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PERDONEN LAS MOLESTIAS: Farolas fernandinas y olé

por ARISTÓTELES MORENO VILLAFAINAEL taxista desaceleró cuando pasó delante del Puente Romano y se acordó cariñosamente de los progenitores del responsable de la restauración. El tipo arremetió contra

Actualizado 04/01/2008 - 03:42:23
por ARISTÓTELES MORENO VILLAFAINA
EL taxista desaceleró cuando pasó delante del Puente Romano y se acordó cariñosamente de los progenitores del responsable de la restauración. El tipo arremetió contra las luminarias del monumento, que van camino de generar una nueva polvareda doméstica. Y cuando los taxistas remueven el aire, el tiempo se pone espeso y hasta se desatan vendavales de atarse los machos a tierra.
Cada generación se aferra a sus farolas fernandinas como si fueran sangre de su sangre. O como si fueran elemento inmutable del paisaje. Hay gente que toma el hierro forjado como heredado del pleistoceno y llega a creer que las farolas fernandinas ya lucían cuando Claudio Marcelo enfiló la Avenida de Granada en el siglo I.
El mobiliario urbano tiene estas cosas curiosas. Te pueden subir el IPC un cuatro por ciento y no te mueves del sillón. Pero te quitan una farola fernandina del barrio y lo mismo montas una coordinadora levantisca de aquí te quiero ver. El hierro forjado es lo que tiene, que se adhiere a la retina cuando se nace y uno ya quiere morirse rodeado de bancos retorcidos y farolillos de filigrana. No pensaba Fernando VII cuando instaló sus luminarias en Madrid en 1832 que este diseño decimonónico y pelín casposo iba a sobrevivir por los siglos de los siglos hasta codearse con la estética irresistible del mismísimo Ikea. Lo que no acierto a imaginar es con qué agallas haría frente el monarca a la iracundia del colectivo taxista, indignado como estaría con ese artilugio del diablo.
Pero ahí sigue la industria de la farola fernandina más pujante que nunca y con esa tropa de seguidores que no desfallecen ni en Navidad. La virtud de la farola fernandina es que no es bonita ni fea, sino todo lo contrario, y lo mismo encaja delante de una fachada herreriana que en la entrada de las Cuevas de Altamira. Por ese lado, hay que rendirse al talento hasta hoy insuperable de su creador, que tendrá en la historia de la humanidad un lugar de privilegio junto a Albert Einstein. Como poco.
Esta luminaria tiene esa cosa rococó que la hace intemporal y que resuelve todas las angustias vitales de los concejales de Urbanismo. Si un edil del ramo duda, coloca una farola fernandina y Santas Pascuas. Y así ha venido siendo desde que los ayuntamientos son gobernados por gente pusilánime. O sea, desde siempre. Porque siempre es más aconsejable ofender a los amigos de la intelligentsia que a la tropa. Al fin y al cabo, estos disponen de un saco de votos y aquellos apenas caben en un taxi. Por cierto.
De manera que si al taxista le hubieran instalado sobre el pretil una farola fernandina, lo mismo se hubiera olvidado del granito rosa y hasta del liftin que le han endosado al monumento romano. Pero le han colocado estas luminarias inquietantes a pie de piso y al tipo le han descuadrado sus ya de por sí deslavazadas nociones de historia. Porque un Puente Romano sin farolas fernandinas ni es Puente Romano ni es leche picón. Oiga.
Con estos antecedentes, ya es extraño que el responsable de la cosa se haya atrevido a ignorar las farolas fernandinas en el Puente Romano. Lo mismo, precisamente, porque no es concejal de Urbanismo y no tiene que buscar hueco en las listas electorales. A este individuo incauto le reprocharán este ataque despiadado al cordobesismo, aunque las luminarias fueran paridas en Madrid, y lo arrastrarán por el adoquinado por haber ofendido la memoria de Claudio Marcelo y olé. Porque uno puede triturar el palacio imperial de Cercadilla o incluso asaltar el yacimiento de Medina Azahara con toda tranquilidad. Pero las farolas fernandinas, por el amor de dios, ni me las toque.
aristotelesmoreno@hotmail.com
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