Cuarto de Maravillas

¿Se puede ser hippy pasados los cincuenta?

  • Estilo de vida
  • HACE 3 años, 3 meses

Portugal guarda uno de los últimos reductos hippies de la península ibérica: la isla de Culatra

Que Portugal tiene rincones maravillosos lo sabe todo el mundo: ciudades monumentales, una costa interminable, un enorme bagaje cultural y una gastronomía rica y variada. Pero lo que no todos conocen es que el país vecino guarda uno de los últimos reductos hippies de la península ibérica: la isla de Culatra.

Situada en el parque natural de la Ría Formosa, de 18.000 hectáreas, es una de las islas que lo protegen del mar (junto a Tavira, Armona, y otras dos islas más). Las dos poblaciones de la isla, Culatra y Farol, están orientadas hacia el interior, hacia la ría, algo menos combatido por los vientos y temporales del Atlántico.

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Hay varias formas de llegar a Culatra: desde Olhâo en alguno de los transbordadores que cruzan diariamente (en verano casi cada hora -por un par de euros-, el último a las ocho de la tarde) o en un taxi marítimo con capacidad para cinco personas (alrededor de 25 euros).

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Pero si tienes la suerte de que te inviten un par de días en alguno de los veleros que fondean frente a la isla, no dejes pasar esa oportunidad. Eso sí, con algún capitán que tenga experiencia, pues no se puede entrar a cualquier hora del día. El acceso es tan estrecho que se forman unas corrientes impresionantes con las mareas. Imaginaos un océano queriendo apoderarse de la ría, el agua parece hervir, las olas son caprichosas, sin dirección definida, y los barcos se quedan sin gobierno, con el riesgo grande de golpearse contra las rocas del espigón. Para evitar pasar un mal rato hay que aprovechar las horas antes de la pleamar, cuando la corriente es a favor y nos empuja hacia dentro. Por el contrario, cuando se sale, es importante que sea en bajamar, cuando el océano descansa y las aguas de la ría incursionan en mar abierto.

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La agitadas aguas en la boca de la ría.

Hay dos fondeaderos para embarcaciones: el primero frente al pueblo de Culatra, y el segundo más alejado, cercano ya a la salida del mar entre la isla de Armona y la de Culatra. Este último es el favorito de los visitantes ocasionales, que buscan estar aislados y acceder (por supuesto con neumáticas auxiliares o lanchas con poco calado) a playas desiertas de arena fina y agua limpísima, permanentemente renovada. El borde de la isla, con zona de ría y zona de mar abierto, ofrece un paisaje cambiante con las mareas, formando bancos de arena y piscinas naturales, donde puedes pasar horas con el agua hasta las rodillas intentando coger coquinas (en mi caso, con un poco de «saudade», rememorando mis veranos infantiles en Huelva con mi abuela, vestido arremangado, llenando un cubo para el aperitivo familiar en «Villa Isabel»)

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La puesta de sol desde un velero es uno de los momentos mágicos.

El fondeadero frente a Culatra es el elegido por los que quieren pasear por sus calles de arena, comprar un brick de leche, un poco de hielo o tomar un pescado de la zona en uno de los tres bares con que cuenta el pueblo. Aquí se mezclan embarcaciones de verano en perfecto estado con viejos cascarones descoloridos que son más casas que medios de transporte.

Pescadores oriundos conviven en armonía con extranjeros de barbas y pelo largo que fueron rubios y ahora son entrecanos, que habitan alguna casa traspasada con exiguos títulos de propiedad, un viejo velero fondeado frente al embarcadero o en alguno de los catamaranes varados permanentemente en la arena. Gente que huye del estrés, de los coches, tal vez del fisco… A ellos se les suman en verano los turistas propietarios de veleros que juegan a ser hippies por unos días: han cambiado el traje por una camiseta decolorada por el sol (durante el invierno guardada en lo más profundo de un cajón), se han olvidado de la maquinilla de afeitar y del reloj de pulsera.

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Las casas son construcciones sencillas, levantadas sobre la arena, con añadidos a lo largo de los años, un poco como las viviendas árabes que crecen a la vez que las familias. Algunas decoradas con azulejos, otras encaladas, y siempre con ornamentos encontrados en la playa: maderas procedentes de naufragios pulidas por el agua, conchas y caparazones de moluscos, redes o útiles de pesca desechados.

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Calles sin asfaltar, apenas un camino de cemento, sin señalizaciones, sin comercios (salvo un par de pequeños supermercados con alimentos básicos), como presumiendo de estar al margen de la civilización. El tiempo parecen marcarlo las mareas: en la bajamar hay que aprovechar para mariscar en las pequeñas parcelas acotadas por cañizos; la pleamar las cubre por completo, y tal vez entonces haya que salir en la barca para buscar «los carapaô» o los «robalos» que servirán en las mesas a los turistas por una módica cantidad. Bares con mesas y sillas de plástico, mantel de papel (si acaso), toldo de propaganda de alguna marca de cerveza y mosquitos al anochecer. Regentados por personas de edad indefinida (pero que nunca más volverán a cumplir cincuenta años), con el rostro ajado de tanto sol y Dios sabe qué historias a sus espaldas. Eso sí, el pescado es fresco y las brasas las manejan con maestría.

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Las viejas barcas de pesca se mezclan con las flamantes zodiacs.isla-culatra-9

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Una vez terminada la jornada de pesca, a la sombra en el poyete de la iglesia, observando el ir y venir de los turistas.

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Curiosas artesanías locales se exhiben a la entrada de una casa que hace las veces de centro cultural.

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Una pasarela de madera, que arranca al final del pueblo, atraviesa la isla de oeste a este y nos conduce a las interminables playas del Atlántico, preservando del pisoteo humano la vegetación dunar autóctona de la zona: manzanilla, romero, tulipanes salvajes. Aunque si vas en agosto no esperes una playa desierta

Y cuando estás harto de salitre, de chanclas y camisetas viejas, se ha acabado el agua dulce del barco y quieres dejar de jugar a Robinson Crusoe, te olvidas de los naufragios y pones rumbo a Vilamoura. Sustituyes la promesa de Culatra por la del sushi servido en mantel de lino. Pescado por pescado, que para eso estamos en verano.

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