Reportaje

Sagas familiares: Benjamín Martín, uno de los secretos mejor guardados de Sevilla

Por Luis Ybarra Ramírez,

Sé lo que puede pensar tras leer el titular. Que el secreto de este pequeño bar de ambiente familiar absolutamente desconocido por la mayoría debido a su ubicación recogida es precisamente esto: una cocina tradicional de altura en el reverso de lo popular. Pero no. El secreto de Benjamín Martín es mucho más profundo que todo eso y se escapa de lo evidente. No lo conocen ni los que acuden aquí cada día. Y es que se sirve tortilla recién hecha desde que abren hasta que cierran. Siempre caliente, pero siempre sin precalentar. «Esa creación imposible me la llevo yo a la tumba o la suelto justo antes de marcharme», nos alivia Benjamín acerca de su rareza extraordinaria de patata y huevo. Y así abrimos un telón de humos que huelen a hogar y ollas con afán de madre.Tostada de tortilla de Benjamín Martín| Foto: Benjamín Martín
Esta historia es coral y tiene múltiples protagonistas. Por eso, Purificación Jiménez, su mujer, se sonroja cuando escucha la palabra «creado». Ella es la cocinera, y algo tiene que ver en la receta. Se conocieron de jóvenes en una discoteca en Coria del Río, «como debe ser», y desde entonces, juntos, se han abrazado a un legado valioso y difícil en el barrio del Porvenir. Herencia sobre la que cimentaron sus propias vidas y que ahora busca el relevo en la siguiente generación. Sus dos hijos: Mín y Purificación. Los mismos nombres. Otra edad. Quizá otros planes.


Los pilares del apellido que nos ha traído hasta este salón con imágenes de pueblos, breves biografías y largos caminos a la pared se remontan a una tienda de ultramarinos y un posterior supermercado. En este local y en otros de la misma propiedad, aprendieron el oficio los actuales dueños de la cadena MÁS, los hermanos Gerónimo, Vicente, Julio y Justo, y, por supuesto, quienes nos reciben en la actualidad en esta esquina. Estanterías que hablan de padres y abuelos.
El trabajo palpitaba en las venas de todos y el río de conocimiento primario desembocó hacia otra cosa en el año 95, mucho después de los ya lejanos inicios y de que Benjamín Martín se quedase con esta parte del negocio. Cerró un colegio muy próximo, del que recibían oleadas de gente, y entonces llegó el bar. Por renovarsarse antes de caer al precipicio.

El albero de las calles se marchó poco a poco junto a las ventadas de los nuevos tiempos. La zona cambió. Ellos, sin embargo, siguieron casi igual. En el recodo que por primavera alarga las noches con un manojo de azahar en una mano y una cuchara en la otra para levantar los caracoles del cuenco, «aunque las cabrillas se me den mejor», aclara Purificación, la creadora. Fogones que evocan a infancia. A recuerdos de niño y recetas que se volvieron atemporales en la memoria.

Benjamín Martín| Foto: Fran Moreno

Trabajar en familia

Las principales diferencias generacionales en esta casa se reflejan en los paladares. Cuesta sugerir un solo plato imprescindible, una bandera, porque nos topamos con un empate técnico entre el bacalao con tomate y las albóndigas en salsa. Los padres se decantan por lo primero. Los hijos, por lo segundo. Y el cliente, que no ha de tomar decisiones precipitadas, puede quedarse con los dos. También con la carne mechá y la mencionada tortilla mágica de calenturas eternas.
Trabajar en familia no parece sencillo. A unos les gusta la barra. «A mí», dice Mín. «Y a mí», le sigue su hermana. Y de pronto entendemos que lo mejor y lo peor de realizar las labores diarias con los tuyos es precisamente lo mismo: la confianza. Esa que nos ofrece tranquilidad en todo momento y que también nos da carta blanca cuando manoseamos el concepto.
El futuro resulta incierto. Benjamín y Purificación se acercan a una merecida retirada. A su hijo le gusta ejercer como psicólogo con el carné de la experiencia y le engancha el trato con el público, la cercanía, las ventanas hacia fuera de la restauración. Su hija, que se dedica a ayudar durante las jornadas más intensas, pues tiene otro puesto de trabajo, disfruta al regresar al sabor de las albóndigas caseras en cuanto puede y porta el recetario más preciado debajo de la frente. También, eso sí, prefiere salir de la cocina y ver lo que se cuece entre las mesas al mediodía.


El secreto mejor guardado de Sevilla es, por todo ello, un racimo de relatos que durante su narración pasó de ultramarinos a supermercado en los años 80 y finalmente a bar. Un tomate frito inexplicable para reunir las gargantas al calor de las sillas y una maraña de decisiones complejas. Muchos no les conocen. Menos aún saben de su pasado, de sus misterios culinarios y de lo que sucederá con esta puerta a la niñez de las flores que sigue abierta en el corazón de la ciudad.