Sevilla

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José María de Mena, historiador de la ciudad: «El espíritu histórico de Sevilla es el de su clase media»

Un buen día, este jinete que había recorrido 9.000 kilómetros de España a caballo, decidió no moverse de su ciudad para contar su pasado sin notas a pie de página. Lo suyo ha sido un «boom».

Actualizado 01/03/2003 - 02:15:26
Mena fue pionero en la popularización de la cultura sevillana. NIEVES SANZ
Mena fue pionero en la popularización de la cultura sevillana. NIEVES SANZ
José María de Mena vive su retiro en el mismo barrio de San Lorenzo donde nació. Su nombre va aparejado a una colección de libros sobre la Historia, las tradiciones y las calles de la ciudad que los científicos nunca han visto con cariño. Algunos le desprecian en privado y le acusan de falta de rigor. Pero no lanzan sus dardos por escrito. No es algo que parezca preocupar a este escudriñador del pasado local que consiguió con su labor divulgativa convertirse en el único best seller que ha tenido Sevilla.
-Su dedicación a la Historia de Sevilla ha sido exhaustiva y se ha desparramado en un puñado de libros de extraordinario éxito. ¿Tiene la sensación de haber agotado el tema?
-El tema de Sevilla no se agota nunca. Cuando yo terminé mi carrera de Periodismo en la Escuela Oficial, simultaneándola con la de Filosofía y Letras, doña Amantina Cobos de Villalobos, la célebre escritora, historiadora y poetisa sevillana, que vivía en la calle Santa Ana, me dijo: «¿Y ahora qué piensas hacer con tu carrera? ¿A qué especialidad piensas dedicarte? ¿Por qué no haces Historia de Sevilla?» En aquella época, historiadores que hicieran Historia de Sevilla, prácticamente no estaba más que Santiago Montoto, y Muro Orejón escribía algunas cosas, aunque lo suyo era Historia de América. Había un bache desde la época importante de la Historia de Sevilla, cuando Guichot en el siglo XIX y Hazañas y la Rúa en los primeros siglos del XX. Con motivo de la guerra y la posguerra había un hueco. Yo quise hacer un libro de Historia de Sevilla partiendo de cero; no coger el de Guichot o el ciclo de conferencias de Hazañas, sino partir de la Historia de España, y ver en cada momento de la Historia de España lo que había ocurrido con Sevilla. Pero, una vez que hago el libro de Historia de Sevilla, digo: ésta es la Historia con la exigencia de la veracidad documental o de la epigrafía, pero hay algo más, mucho que no se sabe, que pudiera ser verdad pero pudiera no serlo. Estamos en el terreno de la leyenda. Entonces, hice el libro de las leyendas y tradiciones sevillanas. Recogí mucho que no era conocido, incluso algunas cosas de tradición oral. Pero en seguida me planteo: pero esta vida de la ciudad es la vida de unas gentes. Hay que hacer algo de las gentes. Hice el libro de los apellidos y escudos. Los apellidos somos todos y los escudos indica una determinada clase social que en un momento determinado han hecho las guerras, han gobernado la vida de la ciudad. Saqué ese libro. Pero esa gente vive en sitios. Había que hacer el libro de las calles. Escribí el libro de «Calles, plazas y barrios». Después empezaron a surgir otras cosas para complementar aquello porque las calles y plazas resultarían muy frías si no llevan intercalados jardines. Había que hacer el libro «Estatuas y jardines de Sevilla». Además, de entre la gente de Sevilla, hay personas que sin ser titulados, aristócratas y nobles, han hecho cosas importantes. Había que hacer el libro de los personajes célebres sevillanos. Yo no he querido hacer las cosas así; es que las cosas había que hacerlas así. Era necesario, dado que yo intentaba describir una ciudad. He hecho treinta libros de Historia de Sevilla. Había que ver que la vida no es una cosa estanca, sino que va pasando, y hay cosas que se quedan atrás, que mueren o envejecen. Había que escribir el libro de la Sevilla que se nos fue. En realidad, yo no he hecho nada. Esto se ha hecho solo. Era consecuencia de la lógica.
-Y así hemos llegado hasta algo parecido a sus memorias. Hace un mes que ha salido su último libro, «Sevilla en nuestro recuerdo». ¿Es el puerto de arribada?
-No es un libro de «mis recuerdos», sino de «nuestros recuerdos». Me estoy refiriendo a mi generación, a la gente que tiene entre 50 y 80 años. Lo he escrito porque era necesario para los jóvenes que no han alcanzado ese tiempo. Si el libro «La Sevilla que se nos fue» abarcaba los años 20, 30 y 40, había que escribir otro porque hay una generación más joven que no ha conocido la inundación del Tamarguillo o la transición política. Por otra parte, me parecía que también tiene derecho a evocar sus recuerdos la gente que sí conoció esos hechos.
-¿Alguna vez, al principio, tuvo el presentimiento de que sus libros iban a constituir el fenómeno de ventas en el que se han convertido?
-Es que yo tenía el propósito de no hacer unos libros de Historia que llevaran la mitad de las páginas con notas. Me ha parecido que eso no era necesario y que había mucha gente que tenía derecho a leer estos libros sin exigirles previamente un conocimiento histórico como para interpretar esas notículas a pie de página. Yo he hecho unos libros que pueden servir para todo el mundo, para los jóvenes, para los niños. De esto es de lo que me he preocupado más. No he querido sentar plaza de erudito poniendo muchas notas con letras chiquititas y numeritos. Naturalmente que para poder escribir cada capítulo he tenido que documentarme. Pero no hay por qué decirle a la gente «esto que digo yo lo decía fulanito de tal en el siglo XVI y zutanito en el XVIII». Eso me parecía absurdo.
Recelos científicos
-Eso le habrá grangeado recelos por parte de los científicos.
-No he tenido tiempo de enterarme de eso. Yo he estado demasiado ocupado en escribir para preocuparme de lo que dijeran de mí. Eso es una cosa que me tiene sin cuidado. Lo cierto es que sin que yo me lo buscase la Real Academia de la Historia me nombró académico correspondiente, igual que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. De manera que en esos ambientes más elevados de la erudición he sido bien acogido. No me ha preocupado otra cosa.
-¿Son incompatible ambos mundos?
-Yo no creo que sean incompatibles. Lo que sí creo es que erudición no debe ser nunca una cosa hermética, aislada, al margen de la vida real. Yo debo escribir un libro de Historia que lo pueda leer un ingeniero, un médico, un ferroviario. No puedo yo despreciar a esas clases. Pero tampoco puedo exigirles que tengan una cultura erudita previa para poder interpretar mis libros.
-¿Qué condiciones han hecho posible el alcance que han tenido sus libros?
-Cuando salió mi primer libro, en 1946, todavía estábamos en el bache. Santiago Montoto y yo hacíamos unos artículos en la radio. Con mucha dificultad, se publicaba la revista Archivo Hispalense. El desarrollo de la civilización se debe más a las posibilidades mecánicas que a lo espiritual. En una época en que los mecanismos de imprenta se basaban en las letras de plomo y las tiradas eran de 150 ejemplares, no podía haber la misma difusión que hoy, con cuatro o cinco mil ejemplares. No todo es la creación de institutos, sino que lo más importante es disponer del libro como herramienta de cultura. Ahora será el ordenador e Internet, pero a mí no me coge.
-¿Hay una metodología de trabajo con patente José María de Mena?
-Lo primero ha sido almacenar material. Para el primer libro tenía que valerme de ir a la biblioteca de la Universidad o el Archivo Municipal. Pero al mismo tiempo que documentaba ese libro estaba almacenando material para otro. El resultado es una enorme cantidad de notas que llenan cajas de cartón y de fichas, que a lo largo de cincuenta años me permiten hoy escribir un libro sin tener que salir de casa. Esa es la gran ventaja de haber dedicado muchísimo tiempo a la investigación. Y no perder el tiempo. Yo he trabajado mucho. Esto no da dinero. Ya decía Larra que en España escribir es llorar.
-Tampoco tiene usted muchas razones para llorar...
-No. Quiero decir que esto no es una cosa que dé ni para vivir ni para comer. Esto cuesta dinero. Muchos de mis libros me han costado dinero. Luego, si no se mete uno en determinados círculos no recibe ningún apoyo de ningún género. Cuando publiqué uno de los libros más importantes que hice, que fue el de las calles, era en un momento en que había que escribirlo. El Ayuntamiento se arrancó diciéndome a mí para que yo se lo dijera al editor que estaba dispuesto a comprar tres ejemplares. Naturalmente, le regalé al Ayuntamiento los tres ejemplares. Yo, por otra parte, he sido un hombre muy independiente. No me he preocupado de buscar apoyos. Muy pocas veces me han llamado para algo. Lo que yo he hecho, tanto en el aspecto literario como en la Cruz Roja o la Asociación de Inválidos Civiles, lo he hecho desinteresadamente y costándome el dinero.
Autoedición ruinosa
-Usted empezó autoeditándose...
-Sí, y aquello resultaba ruinoso. El de las calles, el de antigüedades y casos raros de Sevilla, el de curiosidades históricas los financié yo. Pero yo siempre me he hecho la siguiente idea: Si yo fuera aficionado al fútbol y mi equipo jugase mañana en Córdoba y pasado mañana en Barcelona, yo me gastaría mucho dinero. Pues en vez de gastármelo en eso me lo gasto en editar un libro. No es que yo pretenda ganar dinero con el libro, que sencillamente me proporciona una satisfacción espiritual suficiente, lo mismo que para ese aficionado es una satisfacción irse a Madrid o a Barcelona a ver a su equipo.
-De sus primeros tiempos hasta hoy el fomento de la lectura en general y en nuestra ciudad de la lectura de temas sevillanos se ha desarrollado ampliamente. ¿Qué parte le toca en su opinión a la prensa y la radio?
-Una gran parte, dijéramos, de mi popularidad se ha debido al periodismo y a la radio. Yo empecé a colaborar en el ABC allá por el año 1950. He tenido el honor de colaborar no solamente en el ABC de Sevilla sino en el Madrid. Incluso he colaborado en terceras. El haber colaborado en un periódico tan importante como el ABC durante muchos años, el haber sido redactor jefe de Radio Sevilla y haber tenido aparte de la responsabilidad de la información un programa donde yo hacía dos artículos diarios durante veinte años, muchos de ellos de temas históricos, ha significado para mí una forma de contactar con el público y meterle a la gente en sus casas informaciones que de otra manera no les hubiera llegado. Eso ha contribuido a que se me conociera y se me estimase. Tampoco aspiro a mucho más.
-A lo largo de esa historia que usted ha estudiado y ha sintetizado con vistas a su divulgación, ¿qué ha sobrevivido de Sevilla?
-El espíritu. De Sevilla lo que ha quedado es el espíritu, concentrado en una clase media que empieza en escalones de obreros especializados y llega quizá no demasiado alto. Sevilla tuvo en sus tiempos una brillante aristocracia que se ha empobrecido y se ha declasado. Hoy queda muy poco de ella. No podemos considerarla como lo sustancial del espíritu de Sevilla. Tampoco es lo representativo de su espíritu las clases más económica y culturalmente débiles. La que representa mejor el espíritu de Sevilla es la clase media. Esto se advierte en que en la Semana Santa o en la Feria, hay un sector de la clase más alta que se marcha a la playa y se desentiende. Ahí no está el espíritu de la ciudad. Las clases más débiles tampoco están. El espíritu de la clase media es el que representa a la ciudad.
-Y en la sucesión histórica de construcción-destrucción, ¿quién domina ahora mismo a la ciudad?
-Como siempre, el que tenga el dinero y la escritura de propiedad. Eso está claro. La gente, en tanto no le cueste dinero se manifestará partidaria de la belleza. Pero si le cuesta dinero ya es distinto. Se pueden coger cuatro casas viejas con sus rejas y sus cancelas, y se derriban y se pueden hacer unos grandes almacenes estupendos allí. Dígale usted al que va a hacer los grandes almacenes que aquellas casas de dos plantas hay que conservarlas.
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