Hugh Hefner entre Holly Madison y Bridget Marquardt
Hugh Hefner entre Holly Madison y Bridget Marquardt - ABC

Hugh Hefner, el creador con «Playboy» del gran sueño (erótico) americano

Hizo de su revista, fundada en 1953, un fenómeno cultural en la segunda mitad del siglo XX

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Hugh Hefner murió el pasado miércoles, a los 91 años, en su Mansión Playboy, en Los Ángeles y será enterrado en el cementerio Westwood Memorial Park de la ciudad californiana. Allí se compró un mausoleo al lado del de Marilyn Monroe. Fue, sin duda, un guiño a su primera «chica Playboy», la primera piedra de uno de los grandes imperios del entretenimiento en EE.UU. En 1953, cuando Hefner era un completo desconocido, con una vida familiar anodina, pidió dinero al banco, a su madre y a quien pudo para lanzar la primera edición de «Playboy». Se gastó 500 dólares en los derechos de un calendario con desnudos de Marilyn y la revista fue un éxito instantáneo: las 51.000 copias que salieron de la imprenta se agotaron en los kioscos. Solo cinco años después, Hefner era un millonario de fama mundial, con una revista que le daba beneficios de cuatro millones de dólares.

El éxito de Hefner no fue poner chicas desnudas en las páginas de una revista -algo que ya hacían otros-, sino entender que la represión sexual era una botella de champán a punto de descorcharse. Con una imagen cultivada de hedonismo, elegancia y descaro, él sería el encargado de servir el espumoso a todo el país. «Playboy» surgió en plena expansión del consumismo que dispararía la economía de EE.UU., pero también en un país dominado por el puritanismo.

Su revista, que en 1960 ya vendía un millón de ejemplares, fue un detonante de la revolución sexual que explotaría en las décadas de los 60 y 70. No fue, sin embargo, una línea ideológica, sino el reflejo de la vida dedicada al placer que defendía Hefner: «No tratamos de resolver los problemas del mundo ni defender ninguna gran verdad moral», anunció en su primer mensaje como editor de «Playboy».

Gozo inacabable

Frente al modelo familiar de aquella época -la casita en el suburbio, el hombre que se despide por la mañana con un beso en la mejilla, el olor a galletas recién horneadas, los niños educados, el coche en el garaje-, Hefner ofrecía un mundo de fantasía, de gozo inacabable, salones de lujo invadidos por chicas jóvenes, extrovertidas y con poca ropa. Nada más lejos de lo que fue la vida de Hefner hasta que salió a la luz «Playboy».

Nació en 1926 en Chicago, hijo de dos devotos metodistas de Nebraska. Hefner recordó en muchas ocasiones que su padre era desciende de William Bradofrod, uno de los pioneros puritanos que llegaron a tierras americanas a bordo del «Mayflower» y que llegó a ser gobernador de la colonia de Plymouth. Tras la universidad, su vida transitaba en las antípodas de lo que después sería «Playboy». Se casó a los 23 años con su novia del instituto, y esa había sido su única relación sexual. A los 27, vivía casado, con una hija, en una casa de Chicago, con un trabajo decente pero aburrido. La vida ideal de la que estaba deseando huir: lo consiguió con el éxito de «Playboy», que fue también el éxito del personaje que creó para ello. La revista y Hefner fueron uno, se convirtió en un hombre-marca. Tardó poco en llegar a la televisión, donde, pipa en boca, rezumaba distinción y disfrute del placer para envidia de los hombres de la época con el programa «Playboy’s Penthouse», estrenado en 1959. Aquel año se divorció de su mujer y se despreocupó de sus dos hijos. Poco después empezó a usar su pijama de seda como única vestimenta -su seña de identidad-, rematada en ocasiones con una chaqueta de esmoquin. En 1963 trasladó su oficina a su dormitorio, donde una enorme cama redonda se convirtió en mesa de despacho. El negocio se disparó: amplió la marca a clubes nocturnos, más programas de televisión, películas, moda, joyería, casinos, hoteles… En los 70, «Playboy» llegó a su pico de popularidad, con cerca de siete millones de revistas vendidas cada mes. Había chicas desnudas, pero también grandes entrevistas y firmas prestigiosas, desde Vladimir Nabokov a John Updike.

El azote del feminismo

Para entonces, su gran enemigo ya no eran los puritanos que se escandalizaban con las chicas con poca ropa y la falta de decencia, sino el movimiento feminista. Gloria Steinem se hizo pasar por «conejita Playboy» para revelar lo mal que lo pasaban las chicas en su negocio. Se le acusó de ser otro obstáculo a la revolución sexual y de utilizar a las mujeres como objeto. Hefner siguió a lo suyo -alardes de vida lujuriosa, matrimonios con chicas de portada- aunque el mundo había cambiado. El mayor golpe se lo dio internet, que puso las imágenes sexuales a golpe de click y acabó con el misticismo de «Playboy», que ha caído en picado en los últimos años y que llegó a experimentar con dejar de publicar desnudos. Precisamente, ayer no se veían desnudos en las web del imperio «Playboy»: todas se limitaban a una foto de Hefner con una de sus frases más famosas: «La vida es demasiado corta para vivir el sueño de otra persona».