El presidente francés François Mitterrand durante un acto en Lyon en 1988
El presidente francés François Mitterrand durante un acto en Lyon en 1988 - AFP

Amantes e infidelidades, la vida íntima de los presidentes franceses vuelve a la palestra

La publicación de la correspondencia entre François Mitterrand y Anne Pingeot ha reavivado el interés por las relaciones personales de los mandatarios galos

MADRIDActualizado:

La reciente publicación de las cartas que François Mitterrand escribió durante cuatro décadas a su amante Anne Pingeot ha reavivado el interés por la vida amorosa de los presidentes de Francia, muy rica en anécdotas y famosa por su alergia a la monogamia. En «Lettres à Anne (1962-1995)» («Cartas a Anne (1962-1995)»), la editorial Gallimard ha recopilado una correspondencia que desvela las sensibilidades más íntimas del mandatario socialista, reconocido malabarista político en su país: afiliado al grupo de extrema derecha Cruz de Fuego en los años 30, fugaz funcionario del régimen colaboracionista del mariscal Pétain y final cabecilla de la Resistencia, Mitterrand viró su ideología hacia la izquierda y se enfrentó a De Gaulle en las elecciones presidenciales de diciembre de 1965, que perdió. Un año antes había conocido a Pingeot —«Nunca volverá a haber una noche absoluta para mí. La soledad de la muerte será menos solitaria. Ana, mi amor», le dedicó en noviembre de 1964—, iniciando una relación en paralelo a su matrimonio y que prolongó hasta su llegada al Palacio del Elíseo, tras los comicios de abril de 1981, y su muerte, en enero de 1996.

Las dos familias de Mitterrand durante el funeral del mandatario en enero de 1996
Las dos familias de Mitterrand durante el funeral del mandatario en enero de 1996 - ABC

Los devaneos amorosos de Mitterrand no fueron los únicos en entretener a los ciudadanos franceses durante la Quinta República. Como detalla el libro «Jacques et Jacqueline. Un homme et une femme face à la raison d'État» («Jacques y Jacqueline. Un hombre y una mujer frente a la razón de Estado»), su sucesor en el cargo, Jacques Chirac, también protagonizó un romance secreto —o tanto como pudo— con Jacqueline Chabridon, una joven periodista. En su reciente artículo sobre el tema, el diario «Le Figaro» recordó los obstáculos de un vínculo inesperado, y al final imposible: hija de un comunista de la vieja escuela, casada y marxista por convicción, las ambiciones políticas terminaron por dinamitar una relación que antes pasearon en viajes oficiales por la Unión Soviética o la India. «Chirac se casó con una aristócrata. Pero entre él y Jacqueline, su amante, hubo algo particular: la salchicha... un olor a salchicha», explicó el periodista Philippe Tesson. Reflexión «charcutera», sorprendente y que de inmediato aclaró, para evitar líos, el diario galo en su reportaje: «Entre Jacques y Jacqueline existió una complicidad de clase, una especie de reconocimiento mutuo, el compartir placeres y valores simples». Un trato más coloquial, y muy alejado «del ambiente almidonado que reinaba en el seno de su familia política».

Una «tradición»

Los sucesores de Mitterrand y Chirac en la Presidencia de la República han reproducido, con matices, los comportamientos de sus antecesores en el cargo. Nicolas Sarkozy, que accedió al Palacio del Elíseo tras ganar las elecciones en mayo de 2007, conoció en octubre de ese mismo año a la músico y modelo Carla Bruni, con la que contrajo matrimonio en febrero de 2008. El noviazgo relámpago solo duró cuatro meses: «Cuando se quiere a una mujer, no se le impone el estatus de amante. Eso no me gusta», argumentó en un programa de televisión el político conservador. En la revista «Elle», su esposa también expuso su personal visión de las relaciones. Preguntada sobre su reacción ante una infidelidad, la cantante de «Quelqu'un m'a dit» comentó tajante: «Podría llegar a cometer actos extremos, como degollarle o cortarle las orejas mientras duerme, por ejemplo». Declaraciones de una violencia deplorable que luego, con más templanza, matizó así: «En serio, creo que hay que evitarlo».

Mejor no preciparse sacando conclusiones, pero lo cierto es que François Hollande, elegido presidente en mayo de 2011, no parece compartir el punto de vista de Sarkozy. El mandatario acaparó las portadas de todos los medios cuando la revista «Closer» desveló que era infiel a su pareja con la actriz Julie Gayet. Cada amanecer, el guardaespaldas del mandatarios surtía de croissants a los amantes, ocultos en su refugio parisino. Valérie Trierweiler, la tercera en discordia, reaccionó así cuando descubrió el engaño: «Mantengo la calma. No me pongo furiosa, no grito. No rompo ni un solo plato, pese a lo que dirán los rumores, que me atribuirán millones de euros en desperfectos imaginarios», explicó en «Merci pour ce moment», un libro publicado para desahogarse y ofrecer su versión de los hechos. Llegó a decirse que su ira costó tres millones de euros al Palacio del Elíseo. En cualquier caso, el disgusto sí que tuvo una consecuencia, y fue el deterioro de su salud: «La primera dama parece una muñeca de trapo, incapaz de tenerse en pie ni de andar en línea recta (...) Me ingresan nada más llegar y me instalan en una cama del hospital. ¿Qué pesadilla me ha llevado hasta allí, con un gotero y vestida con un camisón de la sanidad pública?».

Las relaciones de Sarkozy y Hollande con sus parejas no tienen un final cerrado, pero sí las de Mitterrand y Chirac. En el caso del socialista, el romance duró hasta su muerte, la mañana del 8 de enero de 1996. «Su doctor Jean-Pierre Tarot alertó primero a Anne y Mazarine Pingeot [la hija de ambos], quienes llegaron de inmediato para pasar sus últimos momentos con el cuerpo», según cuenta su biógrafo, el investigador Ronald Tiersky. Meses antes, en septiembre, el mandatario envió la última carta publicada en el libro de Gallimard: «Has sido la suerte de mi vida. ¿Cómo no quererte más?».