Isla Deserta, uno de los últimos paraísos a menos de dos horas de Sevilla

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  • HACE 25 días

Barreta, también conocida como isla Deserta, es una de las cinco islas que conforman la Ría Formosa y la única deshabitada. ¡Tienes que descubrirla!

Isla Desierta, Portugal

La Ría Formosa es una de las zonas húmedas más importantes de Portugal. A pocos kilómetros de la frontera con Huelva, es una laguna costera con un cinturón de dunas protegiendo las salinas, el canal submarino y el lecho de hierbas marinas. Una serie de islas alrededor forman una barrera natural frente a las inclemencias del Océano Atlántico, y hacen que la Ría Formosa tenga un microclima más de estuario que de laguna salada, dando lugar a una biodiversidad fascinante.

Una de estas islas es Barreta, también conocida como isla Deserta, pues de las cinco que conforman la Ría Formosa, ésta es la única deshabitada. Los portugueses han tenido el buen gusto de proteger este paraje natural (es el punto más meridional del Portugal continental) e impedir que se construya nada en ella, excepto el chiringuito Estaminé: una construcción de madera, sostenible y bonita, que desde el aire asemeja un cangrejo. La energía que se utiliza es solar, el agua se extrae de la capa freática y desalinizada y tienen el compromiso de tratar los desechos de forma controlada. Los propietarios lo son también de la empresa de barcos Animaris, una de las que trabajan en la ría Formosa. Y por si no bastaran las vistas, se come de escándalo.

Cómo llegar a Isla Deserta

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Para llegar a la isla hay subir en alguno de los barcos que salen del embarcadero que hay debajo del castillo, junto a las murallas de la Cidade Velha de Faro. El ferry de Animaris es el más económico: 10 euros por persona y puedes coger cualquiera de los barcos de vuelta. Es importante preguntar el horario y en fin de semana, cuando hay más afluencia, hay que dejar la hora de vuelta reservada.

Hoy, un domingo de primeros de septiembre, los pasajeros son predominantemente extranjeros, bastantes chicos jóvenes, pero también parejas de alemanes o franceses en edad de jubilación. Todos poniéndose crema para protegerse del sol, aunque la temperatura es fresca gracias al viento que sopla de poniente. Junto al embarcadero, una draga saca tierra por un lado y la expulsa por otro, en un trabajo que se antoja absolutamente inútil. Más allá, en una zona que la marea baja ha dejado al descubierto, unos hombres marisquean con las espaldas dobladas y las piernas sumergidas hasta las rodillas.

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Por fin sale el ferry y empezamos a alejarnos de la ciudad lentamente, disfrutando las vistas de la muralla, el castillo y las cabañas de pescadores recicladas en tiendas de artesanía. Vamos por unos canales, sorteando bajos apenas visibles. El paisaje cambia por momentos, con las mareas, y deja orillas de barro y limo que en unas horas volverá a cubrir.

Un avión de Ryanair, bajando en dirección al aeropuerto, vuela tan cerca que parece que se va a posar en el techo metálico del barco. Nos adelantan lanchas de farenses que van a disfrutar de alguna de las playas con su familia y, cuando entramos en el canal más profundo, nos cruzamos con algún velero que fondea por la zona o viene de Olhão. Pasamos junto a una playa de arena blanca que se forma en la parte interna de la isla y revivo un maravilloso día de agosto haciendo un picnic con amigos después de llegar en zodiac desde nuestro fondeadero de Culatra.

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En el embarcadero de Ilha Deserta hay colgadas conchas que me recuerdan los candados que la gente tiene la manía de poner en los puentes, símbolo de amor eterno que aquí dura lo que aguanta un hilo de lana. El espigón de cemento y piedra está jalonado por hombres con cañas de pescar, cada veinte o treinta metros, no hay que molestar a los colegas. Alguno tiene más de una caña, nevera para el almuerzo y un cubo con tapa, muy sofisticado, con compartimentos como para reciclar, tal vez para separar las capturas de los cebos… o sabe Dios qué. La mayoría están solos, concentrados en los plomos, aunque alguno se ha traído a la familia, los hijos dándose un chapuzón al otro lado de las piedras, en la zona de la playa.

La marea está terminando de subir y desde el espigón se ve literalmente la masa de agua que entra furiosa, sin impedimentos en el estrecho pero profundo canal central (hay unos 30 metros de fondo), abriéndose paso a trompicones en los laterales, haciendo hervir el agua. Recuerdo la primera vez que entré en velero. «No os preocupéis de las mareas- nos dijo un navegante portugués con el que entablamos conversación en Ayamonte- con ese barco no hay problemas para entrar cuando queráis». Y olvidando la lección que todo el mundo aprende de pequeño «no hagáis caso a los extraños», nos lanzamos del tirón hacia la boca, ignorando al resto de barcos que esperaban al pairo cerca de la entrada. Jamás olvidáremos la inquietante sensación de no tener gobierno en el barco, la certeza de que vas a acabar estampada en las rocas, el miedo en los ojos de tus hijos.

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Como Dios es bueno con todo el mundo, incluidos los ingenuos y los osados, nada nos pasó. Pero la lección queda aprendida para siempre. Y esta mañana de septiembre, observando alucinada como un océano se abre paso en apenas 20 metros, recuerdo ese día, pero también otros muchos en los que entras con cautela pero sin miedo, a las horas a las que hay que hacerlo, sin pelearte con el mar y sus caprichos.

Y mientras escribo esto, bajo el sombrajo con conchas colgantes (que me ha costado 7 euros, con dos hamacas 20), solo oigo el murmullo de las olas. Qué suerte que las tres parejas que han venido con nosotros en el barco son ingleses y su tono de voz se pierde con la brisa. Nos bañamos en el agua cristalina, a una temperatura razonable, mucho menos fría que en junio. Aunque ese mes la isla estaba tenida de olores en rosa por la lavanda salvaje, hoy me conformo con disfrutar de los 7 km de playa virgen y la luz de esta preciosa mañana de septiembre que hasta la tarde no dejará ver reflejos dorados propios del otoño.

Y sé que más adelante, con el otoño ya entrado, volveré buscando las aves que huyen del frío de Europa para criar aquí. Y en invierno, seguramente con forro polar y pantalón largo, para observar en silencio cómo las olas del Atlántico combaten la arena y el viento cambia los perfiles de las dunas.

Isla Desierta, Portugal

Eso sí, para acabar en Estaminé -que abre todo el año- con unas ostras de la ría, un pescado fresquísimo o un arroz de almejas o langosta, blanco, sin colorante y con cilantro, que por algo estamos en Portugal.

Fotos: Cuarto de Maravillas

Cuarto de maravillas
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