Cuarto de maravillas

Un paseo por el centro de El Puerto: la cara bonita de la decadencia

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  • HACE 2 años, 1 mes

Una boda en la Iglesia Mayor Prioral se presenta como una extraordinaria oportunidad para conocer el centro de esta localidad gaditana

Frente a la Iglesia Mayor Prioral está una de las casas más bonita de El Puerto de Santa María, haciendo esquina entre la calle Pagador y la calle Palacios. Tiene una equilibrada fachada que alterna pilastras de sillares con paramentos encalados y diez hermosos balcones a la calle, cinco en la primera planta, cinco en la segunda. El central más ancho, sobre la puerta de acceso con arco de medio punto.

En el banco de debajo, quietos como si del teatro se tratase, cinco hombres observan el ir y venir de gentes. Uno con muletas y un artilugio extraño en la rodilla, otro con gorra blanca y chanclas, el resto con camisas desgastadas y pantalón corto, fumando un cigarro tras otro, no en vano es sábado y, aunque para ellos parece que todos los días son festivos, no siempre el espectáculo es tan colorido.

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El sol da en la fachada de piedra arenisca del siglo XVII. Y hay viento por todas partes. De levante, racheado como siempre. Las sillas de plástico blancas del bar Campanario, junto a la escalinata de acceso al templo por la Puerta del Sol, están ocupadas todas por invitados a la ceremonia: ellos con trajes oscuros y corbatas rosas, rojas o fucsias, como si fuera una consigna o el dresscode: «las chicas con tocados y los chicos con corbatas rojas». Lo que no podían prever los novios era el levantazo. Porque tal vez hubieran cambiado las indicaciones: «mucha gomina en el pelo y pantalones, nada de vestidos vaporosos».

Las invitadas se sujetan a duras penas la falda para evitar que el viento deje en evidencia la faja reductora que llevan debajo. Glamour por fuera y practicidad por dentro, el eterno dilema de Bridget Jones: «si llevo faja tengo más posibilidades de que alguien se fije en mí, aunque si esto ocurre y vamos a más, tengo todas las papeletas para que salga corriendo».

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Gente que viene del mercado, con bolsas en la mano, se cruzan con turistas que se apostan, embobados, mirando los tocados -de colores azul chillón y  blanco, rojo fuego, con plumas, con flores, de rafia y ala ancha o tipo canotier- sorprendidos de cómo se puede andar con zapatos de tacón altísimo sobre el adoquinado.

Unas campanas anuncian que viene un trenecito, blanco, con grandes carteles de Heladería Artesanal Máximo. Dentro,unos pocos turistas que se han animado a recorrer la ciudad sin andar penosamente bajo el sol. Cruza alegre la plaza de España, pasando delante del Museo Municipal, sin conseguir que levanten la mirada la abuela y la nieta que están sentadas en los escalones, otra vez el dichoso tren…

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Tras el cruce con la calle Santo Domingo, la calle Pagador se convierte en una calle más anodina. Enla acera de la izquierda, a medida que nos alejamos de la catedral, se suceden edificios nuevos sin ningún encanto. A la derecha un solar derruido. Frente al Mercadona, un chico con  chanclas y pantalón de deporte, sin parar de airear su camiseta a ver si entra algo de fresquito, vende coquinas del puerto en un cubo de plástico azul. A su lado, tres perrillos minúsculos atados a la reja del edificio Alcanatif esperan a que salga su dueño de hacer la compra.

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Paso delante de una casa de dos plantas, semi-derruida y abandonada, sin rastro de sus antiguos moradores, excepto por una bandera de España en la terraza, un bidón de aceite especial de freidora marca Puerta del Sur y un cartel que pone «Bea te quiero». A través del portón se intuye un  patio con vegetación.

Sigo andando, distraída, en busca del coche. No me acuerdo bien dónde lo dejé. Y va a ser imposible encontrarlo si camino mirando hacia arriba. Giro en la calle San Francisco y vuelvo a mirar los balcones: una bandera del Real Betis Balompié comparte espacio con una jaula enorme llena de periquitos y un cono blanco y rojo, de esos que usa Tráfico para señalizar carreteras. Me llama la atención una silla en el alféizar de una ventana, aprisionada entre la reja y el cristal, y pienso que cualquier sitio es bueno para tomar el fresco.

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Por fin aparece mi coche en una esquina, junto a un puesto de pollos asados. La verdad es que no desentona con el entorno: fue bonito en un tiempo y ahora –desde que lo usa también mi hija- está abollado y sucio. Como el barrio, como las fachadas desconchadas, como las aceras, como los balcones. Beautiful Decadence.

Fotos: Lucila Vidal-Aragón 

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