses

Nuestra blogger reflexiona sobre la maternidad a partir de la novela «Tú no eres como otras madres» de Angelika Schrobsdorff

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«Tú no eres como otras madres, no tienes las manos frías, ni canoso el cabello, y no me envuelves en grávidos cuidados». Es la primera estrofa de un poema que Peter Schwiefert escribe a su madre, protagonista de la novela de Angelika Schrobsdorff y de la que toma el nombre. Ya en el título intuimos esa mezcla de adoración irresistible y decepción que suscita en todos aquéllos –muchos- que la aman.

cuartomaravillas-madres (1) cuartomaravillas-madres (3)Personaje clave de la literatura alemana de la segunda mitad del siglo XX, Schrobsdorff reconstruye (en 1992, aunque no se haya publicado en España hasta este año) la vida de su madre, Else, a través de los testimonios de algunas de sus amigas de aquella época, de las numerosas cartas que su madre escribió y de sus propios recuerdos.

En la primera parte se nos describe una joven burguesa que se resiste a llevar la vida ordenada que de ella se espera: un matrimonio judío de conveniencia para formar una familia convencional. Por el contrario, Else se siente atraída por lo desconocido, lo completamente distinto, lo más alejado posible a su constreñido mundo judío.

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Y así, se enamora perdidamente de Fritz, de madre francesa y padre músico, un intelectual, culto, soñador, ocurrente, divertido, con el que aprenderá, a fuerza de desengaños, que el matrimonio no es una cárcel ni el amor es excluyente. Que se pueden tener amantes y permitir que tu marido las tenga, vivir todos juntos en armonía y engendrar un hijo con cada hombre al que se ama. Consiguiendo que todos ellos –amantes, amigas, maridos, hijos- le profesen adoración y le consientan sus arrebatos y caprichos, sumergiéndose juntos, en los locos años veinte, en una grandiosa danza de la muerte.

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Preludio dislocado que hará difícil a todos ellos -intelectuales, cultos, amantes del teatro y de la música, vividores- intuir el rumbo que toman los acontecimientos políticos en Alemania y prepararse para la hecatombe que les arrollará sin piedad.

La última parte de la novela toma un carácter más intimista. Las numerosas cartas de Else que reproduce total o parcialmente, junto con los propios recuerdos y sentimientos de la autora, nos sumerge en un mundo de sufrimientos, angustias y remordimientos. Poseedora de una gran indulgencia con las debilidades humanas, ha aprendido a perdonar los pecados producidos por el amor, la lujuria, el deseo de felicidad, las pasiones en definitiva, de los demás. Pero le falta perdonarse a ella misma. En cada tropiezo de sus hijos ve una culpa suya: no supe educarlos, no les di el ejemplo adecuado, no pude protegerlos del horror que se fraguaba a su alrededor, etc. Sin ver lo más evidente, que el amor extremo que les profesa, por encima de padres, maridos, amantes y amigos, es imposible de ocultar, es excepcional como ella misma.

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Mientras releo la carta que escribe Else a su hijo Peter, no puedo evitar llorar de nuevo. Por ella, por mí, por todas las madres del mundo. «… quiero pedirte perdón. Porque tengo miedo de que me quieras demasiado y no lo merezca. Porque, cuando pienso en los tiempos pasados, solo veo mis errores, que, Peterlein, me atormentan incesantemente, pues son irreparables».

Es inevitable comparar esta novela con la Suite Francesa de Irène Nemirovsky. Ambientadas en distintos países pero en la misma época, escritas ambas por mujeres, judías y víctimas del holocausto nazi. Con distinta suerte: mientras Irene no sobrevive al campo de concentración, Angélica y su madre arrastran una existencia en el exilio. La obra de Irène nos conmueve porque sabemos que se escribió en el mismo momento en que ocurrían los hechos, porque es una biografía encubierta y porque es una obra póstuma. La de Angelika –aun vive- no es un relato figurado, sino la reconstrucción, muchos años después, de la vida de su madre; la historia real de una mujer que se sentía alemana antes que judía, amaba la lengua, la música, las ciudades, las gentes y la literatura alemana, que no entiende que su propio pueblo le humille y le destruya. Pero, sobre todo, es un relato intimista de una mujer única, que se saltó todos los convencionalismos para vivir con intensidad, que amó y sufrió en igual medida, exageradamente, hasta el fin de sus días.

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«Soy, conforme a mis circunstancias y a mi condición, a veces una cosa, a veces lo contrario: racional y emotiva, magnánima y vengativa, inteligente y estulta, vieja y pueril. Acaso no lo somos todos?»

Absolutamente imprescindible.

Fotos de Lucila Vidal-Aragón

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