La máscara del héroe

Por MENTAPICADA

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A José Blanco Rafael, in memorian

 

Juan Manuel de Prada titulaba así, «Las máscaras del héroe», la novela que le lanzó a la fama. Ese título nos ha venido a la cabeza cuando reflexionábamos sobre cómo -y de qué- volver a escribir en estas páginas tras el paréntesis-covid de seis meses.
Héroes y máscaras. Máscaras y héroes. Ese es el resumen de estos meses en la hostelería. Los restauradores, baristas, camareros…todos han sido -están siendo- verdaderos héroes enmascarados que, lejos de retroceder en el servicio que dan, se han envalentonado y han mejorado -y profesionalizado- su trabajo en estos escasos meses más que en décadas.
La labor que realizan es ejemplar, desde las nuevas medidas de higiene con la que nos reciben a la ingrata labor de pseudo policías municipales que han tenido que asumir: controlar número de personas por mesa, mantener las separaciones en barra, indicar la hora a la que se tiene que ir la clientela a casa por la noche, etc. Y todo lo están haciendo dedicándole más horas que nunca y con una paciencia infinita pese a los constantes cambios de criterio de las administraciones nacional, autonómica y local, y ante clientes que, seamos honestos, no siempre damos la talla cuando insistimos en meter una persona más en la mesa o en tomar una copita más antes de que cierren la cocina.
En no pocos casos han antepuesto las ganas de volver a trabajar -de servirnos-, a la rentabilidad económica de sus negocios. Además, han aprovechado para probar nuevas fórmulas como el servicio de comida a domicilio o para llevar y los platos precocinados. Otros tantos han utilizado ese parón obligatorio de marzo y abril para darle una vuelta completa a su Carta o a su “casa” -que es como la sienten y nos hacen sentir-. Y, como de la nada, han vuelto a resurgir los camareros profesionales frente a esos amateurs que tenían en esta honrosa profesión sólo un complemento.
Esta pandemia se ha cobrado víctimas humanas y, como no podía ser de otra forma, también víctimas empresariales, bares y restaurantes que no volverán a abrir sus puertas: en unos casos, porque ya las cuentas no salían y ha sido la puntilla definitiva, y en otros, porque los propietarios han adelantado la merecida jubilación de una de las profesiones más sacrificadas que existen. Ese mismo sacrificio que ahora ocultan tras una mascarilla tras la que no se sabe si ríen o lloran.
Eso sí, como justa victoria han conseguido que en sus establecimientos nosotros nos sintamos seguros y podamos “desenmascararnos” y brindar con una Cruzcampo -por fin de barril- por nuestra pasión compartida, la gastronomía.

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