Cuarto de maravillas

Última llamada al vuelo Sevilla-Palermo

  • Estilo de vida
  • HACE 3 años, 1 mes

Un viaje con amigas que acaba convirtiéndose en una ruta por todo lo imprescindible que debes ver en Sicilia en tres días.

Los vuelos «low-cost» han supuesto para mi generación lo que las becas Erasmus para los universitarios de los últimos diez años. Salir de tu ciudad, conocer otras culturas, otra gastronomía, practicar idiomas… Eran privilegios reservados a bolsillos holgados o a ejecutivos de grandes compañías. ¿Quién no ha soñado con el Grand Tour que los jóvenes ingleses de clase alta hacían por el continente europeo para completar su formación y como inicio a la edad adulta?

Mis amigas del pádel son expertas buscadoras de vuelos baratos. Y se conocen al dedillo las rutas y los horarios de Ryanair. Parece que tienen hilo directo con Michael O`Leary (consejero delegado de la aerolínea irlandesa): «Chicas, que sepáis que a partir de octubre cancelo la ruta Sevilla-Palermo, por lo menos hasta que vuelva el calorcito. Así que, daos prisa, que he reservado unos asientos a vuestros nombres en el último vuelo. Sí, sí, no os preocupéis, a 58 euros ida y vuelta, que sé que sois madres de familia…».

Y después de este detalle, ¿qué nos importa tener que meter el bolso dentro de la mini maleta, que a su vez introducimos en un artilugio del que difícilmente sale con las cuatro ruedas intactas? Poca cosa para hacer desistir a un grupo de siete mujeres dispuestas a conocer media Sicilia en tres días. Así que, lo primero que hacemos, después de bajarnos del avión, es ir a recoger el monovolumen de siete plazas que hemos alquilado. Como Beatriz tiene familia numerosa y se mueve en una Voyager por Sevilla, le asignamos por unanimidad la tarea de conducir. Con lo que no contábamos era con que las siete plazas no incluyen maletero, a pesar de haberlo pedido expresamente. Y, como no pensábamos dejarnos engañar por un siciliano, nos vamos tres de nosotras a exigirle a la agencia (Avis, por cierto) un coche donde quepan las maletas. «Sólo nos queda uno un poco mayor, pero cuesta diez euros más, no es automático y el navegador no es integrado, se lo damos en una bolsita amarilla muy mona y ustedes lo conectan»- nos dice con mucha calma el empleado de Avis.

Cuando llegamos al parking, orgullosas por habernos impuesto a ese hombrecillo (¡qué son diez euros entre siete!), comprobamos que es exactamente igual que el anterior: o asientos traseros, o maletero… Y mientras decidimos si es mejor llevar los trolleys encima o sentarnos sobre ellos, María saca del suyo unas tortillas de patata y unos picos que nos saben a gloria (son ya casi las cuatro de la tarde) y nos hacen afrontar la siguiente etapa del viaje con alegría: encontrar el hotel en Palermo y que Beatriz no sufra un ataque al corazón por la forma de conducir de los palermitanos (por supuesto, el GPS no está actualizado y nos mete en el centro histórico, en calles peatonales y contramano… vamos, como si fuéramos de la Plaza Nueva a la plaza de la Alianza por la Avenida).

El paseo al atardecer por el centro histórico de la ciudad nos compensa del estrés del coche. Emilio, con su perfecto castellano, nos va explicando un poco la historia de Palermo a través de los edificios que nos vamos encontrando: fundada por los fenicios, conquistada por griegos, romanos y bizantinos, más de dos siglos de ocupación árabe hasta la reconquista por los normandos, para pasar luego a formar parte del reino aragonés (siglo XIII) y seguir durante siglos bajo influencia española. Estas vicisitudes históricas hacen que se pueda estudiar la Historia del Arte casi en su totalidad paseando por Palermo y sus alrededores.

Os cuento nuestra elección, porque tres días dan para poco, a pesar de nuestro entusiasmo y de no parar casi para almorzar (eso sí, lo compensábamos con las cenas).

– Las ruinas romanas en Segesta (a media hora en coche en dirección a Trapani). Preciosas las vistas descendiendo desde el anfiteatro (en alto en la colina) hasta el templo.

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– Las plazas: Quatro Canti (con sus fachadas cóncavas distribuyendo en tres órdenes las cuatro estaciones, los reyes españoles y las santas palermitanas) y Pretoria (palacios, conventos e iglesias que enmarcan la fuente).

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– La Fontana Pretoria, con esculturas de animales a modo de surtidores maravillosamente talladas en piedra y una majestuosa escalinata.

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– Los palacios. El más impresionante el de los Normandos (actual sede del parlamento regional), pero aparecen por cualquier esquina, muchos esperando un rehabilitación que no llega.

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– Las iglesias, especialmente la Martorana o Santa María del’Ammiraglio (impresionante compendio de artes- mosaicos, altorrelieves, esculturas, pinturas murales- de un abigarrado refinamiento).

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– Los capiteles del claustro de Monreale, con tallas increíbles y todos diferentes, que combinan lo religioso, lo pagano, lo clásico y lo mitológico.

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– Los mosaicos. Impresionantes en la Catedral de Monreale (la muestra de arte bizantino mejor conservada del mundo) y en la Capilla Palatina.

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– Los artesonados (de la Catedral de Monreale, de la Martorana, del Palacio Normando…).

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– Las catacumbas de los Capuchinos (no aptas para supersticiosos o impresionables – aunque yo creo que hay que tenerle más miedo a los vivos-).

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– Las marionetas sicilianas o Pupis (en el Museo Internacional Antonio Pasqualino): en un post de junio las descubrí en un anticuario y lo anoté como un “to do”, ¡y yo misma me sorprendo de lo pronto que lo he cumplido!

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Los Teatros Massimo (el más grande de Italia) y Politeama, de estilos neoclásico y art nouveau y frecuentados a principio del siglo veinte por la aristocracia europea que elegía la isla como lugar de vacaciones estivales.

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– Los callejones de trazado sinuoso que esconden palacetes decadentes y balcones con ropa tendida.

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– Y, por último, las trattorias y restaurantes con encanto y a precios asequibles (capaces de acabar con cualquier régimen de adelgazamiento).

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