Madame Marguerite, la tierna historia de una antidiva de la ópera

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  • HACE 2 años, 5 meses

Una sala de cine vacía, una película francesa y una serie de reflexiones sobre cómo huir de la realidad que nos nos gusta

Un termo de agua caliente que revienta. Llamada de un vecino que pasea tranquilamente a su perro y ve correr el agua por la acera. La excusa perfecta para pasar dos días inesperados en El Puerto de Santa María. Aunque el tiempo sea de perros, el poniente sople con ganas acumuladas y me pase un par de horas recogiendo agua que ya no sé si es de mi termo roto o de la lluvia que no cesa.

Anochece y no tengo ganas de encerrarme en casa, aún los radiadores no han conseguido secar un poco el ambiente. Cojo el coche y me voy a Bahía Mar. Porque, ¿qué mejor plan que una película para terminar un día extraño? Tengo ganas de ver Madame Marguerite, una película francesa, estrenada el 1 de abril, que recibió cuatro premios César: mejor actriz, mejor vestuario, sonido y diseño de producción. Es la sexta película de Xavier Giannoli, director y guionista francés, que toma prestada una historia real (la de la cantante estadounidense Florence Foster Jenkins), para trasladarla al París de los años veinte.

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La actriz protagonista es una fantástica Catherine Frot, que encarna a Marguerite Dumond, adinerada aristócrata amante de la ópera, sin ninguna habilidad para el canto, pero que se empeña en actuar en galas benéficas ante su círculo de amigos de la alta sociedad parisina de posguerra. Todos, encabezados por su marido y orquestados por un inquietante mayordomo de color, le ocultan la verdad: canta espantosamente mal. Pero ella, ingenua e inconscientemente (¿o tal vez no?) se sumerge cada vez más en su ficticio personaje de diva operística.

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En su huida de la realidad insoportable (un marido que no le ama), se rodea de partituras, decorados, vestuario original, instrumentos… todo ello reunido en un delicioso cuarto de maravillas dedicado al bel canto. Se obsesiona por actuar ante un público real, en un escenario real. Y en este empeño, va a caer en las garras de un grupo de personajes, bohemios unos, grotescos otros, aprovechados todos, que la llevan, a ella y a nosotros, de paseo por las incipientes corrientes de vanguardia (dadaísmo y surrealismo) que intentan romper los estereotipos en el arte. Huir de la lógica en la articulación de sonidos, cuestionar las leyes de la belleza universal y demás conceptos abstractos, para defender la individualidad, la imperfección, la libertad desenfrenada del individuo. No hay reglas fijas, todo puede ser cuestionado. Lo grotesco como expresión artística. Y ahí tiene un lugar destacado la voz de Marguerite.

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Cuando termina la película me doy cuenta de que han proyectado solo para mí (¡qué ruina!) y de que era en versión original (y yo sin saber francés). Me estoy volviendo una friki…

Me despierta el sol entrando por la ventana. Parece un día precioso y aprovecho para bajar a la playa. El chiringuito está cerrado, aunque las mesas y sillas siguen en la arena. ¿Quién iba a querer llevárselas? Me siento en una de ellas, me echo un chal por encima de los hombros, y abro el ordenador. Hace sol pero sigue soplando poniente y el día está fresco. El mar verde grisáceo, turbio de oleaje, resuena con estruendo y las maderas del chiringuito, recién remodelado, se quejan con el viento. Una pareja pasea con su perro suelto. Un surfista solitario intenta coger olas durante un rato.

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Pienso en Marguerite. En cómo escapa de la infelicidad a través de la música. En su búsqueda de la belleza que le lleva a inventar un mundo hecho a su medida, primero como un divertimento, luego como el eje central de su vida, para acabar confundiéndola y suplantándola, pasado, presente y futuro. Tan vulnerable. Tan cándida. Tan genial.

Y nosotros, espectadores, ¿nos produce ternura la gente que hace el ridículo? ¿Nos da envidia la candidez? ¿La inconsciencia? ¿O tal vez nos divierte lo grotesco? Se me viene a la cabeza la programación actual de las televisiones: esos chicos jóvenes buscando pareja entre candidatos surrealistas, señores mayores contando sus intimidades mientras esperan que algún televidente les llame y les ofrezca compañía, gente que convive en una casa sin conocerse, sin nada que hacer y sin vergüenza alguna, presentadores que hurgan en las miserias ajenas sin pudor… ¡Qué sutil la línea divisoria que separa lo cómico y lo dramático, lo divertido y lo burdo!

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Cierro los ojos, mientras siento cómo el sol me calienta la cara, y el rugido del mar me suena a ópera. Y sé que podría pasar las horas así, como Marguerite, oyendo la música de las olas y del poniente. Pero yo no tengo mayordomo negro y, cuando suena el móvil, sé que tengo que volver a casa porque vienen a instalar el termo nuevo.

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