Reportaje

Escapadas por El Andévalo

Por EULEÓN,

Si existe una provincia española con más facetas diferentes, esa sin duda es Huelva. A las grandes conocidas que son su costa y sus playas, les sucede otra no menos famosa como es su sierra. Aracena, Higuera, Aroche, Jabugo… -paraíso natural donde el guarro ibérico campea a sus anchas- son el contrapunto natural a Mazagón, Lepe, Cartaya , Ayamonte… edén de arena en el que el pescado y el marisco saltan de la ola al plato.

Y sin embargo, existe una tercera cara de esta poliédrica Huelva que es la gran desconocida para el público en general por su secular aislamiento: El Andévalo. Situada en el confín más occidental de la tierra choquera, fronteriza con Portugal y hasta hace poco postrada por unas comunicaciones nada fáciles, esta comarca encierra secretos de gran belleza para los sentidos como son su paisaje y su gastronomía.

Alosno, Tharsis, Cabezas Rubias, Calañas, El Almendro, El Cerro de Andévalo, El Granado, Paymogo, Puebla de Guzmán, San Bartolomé de la Torre, Sanlúcar de Guadiana, Santa Bárbara de Casa, Valverde del Camino, Villanueva de las Cruces y Villanueva de los Castillejos, conforman un paisaje ondulado sembrado de pueblos de gran belleza a la vista y al paladar.

Su gastronomía

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La gastronomía andevaleña está apoyada en el príncipe de sus dehesas, el cochino ibérico. Pero también tienen estas tierras buen cordero y sobre todo un surtido de setas inigualable: gurumelo, turma, tanas, nícalos, josefitas, colmenillas, sus aguardientes secos. Todo un rosario de manjares difícil de encontrar en otros lugares de más renombre.

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Entrando en vereda para una ruta iniciática por estos parajes lo mejor es establecer un campamento base, que puede ser la posada rural Los Molinos en El Almendro. Allí dos jóvenes emprendedores, Cristobalina y Fernando se han liado la manta a la cabeza y regentan un conjunto de 4 antiguos molinos de viento reconvertidos en hotel rural.

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Desde lo alto de una colina y con una docena de habitaciones donde no falta ninguna comodidad urbana, las vistas son únicas. En el medio un restaurante -La Jara- donde ponen al día la cocina andevaleña con un toque de autor muy equilibrado. Croquetas de jamón ibérico o de ciervo con mayonesa de dátil, risoto negro de choco y presa ibérica; sus arroces melosos, de chorizo o morcilla, de conejo de monte o de perdiz o la hamburguesa de montería, presa de paleta sobre crujiente de queso de cabra y puré de boniato, sus costillas de cordero con miel de caña…son algunas de sus recreaciones de la cocina de Andévalo sin olvidar un guiño a la vecina Portugal con el bacalao braseado al pimentón.

Una tasca con sabor

Desde aquí se puede visitar el contiguo pueblo de Villanueva de los Castillejos, donde se hace imprescindible la taberna Casa Revoltillo, junto a la Iglesia. Una tasca con sabor y parroquianos eternamente apoyados en su barra donde sirven buen mosto de Gibraleón y carne de guarro a la plancha.

Gente de orden, eso sí, que para eso su tabernero es el juez de paz y raro es que no ande por allí el cabo de la Benemérita, siempre fuera de servicio, probando el hígado a la plancha, las costillas o sus necesarios y contundentes huevos rotos. Y encima cuecen las gambas como nadie.

A unos 15 kilómetros nos encontramos nada más y nada menos que con El Alosno, con esa consabida calle real de esquinas de acero que canta el fandango autóctono pero sobre todo con una capilla de la buena mesa serrana: El Portichuelo, junto a la carretera de San Bartolomé. Allí Isabelo con su peculiar estilo, atiende las mesas dando revueltos de gurumelos y guisos potentes como las castañetas en salsa, la carrillá o el imbatible brazuelo de cordero al horno. Todo con patatas fritas de verdad y pan serrano a tutiplén. Si se quedan con hambre (no se ha dado el caso aún) pueden arrimarse unos huevos fritos con patatas, jamón y chorizo para ir tirando.

Sin salir del Alosno tenemos la taberna El Cerrojo, hermosa tasca tradicional con una carta de tapas puesta al día: albóndigas de sobrasada, queso de cabra frito o el flamenquín con empalizada de puré y judías. Tienen una cuidada carta de vinos.

Cocina lusa

La ruta andevaleña no puede dejar atrás dos bellísimos pueblos como son Sanlúcar de Guadiana y El Granado. El primero con un embarcadero sobre el río para en un abrir y cerrar de ojos saltar a Portugal y degustar la cocina lusa de Alcoutim, sobre todo sus peces asados al carbón en el O Soeiro.

El segundo tiene un paseo imperdible entre sus callejuelas encaladas para después de desayunar en el bar Rocío, en la plaza de España, salir hacia el puerto de la Laja y cruzando el puente nuevo sobre el Guadiana ir a parar a la pequeña aldea portuguesa de Pomarao, colgada sobre el río, donde La María les puede hacer un histórico arroz con gallo de campo. No es difícil encontrarla, apenas hay 10 casas.

Capital de la comarca

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Subiendo hacia el Norte desde El Almendro, nos damos de frente con La Puebla de Guzmán, capital de la comarca. Un pueblo imponente en todo su caserío antiguo, con una tasquita -La Peña- en la calle Pozo Nuevo, donde no olvidarán las papas aliñás o su tomate serrano aliñado, amén de la carrillá o los revoltillos de cordero.

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Y a la entrada del pueblo, El Hortelano. Aquí hay que echar un rato despacio. Sebastián, el dueño, es de campo, eso solo hay que oirlo hablar para darse cuenta, y con su mujer y sus hijas regenta un restaurante sincero con alguna sorpresa furtiva como la cazuela de angulas del Guadiana, donde aprovechando el aceitito y las guindillas que se deben dejar sin rebañar del todo, retornan de la cocina unos huevos de campo rojos fritos allí mismo con todo el sabor de las angulas y los ajillos. Tiene guisos de importancia como el cocido andevaleño con todos sus avíos (pectorejo, col, etc.) o los arroces de gallo o con turma, que es la trufa blanca de la sierra. En setas está bien surtido y su revuelto de gurumelos (disponible todo el año porque Sebastián congela la seta con su propia tierra) es único. Unos postres caseros donde no deben perderse la crema “quemá” y un leñazo de aguardiente extraseco El Milano y vámonos en busca de otro pueblo.

Calañas

Si por fandangos mentamos al Alosno, en Calañas, que es otro Madrid como reza el cante por culpa del ferrocarril, no se quedan cortos. Aquí, además de antiguas minas nos podemos encontrar con Casa Salustiano que es sitio de reunión de viajeros y tratantes. Buen y variado tapeo: cachuelas, riñones, recortes de lomo; un gran revuelto de gurumelos en temporada y todo tipo de carnes, chacinas y comidas caseras de la Sierra de Huelva.

Y si del gurumelo, la seta reina del Andévalo estamos hablando, no podemos olvidarnos de Paymogo. Y donde mejor las ponen quizás sea en el Hostal Paymogo en la calle el Santo. Rehogadas a la plancha, en revuelto o guisadas, vale la pena llegar hasta aquí para catarlas en toda la frescura de su temporada (Febrero-Abril). Más abajo, en Villablanca, tenemos un referente para el otro “bicho” andevaleño: el cordero. Mesón la Chuleta se llama el sitio y de aquí no deben perderse, además de las consabidas chuletitas, ni las mollejas ni la caldereta. Ni el tomatito de huerta “abierto”, por supuesto.

Muy cerca nos queda otro pueblito donde desayunar o tapear como es Macarro. Pequeñito, tiene buen tapeo de cuchara y carnes ibéricas a la plancha. Vayan sin prisa que ellos de eso no tienen.

Y a la vuelta, un clásico es para en la pastelería Tody de San Bartolomé y hacer acopio de dulces y pan serrano. Buen viaje y mejor provecho.