Cuarto de maravillas

El placer de comprar como se hacía antes: la Plaza de Abastos de Cádiz

  • Estilo de vida
  • HACE 3 años, 3 meses

La mañana de un sábado cualquiera nuestra bloguera se pierde por este emblemático espacio donde el pescado es el rey

Me encanta comprar en los mercados tradicionales. Me encanta el pescado. Me encanta Cádiz… ¡Ya sabéis de qué va el post de hoy! Porque uno de los pequeños placeres que me permito de vez en cuando es pasar la mañana del sábado de compras por esta ciudad. ¡Con lo bien que se accede desde que inauguraron el puente nuevo!

Aparco habitualmente en Canalejas, porque aunque el parking de Campo del sur, junto a la Catedral, está bastante más cerca, me divierte el callejeo disfrutando de los balcones, asomando la nariz por los patios de casas de apartamentos -antiguas de vecinos- y sorteando turistas y lugareños. Me gusta recorrer la calle Compañía hasta llegar al edificio de Correos, de estilo regionalista, con los bonitos azulejos rematando las esquinas del arco de entrada, al final de la Plaza de las Flores. Y sorprenderme –una y mil veces-, cuando miro a la izquierda y redescubro la entrada del Mercado Central, tras los tenderetes de ropa, el estanco, los puestos de caracoles y demás comercios efímeros.

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El Mercado Central se inauguró en 1838, con la configuración de plaza neoclásica -porticada con columnata dórica- proyectada por el arquitecto Torcuato Benjumeda sobre el solar de la huerta del Convento de los Descalzos, desamortizado unos años antes. El pabellón central es posterior, un siglo después, cuando se remodela para darle la configuración actual.

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El público que ronda la plaza es muy variopinto: nunca faltan gentes de paso, que van al mercado como si de una atracción turística más se tratara, que lo es… Aunque predominan los vecinos que aprovisionan sus neveras para el fin de semana que se presenta familiar, abuelas que llevan en la mano un monederito donde cabe (en forma de billetes arrugados e infinidad de monedas) toda la comida de dos días para hijos y nietos, padres con niños pequeños a los que les van nombrando los bichos que ellos señalan con el dedo, parejas de cierta edad que recorren todos y cada uno de los puestos para encontrar el producto con mejor relación calidad-precio, que las pensiones no dan para descuidos, etc. Y carritos, muchos carritos, como se ha ido a la compra toda la vida…

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Antes de pasar bajo el arco de acceso a la plaza, me detengo delante de un puestecillo hecho con cajas de cartón que expone unas ostras alargadas, no muy grandes. «¡Pruebe una, ya verá qué buenas! Las he cogido yo mismo esta mañana en Sancti Petri»- me dice un hombre delgado mientras me enseña el billete de ida y vuelta, como si yo fuera a desconfiar de su palabra. Y, en efecto, no tienen nada que envidiar a las de otros lares.

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Con el sabor a mar y limón aún en la boca, entro en la nave central, de techos altos y protegida del sol por unos grandes estores. Me paseo por todo el perímetro disfrutando de los productos frescos y de la simpatía de los tenderos.

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Langostinos, gambas, carabineros, cañaillas, bocas… además de mucho pescado pequeño y grande, con carteles escritos a bolígrafo señalando la procedencia cercana: de la Bahía, de Conil… porque el slow food en Cádiz se lleva practicando toda la vida.

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Me detengo en un puesto donde un pescadero de cara redonda y poco pelo se pelea con un mero de buen tamaño. Con una mano grande y robusta sujeta el pobre pescado por la cabeza, mientras introduce un gran cuchillo por las agallas y lo arrastra, no sin esfuerzo, en dirección a la cola. Cuando la hoja aparece en su totalidad tras un complicado cruce de manos, repite la operación, esta vez sujetando al bicho por la cola ya abierta, como si fueran unas riendas, y moviendo el cuchillo hacia la cabeza, hasta separar totalmente el lomo, limpio de espina.

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Lo pesa en una báscula colgada del techo, sobre un papel aceitado: dos kilos generosos. Vuelve a depositarlo en la estrecha encimera blanca de resina de poliéster, arañada por infinidad de hachazos, y termina de limpiarlo, fuera espinas laterales y piel, dejando un precioso lomo inmaculado, que entrega a un señor a mi izquierda.

Me parece un sacrilegio abandonar esa pobre cabeza con sólo medio cuerpo y le pido que me la limpie. «¿Le hago filetes?»- me dice. «Umm, mejor no» -le contesto mientras saliveo imaginando una base de patatas y cebollas doraditas y ese precioso lomo de mero entrando al horno.

No en vano he tenido la precaución de meter en el maletero una nevera de poliexpán, porque me conozco y sé que las tentaciones del pescado (más que las de la carne) me resultan difíciles de resistir.

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Mi última y obligada parada es en el puesto de Coucheiro, donde una enorme cabeza de pez espada custodia la esquina, con su sable dispuesto a atacar si paso de largo. Me cuenta Fernando que en lo que va de semana lleva ya tres atunes de casi doscientos kilos vendidos. ¡Cómo no va a ser fresco! Le pido un par de trozos para carpaccio y tartar, que me da absolutamente limpio, mientras mi marido, con su frase favorita, me incita a llevarme lo que queda en la encimera: «¿no será poco?».

Le prometo que volvemos la siguiente semana y, en compensación por ser comedidos, nos tomamos unas copas de verdejo y un poco de sashimi (se lo suministra Coucheiro) del japo que hay fuera.

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Un poco de queso payoyo para rematar un fructífero día de compra, y de vuelta a casa, que el hielo se derrite pronto y no hay que dar lugar a que mi preciada mercancía se estropee.
Nos despide el bullicio de la ciudad, grupo de música con letras un poco obscenas incluído, aunque yo sólo puedo pensar en si pruebo a hacer un ceviche con un poco de mero, o será mejor ponerlo todo al horno… Uff, que estrés me produce Cádiz.

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