Reportaje

Sagas familiares: En el ojo de la Cervecería Huracán

Por Luis Ybarra Ramírez,

Sagas familiares: En el ojo de la Cervecería Huracán

La categoría de un huracán se determina por la velocidad de su viento. En esta casa, sin embargo, la categoría está en el producto y el cuidado con el que los hermanos López lo escogen cada día. Allá afuera, el aire arrastra y quema las hojas muertas del suelo mientras las cigarras gritan sin descanso, pero en el ojo de la Cervecería Huracán todo resulta diferente. El calor no está en el ambiente, sino en las brasas de encinas que cocinan los mariscos. Las vitrinas han robado puñados de sal marina y por los pasillos trabajan con nervio Fali y Moisés López, quienes levaron las anclas de este barco para navegar en solitario hace tan solo unos meses.

Uno atiende a una llamada al teléfono. Después, otra. Y una más. Mientras tanto, el otro envía órdenes amistosas a los camareros. Moisés, el más pequeño, se dirige al almacén y Rafael, al que todos conocen como Fali, apunta géneros y precios en una libreta. Caminan, corren, mandan y elaboran hasta que, de pronto, nos paramos a charlar. ¿Algún rincón especial para hacerlo? «Por supuesto», nos señala el mayor. «Este es el azulejo de la Venta Cuatro Vientos, que fue donde empezó mi padre». Ahí, en la pared, está el arranque de esta historia.

Moisés y Fali Sánchez frente al azulejo de la primera venta familiar

Moisés y Fali López frente al azulejo de la primera venta familiar

Rafael López, el padre de estos dos hermanos, comenzó a trabajar a la edad de 15 años en la Venta Cuatro Vientos, que estuvo abierta hasta el 2007. Su padre era astillero y el negocio estaba orientado hacia quienes trabajaban en los navíos que más tarde surcarían la mar. Entonces no sabía que su destino y el de sus sucesores estaba detrás de una barra. Más adelante, inició la aventura en la que nos encontramos, que hace más de un lustro que cumplió su mayoría de edad. Era una aventura porque el local, que antes había sido un restaurante gallego y después discoteca, estaba en un estado ruinoso. «Éramos unos niños cuando entramos aquí hace 25 años, pero los dos lo recordamos bien. Ayudamos a sacar algunos escombros», explica Moisés López.

Moisés Sánchez en la barra de la cervecería de la calle Corbeta

Moisés López en la barra de la cervecería de la calle Corbeta

Este restaurante está especializado en pescados y mariscos, aunque también aparecen carnes en su carta. La herencia que el pionero de la familia les ha dejado en vida es el mayor regalo del que pueden disfrutar ahora. Pero Rafael López, aunque algunos no lo crean, no se ha retirado del todo, sino que ejerce la profesión que le ha inculcado a sus hijos con más sosiego y visita las lonjas de las que tanto le cuesta separarse. Que las velas las manejen otros, pero que al marino no le alejen demasiado de la mar.

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¿Qué aprendieron de él? Pues, aunque parezca una obviedad, resulta que todo. Echaron los dientes entre patios, bandejas y fogones, y en el año 2007 comenzaron a trabajar de forma profesional junto a su padre. La fuerza de este huracán se expandió hacia Los Bermejales con un segundo establecimiento y, más tarde, hacia Heliópolis con un tercero. Desde hace nueve meses, además, su padre ha dado un paso hacia atrás y ellos tres hacia delante. Las salas, los pedidos, el servicio y todo lo que sucede bajo su marca no depende de nadie más que de ellos mismos, que han decidido rotar periódicamente de un restaurante a otro para tenerlo todo bajo control.

Fali Sánchez frente al ancla del patio interior

Fali López en al ancla del patio interior

¿Lo mejor de unir negocio y apellidos? «La confianza», sentencian al unísono. ¿Y la responsabilidad que ahora sienten? «Máxima». Aunque nada les ha impedido marcar una dirección propia desde el principio. De este modo, lo primero que han hecho bajo su mandato es reformar su emporio de la calle Corbeta y abrirse hacia el universo de las tapas y las mesas altas.  Los «quitamiedos», como le llaman algunos. No se trata de levantar trabas ni muros, sino de derribarlos. Atraer a más público y continuar junto a la familia con el aliento a océano en las venas. Nada más. Porque todo está tranquilo en el ojo del huracán. Afuera sucederán otras cosas, pero no afectan en este remanso del buen comer y el trato cercano. Siguen recibiendo a comensales asiduos y nuevos, las llamadas no dan tregua en sus teléfonos móviles y el olor lejano de las cocinas vuelve como los restos que zarandea la marejada. Lo repetimos: estamos en el edén del centro del huracán.