Primeras etapas del Camino de Santiago: errores y aciertos de novatos

Disfruta de las vistas y los consejos de nuestra bloguera que se estrena en este maravillloso reto físico y psicológico

Mi marido se ha empeñado en hacer el Camino. Quiere hacerlo completo, desde Roncesvalles a Santiago, pero como no disponemos de tantos días seguidos, lo está organizando en tramos, a medida que vayamos pudiendo encontrar días libres en nuestras agendas. Tal vez sean dos años, tal vez tres… No tiene prisas. La cuestión es disfrutarlo, aprovechar para aprender algo de Arte Medieval y compartirlo con amigos.

Él acude varios días al gimnasio, hace ejercicios de cardio dos o tres veces a la semana y anda regularmente. Yo lo más cercano al cardio que hago son mis clases de bulerías (aunque disfruto tanto que a veces me cuesta respirar de la emoción, creo que eso no vale como entrenamiento). Intento salir a andar con él, pero casi siempre lo hace a unas horas a las que la funda nórdica me pesa tanto que no soy capaz de apartarla. Así que os podéis imaginar mi forma física. Eso sí, optimismo no me falta.

Llegamos a Roncesvalles un jueves de principios de noviembre por la tarde. Aprovechamos que tenemos coche para conocer Saint Jean Pied de Port, pueblo al otro lado de los Pirineos desde donde empiezan el Camino muchos peregrinos (esa etapa son palabras mayores, hay más de 1250 m de desnivel, aunque las vistas son impresionantes). Es un pueblo medieval que parece haber cambiado poco a lo largo de los siglos, aunque muy preparado para acoger a los caminantes: cuatro albergues (y algún que otro establecimiento hotelero más), cafeterías acogedoras, tiendas de chocolates, regalos y souvenirs. La Iglesia de la Asunción y el puente medievales sobre el rio Nive, junto con las casas de piedra rosada de canteras locales con las contraventanas pintadas de un rojo intenso dan colorido y personalidad al pueblo.

Roncesvalles, escenario del primer poema épico escrito en lengua romance (La Canción de Roldan, siglo XI), apenas son unas construcciones en torno a la Colegiata de Santa María. De estilo gótico, fue levantada en el primer cuarto del siglo XIII por el rey navarro Sancho VII el Fuerte. Acudimos a la misa del peregrino entre japoneses, australianos, franceses y algún que otro italiano. Casi ningún español. Y gente joven, en general. Los sacerdotes que la concelebran se dirigen a nosotros en varios idiomas. Los orientales tienen pinta de no entender nada, pero asisten respetuosos, conscientes de la emoción del momento. Porque no cabe duda de que, independientemente de las motivaciones que cada uno tenga, es el inicio de una experiencia vital que a nadie deja indiferente.

El viernes empezamos a caminar temprano, alternando prados de un verde casi imposible con bosques mágicos con el suelo cubierto completamente de hojas. Hace fresco, pero el día es soleado y tiene una luz maravillosa que se filtra por entre las ramas desnudas de los árboles creando una atmósfera sobrecogedora. Casi esperas que aparezcan unos niños tirando miguitas de pan para poder volver a su casa, o una chica de trenzas rubias y caperuza roja con una cesta de mimbre.

Los pueblos por los que vamos pasando (Burguete, Espinal, Guerendiain) parecen estar desiertos. Apenas algún bar abierto donde tomar un café, ni siquiera las iglesias o ermitas por las que se pasa (empieza a preocuparme que mi cartilla del peregrino sólo tenga sellos de bares).

El valle del Erro, con sus hayedos y robledales, ofrece unos paisajes nuevamente impresionantes, con una gama de amarillos, ocres, tierras y rojizos, que nos obliga a hacer una foto tras otra, como queriendo llevarnos esa paleta de colores al sur, donde escasean este tipo de bosque más septentrional.

Esta etapa de 21,5 km se nos hace llevadera por la novedad y la belleza del paisaje, a pesar de la dureza de la subida de Mezkiritz y la dificultad de la bajada a Zubiri. El alojamiento previsto para ese día es en una casa rural (Ekolanda) en el pueblo de Esnoz, junto a Erro. Los siete km que lo separan de Zubiri se nos hacen eternos por las curvas y por el cansancio que se va haciendo notar. Aún así, seguimos animosos y disfrutamos de la cena que nos prepara VeroniKa (con K, aunque nos acaba reconociendo que es de Valencia).

La siguiente etapa (de Zubiri a Pamplona-20,4 km), empieza regalándonos unas preciosas vistas del pueblo entre nubes, aunque pronto las continuas pendientes y descensos (no muy pronunciados, pero algunos con mucho barro resbaladizo) nos deja agotados. Los dolores musculares y alguna rodilla tocada nos hace tomar la decisión de intercalar un día de descanso antes de retomar la última de nuestras etapas previstas (Zubiri- Puente de la Reina). ¡Pero esta os la contaré otro día!

Os dejo unos datos prácticos que pueden serviros si estáis pensando hacer el Camino.