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Tarde de Polo y compras en Sotogrande

  • Estilo de vida
  • HACE 2 años, 1 mes

Nuestra blogger nos relata una divertida tarde de compras y Polo en el Santa María Polo Club Sotogrande

Cuando sopla el Levante, los que veraneamos en Cádiz sabemos que hay que cruzar el Parque Natural de los Alcornocales hacia el campo de Gibraltar, porque así, al menos, el tórrido viento de la Bahía se torna fresco a su paso por Sotogrande. Aunque la verdad es que no hacen falta excusas para pasear por su glamuroso puerto deportivo o pasar la tarde en el Polo.

Dejamos el coche en un parking algo alejado del edificio principal. El viento de Levante, fresco, nos acompaña por unos caminos plagados de adelfas que bordean un campo de césped muy cuidado, en el que vislumbramos, a lo lejos, unos caballos.

Tarde de Polo y compras en Sotogrande

En la zona de acreditaciones nos ponen una pulsera de tela que nos permite acceder a la zona VIP: unos salones enormes, con grandes ventanales sobre las pistas de polo, decorados con butacas de diseño, bancos de madera y cuerda, cojines de algodón de colores preciosos, fotografías en blanco y negro, todo con un sello de buen gusto.

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Nos llevan a una de las salas centrales y nos sentamos en unos taburetes altos. -¿Qué quieren tomar?- nos dice una chica joven que lleva una bandeja con bebidas. –Una Indi de naranja, dice la fotógrafa, que se orienta mejor que yo, que, aunque tentada de pedir un gin-tonic, me decido por agua mientras me concentro en entender de qué va este juego. Caballos ágiles y jinetes vestidos con breeches, botas altas de cuero negro y polos, y armados con unos mazos de larguísimo mango, se afanan por golpear una pelota y hacerla pasar por unas porterías como de rugbi. O como de quiddich, sólo que vuelan sobre caballos en lugar de escobas.

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Junto a nosotros, un chico joven con una libreta llena de garabatos charla con uno de los directivos del club, que le explica cómo la pasión de Ramón Mora-Figueroa por el Polo le lleva a fomentar su práctica en este enclave andaluz, y a conseguir que se celebren aquí unos campeonatos que viene a llenar el vacío temporal existente entre los que se celebran en EEUU, Inglaterra y Argentina, cuna de este deporte. Pego la oreja a ver si aprendo algo, pero una inoportuna llamada del súper jefe hace que se interrumpa la conversación y el periodista se quede solo, con la mirada tan perdida como la nuestra.

Decidimos bajar a las gradas a mezclarnos con el público. Y no nos equivocamos. Primero, porque lo más divertido es observar a la gente tan variopinta: extranjeros de mediana edad estupendos con sus pantalones cortos y camisas de lino o polos, sus acompañantes femeninas con bonitos caftanes y sombreros, jóvenes guapos, familias con niños ideales vestidos iguales, alguna señora con su perrito sujeto con una correa de artesanía criolla, elegantes veraneantes con acento madrileño, etc. Segundo, porque me encuentro a mis amigos Sandra y Juan, que me explican a grandes rasgos de qué va el juego. –«Está jugando el Ayala Lechuza Caracas»- me dice Sandra (y yo pienso que parecen las palabras de un alfabeto cifrado: Papa, Tango, Charly). –«Son seis chukkers- sigue contándome- y se trata de meter la bocha entre los palos, empujándola con el taco. No te puedes interponer entre la línea imaginaria de la trayectoria de la bocha, lo que hay es que intentar sacar al jugador de ella.Cuando se mete un gol, se cambia de campo. El que lleva el número 1 es el dueño, que también juega. El mejor es el 4, sólo hay ocho o diez jugadores en el mundo de tanto nivel, y aquí están casi todos.» Y yo sigo sin entenderlo mucho, pero empiezo a disfrutar con la plasticidad de los caballos al galope, el contraste de los colores de las equipaciones con el verde del campo, el arbolado al fondo agitado por el viento y la elegancia de los jinetes controlando las monturas con las piernas, mientras voltean las mazas en pos de la pelota, casi sin rozarse entre ellos, como una coreografía mil veces ensayada.

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Termina el partido y nos vamos a dar una vuelta por la zona de shopping, un mercadillo en el que los puestos están distribuidos alrededor de unas barras de bar donde poder tomar un refresco. Perfecto para poder curiosear tranquilamente mientras dejas a tu chico disfrutar sentado de un gin tonic refrescante con ginebra Wint & Lila, elaborada en El Puerto de Santa María por la destilería Casalbor. ¡Solo por lo bonita que es la botella merece la pena!

Me enamoro de unas mochilas ideales. Tienen un bolsillo lateral para poder sacar la cartera o el móvil sin quitártela de la espalda y sin necesidad de rebuscar en el fondo. La diseñadora, Mónica Espín, nos cuenta que están fabricadas en España con cuero, linos y algodones de altísima calidad, mientras posa para la foto con esa sonrisa tan dulce que se les pone a las mujeres cuando esperan un hijo.

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Nos volvemos locas en el puesto de Trama y Urdimbre, donde Soraya Domínguez y María de Cabo nos pasan un sombrero tras otro para que nos probemos. ¡Nos los queremos llevar todos! A la fotógrafa tengo que arrancarle de la cabeza una chistera con plumas y abalorios, no sin antes prometerle que volveremos en unos días.
Porque, claramente, Santa María Polo Club Sotogrande merece más de una visita.

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