Reportaje

¿Qué pasará con los caracoles en Sevilla esta temporada?

Por Luis Ybarra Ramírez,

Quién nos iba a decir, la pasada primavera, que nos íbamos a convertir en eso que estábamos comiendo. Encerrados en sus casas al parecer fabricadas en calcio, los sacábamos con una calada hambrienta o, ante su resistencia, con un palillo de madera fina. Nadie pudo advertirlo. Ellos caminaban con su hogar a cuestas, y a todos nos resultaba una rutina exótica y aburrida. Sacando los cuernos al sol de vez en cuando, sí, y aglomerándose en las cocinas en el momento en el que los días alargan su luz y las noches se recortan en favor del buen tiempo. Pero ninguno hemos sentido asertividad con ellos durante todos estos años.

Ahora, sin embargo, estamos en un aislamiento que se cuenta por el número de paredes, y caemos en la cuenta de que ellos, como si se tratase de una «roulotte», campan a sus anchas con todo lo indispensable en su caparazón maleta. Están aprisionados en completa libertad, lejos de las calles, en campos y granjas. Con el piso acostado sobre todos los vértices de mi cuerpo, como si fuese uno más en la fauna, reflexiono sobre lo que va a suceder con los caracoles este 2020.
Con la Semana Santa suspendida y la Feria aplazada, la silla del ocio, las devociones, los hábitos y las quedadas de los próximos meses ha perdido dos patas indispensables. La tercera es ese cuenco que a partir de las 21 horas nos reúne al fresquito de una caña y, mucho antes, desde las 19, nos deja más de cien mensajes sin leer en el grupo de Whatsapp. Nuestros amigos son unos perfectos pesados y quieren asegurar la asistencia del máximo público al bar ese que nos gusta tanto. El cuarto pilar de esta silla ficticia, por cierto, también ha desaparecido. Ya no se puede lo que surja, porque nada surge.

Esto también peligra por la situación actual, claro. Aunque todavía no hay comunicado oficial en la comunidad de los caracoles, que prefieren no pronunciarse y esperar a que los días pasen y nos sintamos más cerca de ellos si cabe, más próximos y empáticos, las dudas nos asaltan. Llevan décadas quejándose de sus pésimas condiciones, la falta de espacio y demás, poniendo especial atención en su reducido grupo de claustrofóbicos, que por lo visto también los hay. Vaya existencia. Llegados a este punto, dependemos de ellos y tenemos la obligación de escucharlos.
En fin, dicen que su temporada en Sevilla empieza en los meses sin «r». Pero esta ciudad, tan sabia, prepara bien sus acontecimientos y de ellos hace previas. Así, los caracoles, en realidad, bucean en manada y sobre los cuencos por abril, aunque formalmente, sin tener que dar explicaciones ni pedirlas a los camareros, el pistoletazo de salida suena en mayo.

Dónde esperamos encontrarlos

Sanidad, téngase por seguro, nos va a decir que nada de compartir vasito, plato hondo ni bol. Cada uno que ponga los dedos en su caldo. Habrá que invertir en concienciación también en este aspecto. Como previa de la previa, algo muy de aquí, es preciso apuntar dónde se encuentran algunos de los más aclamados. Esto es como la información sobre las hermandades en los días de posible lluvia. En cuanto nos confirmen que salen, vamos a echar a correr a las terrazas con la lengua fuera y la cartera… De la cartera no vamos a hablar.

Lo importante: ¿dónde están los mejores? Pues en el barrio, incluso la calle, de cada uno. Por este motivo localista y simple, depende del emisor de la sugerencia. Si le preguntamos a los de la zona centro, lo mejores, sin lugar a dudas, están en La Fresquita, que saben a piropos de aceite, la Bodega Mariano Camacho y Casa Antonio El Rey de lo Caracoles. En Triana, las opciones se multiplican: Casa Ruperto, Diego y Remesal. También El Cateto del Parque Alcosa, El Tremendo de la Macarena y El Menta de Sevilla Este. Y El Kiki, cerca de Santa Justa, Rosita, ElCano, la bodega Umbrete, La Escalerita, Casa Pepito. Habrá que seguirlos con ojos de madre preocupada para conocer sus aperturas. Momento que desde esta concha en la que nos refugiamos parece remoto, pero que con sentido del humor y resistencia llegará.

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Caracoles en casa

Estos bichos no son racistas, pero tampoco les gusta mezclarse. Se asemejan con otros, pero son muy diferentes. Esta guía breve no atiende a las cabrillas, por ejemplo, a las que podríamos dedicarles una oda similar, sino a los caracoles. Es importante que quede claro para no desatar la polémica, ya que hay mucha rivalidad entre una especie y otra. Les ocurre como a los países de Reino Unido. Desde fuera todo es Inglaterra, pero desde dentro las fronteras están muy bien delimitadas. Y fastidia la opinión poco formada.

Además, como alternativa tal vez no demasiado frecuente, pero absolutamente pragmática, podemos hacernos con una malla a través de Internet. Son muchas las empresas que los venden, Caracoles Sevilla, La Rubia de Pino Montano, Telecaracol, Caracol Express y Caracoles de Gredos son algunas de ellas. Atienden pedidos al por mayor y por menor.

Existen, asimismo, numerosas formas de prepararlos. Los más pequeños, con hierbabuena; en salsa para mojar pan si tienen algo más de volumen, en un arroz acompañado de otros ingredientes como el pollo, las alcachofas y las judías verdes o incluso guisados con butifarra. Las cuatro recetas son sencillas y podrían convertirse en vías sustitutas de nuestra favorita: el bar, el ruido, la tiza, la chapa, el tirador. Que llegará, lo repito con el estómago rugiendo y ganas de cambiar de gente ya acabados los temas de conversación con los que habitan por estos pasillos.


Quedamos a la espera, alrededor de todo este silencio incómodo, de descubrir lo que sucederá con los caracoles esta temporada. Prometo futura información mientras un humillo sobresaliente aflora entre mis recuerdos y racionalizo argumentos poco sólidos para autoconvencerme de que el curso anual no puede prescindir de las dos grande fiestas de la primavera y su aliño gastronómico que nos anuncia la llegada de un caluroso verano. No tienen bandera como el mosto, pero estoy deseando sacar mi voz al sol para gritar que, finalmente, ellos sí van a salir. Usted, de momento, quédese en casa.